El último tren Jueves, Jul 18 2013 

EL ÚLTIMO TREN

         A todos aquellos seres, que cuando llegan a la última estación, se bajan de su tren.

 

Segovia. Año 1997.

      Sabía que no me quedaba mucho tiempo. Ellos trataron de ocultármelo, pero los oí hablar de mi salud a escondidas.

      -¡Mi motor fallaba!…

      No tenía ninguna pena por dejar este mundo. A mis ochenta y siete años ya lo había vivido todo. Tampoco tenía familia, pues nunca me casé, por lo que a estas alturas estaba sola en el mundo. Mi única ilusión era visitar Segovia por última vez.

      Desde la ventana de la residencia miré al cielo. Hacía un día perfecto, el cielo era completamente azul y el sol brillaba con intensidad. De repente, una idea se cruzó en mi mente.

      Al momento, me levanté del sillón y me dirigí al armario para coger el único vestido de calle que tenía y una chaqueta, ya que corría el mes de Mayo y podía refrescar.

     Decidí salir de la residencia sin que me vieran, pues eran muy estrictos. No dejaban salir a las personas mayores como yo así como así.

    Una vez en la calle, tuve miedo. Me encontré frente a una ciudad desconocida, aunque era lógico, ya que había pasado los últimos diez años recluida en el asilo, o residencia, como ahora lo llaman.

     Me encontraba frente a un mundo nuevo, lleno de gentes que iban y venían, al parecer, ensimismados en sus pensamientos. Muchos vehículos pasaban a gran velocidad, lo que me aturdió mucho y estuve a punto de regresar.

     ¿Qué hace una pobre anciana como yo en la calle? -me pregunté. Estaba rodeada por un montón de gente a la que no conocía….

      Era la fuerza de la ilusión la me empujaba a ver por última vez el lugar en el que había nacido y pasado los años más felices de mi vida. Eso fue lo que motivó a dirigirme hacia una de las bocas del metro que me rodeaban.

    Finalmente, llegué a la estación, aunque un poco fatigada, por lo que decidí sentarme tratando de recuperar fuerzas. Pasados unos minutos, me dirigí a uno de los mostradores para informarme de la hora a la que salía el primer tren para Segovia. Allí, me dijeron que salía uno cada hora. Saqué el poco dinero que tenía y compré el billete.

     Faltaban cuarenta minutos para que mi tren saliera de la estación rumbo a su destino. En ese intervalo de tiempo, me dediqué a observar la estación y a sus gentes. A decir verdad, era muy moderna y limpia, llena de viajeros que iban y venían mostrando una indiferencia absoluta. La verdad, es que sentí añoranza por las antiguas estaciones, tan entrañables y auténticas.

      Sin desearlo, mi mente me llevó al pasado, a cuando tenía diez años. Papá, que era revisor en el tren de Madrid-Segovia, me llevaba todos los sábados con él. ¡Qué feliz era en ese entonces!…. ¡Me sentía diferente!… ¡Única!… Para mí, aquel corto trayecto, representaba una gran aventura, a pesar de que siempre era igual.

     De golpe, una voz me advirtió de que mi tren partía en cinco minutos. Me encaminé a la escalera y bajé a los andenes, donde pude ver un tren muy moderno. Un señor, muy amable y educadamente, me ayudó a subir, instalándome en uno de los asientos que había al lado de una ventanilla. Transcurridos dos o tres minutos, escuché un fuerte silbido, y al momento, el tren se puso en marcha.

      Nuevamente, volví a pensar: ¡Qué recuerdos más bellos!… ¡Mamá!… ¡Papá!… ¡La tía Olivia!… ¡Éramos tan felices en ese entonces!… La única pena era que mamá se había muerto muy joven, con apenas cuarenta y dos años, y papá se había quedado solo y muy triste, aunque entre la tía Olivia y yo intentábamos consolarlo.

      A mi memoria vienen aquellos trenes de madera, un poco incómodos, pero llenos de una gran fraternidad que ahora no veía…. El que más me gustaba era El Expreso, con sus compartimientos llenos de familias que viajaban, se conocían y en pocos minutos hacían una buena amistad, tanto, que intercambiaban sus viandas. Y así, charlando y comiendo, pasaban el viaje tan a gusto. ¡Qué tiempos aquellos!

     Lástima haber nacido mujer, pues de haber sido hombre, papá me hubiera empleado en La Renfe.

      -¡Cómo me gustaban los trenes!

    CONTINUARÁ…

La gata mágica de Liérganes Viernes, Jun 14 2013 

LA GATA MÁGICA DE LIÉRGANES

         No todo lo increíble, por poco creíble que parezca, deja de ser cierto.

    

      Liérganes. Cantabria. Año 1950.

      Puede resultar un caso un tanto insólito y poco creíble para quienes lo escuchen o a bien lo lean si ya han salido del mundo de la fantasía y de la ilusión y se encuentran en el de la realidad. Sin embargo, unos pocos moradores que vivieron en ese tiempo aseguran que fue realmente cierto y que aconteció en el año 1950 el día cinco de Enero, día de reyes, en la pequeña localidad cantabra de Liérganes.

      Según me contaron unos viejos pasiegos que ya no están entre nosotros, fue en un día nublado y templado, raro para ese mes, cuando Daniel, como todos los días, abrió la puerta de su humilde cabaña mientras se disponía a realizar sus labores cotidianas. De pronto, con gran sorpresa y sin que se lo llegara a esperar, se encontró con ella. Era una pequeña gatita de escasos días de vida, la cual se encontraba  refugiada y acurrucada entre los troncos para quemar de la casa.

      Era de lo más diminuta, tanto, que si la cogías con la mano le sobraba la mitad de esta. Su pelaje era negro agrisado y jaspeado, y sus pequeños ojuelos, medio abiertos, eran de un brillo intenso y penetrante de color oro, los cuales estaban adornados de un color blanco luminoso, al igual que las dos partes que rodeaban su negro hocico.

      Daniel, que era un hombre conocido en toda la comarca por su gran sencillez, humildad y amor a los animales, vivía con su mujer Dorotea, la cual tenía fama de ser más reservada y realista. Ambos tenían un hijo, Eloy, de siete años de edad, quien desde su nacimiento había tenido una salud de lo más precaria, ya que mes si y mes no, la pobre criatura enfermaba debido a su débil constitución, y dígase de paso, también por la falta de los alimentos necesarios para su nutrición y desarrollo físico, ya que sus padres, lamentablemente, no se los podían dar a causa de la acusada situación por la que estaban pasando. Sus vacas, que eran cuatro, apenas les daban leche. De su pequeña huerta, pocos frutos sacaban y por tanto, escasos beneficios. No obstante, ellos vivían felices y contentos con lo poco que tenían, hasta el punto que no les importó adoptar a la pequeña gatita encontrada, aunque como era costumbre, Daniel, justificándose ante su mujer mientras la sostenía entre las manos exclamó:

      -¡Bueno!… ¡Qué le vamos a hacer!… ¡Dónde comen unos cuantos, porque demonios no van a poder comer unos más!…

      Y la respuesta por parte de su mujer siempre era la misma:

      -¡Ay Daniel, hijo de mi vida y de mi corazón!… ¡Tú no tienes remedio!… ¡Nunca cambiarás!… ¡Siempre serás el mismo!… ¡Tus sentimientos y tu amor hacia los animales siempre serán los mismos!… ¡Apenas tenemos un pedazo de pan para llevarnos a la boca y tú vas y metes en la familia a otro más!…

      El hombre, como era costumbre y haciendo oídos sordos a las palabras de su mujer, le preguntó con voz temblorosa y ojos de cordero degollado:

      -Bueno… ¿Y cómo la llamaremos?…

      La mujer, levantando la cabeza, las cejas y chasqueando la lengua, resignada por tener el marido que tenía, le contestó:

      -¡Por mí, como te venga en gana!… Aunque el nombre más apropiado es el que tenemos en nuestra familia. ¡Y ese es el de “Desgracia”!…

      -¡Cómo eres mujer!… La llamaremos “Suerte”, que suena mucho mejor… ¿Qué te parece?… –le respondió su marido con la cabeza cacha.

      Dorotea se encaró con Daniel y le exclamó algo sobresaltada:

      -¡Soy como la madre que me parió!… ¡Si!… ¡Así es como soy!… Haber, dime, ¿cuál va a ser el beneficio que nos va a reportar una gata como esta?… ¡Yo te lo diré!…  ¡Dar de comer lo que no tenemos a toda la tropa que nos traiga!… ¡Eso es lo que nos va a dar!…

      Y así, es como acabó la primera parte de la historia de la recién llegada a esa humilde familia.

      Daniel, todos los días afanosamente y cada varias horas, mojaba su dedo índice en un tazón de leche recién ordeñada y se lo ponía a la gatita en su diminuta boca, la cual, con desesperada ansiedad, comenzaba a lamerlo. La escena de aquel hombre y el amor que sentía por los animales eran dignos de verse.

      Transcurridos unos meses, la llamada gatita “Suerte” se encontraba de lo más feliz y contenta en la casa. No paraba de corretear de aquí para allá como Pedro por su casa y sus entornos. Visitaba con toda su inocencia y gran curiosidad el pequeño establo en el que estaban las vacas. A las gallinas, de cuando en cuando, les daba grandes carreras a modo de juego. Observaba a los conejos con gran atención mientras se paseaba por la pequeña huerta. Aunque su lugar preferido era en el que se encontrara el niño, pues se había convertido en su inseparable acompañante.

      La gran sorpresa para Daniel y su mujer, fue ver como día tras días que pasaba, las vacas empezaban a dar más cantidad de leche. Las gallinas, patos y demás aves, inexplicablemente, ponían más huevos, y su pequeña huerta estaba más florida y hermosa que nunca.

      Los hechos que les estaban aconteciendo dieron pie a que, entre ellos, surgieran comentarios en las frías noches de invierno entorno al caliente fuego de la cocina. Además de comentar el caso de su hijo Eloy, el cual no había vuelto a ponerse enfermo, como era usual, desde que aquel animal se había hecho su acompañante habitual en todo momento.

      -¡No sé lo que pensarás tú, pero aún no entiendo lo que nos está ocurriendo!… ¿No te parece raro?… –exclamó la mujer rompiendo el silencio.

      El hombre, tranquilamente, sacando su tabaquera de uno de sus bolsillos, comenzó a liarse un cigarrillo. Y finalmente le contestó:

      -¡Qué puedo decirte mujer!… ¡Lo único que veo es que las cosas, cada día que pasa, nos marchan mejor!… ¡Eso es lo único que sé!… Y si echas cuentas, es desde que ese animal entró en esta casa…

      Al momento, la mujer se levantó de su asiento y dirigiendo a la cocina de leña comenzó a atizar el fuego con gran brío a la vez que exclamaba con voz socarrona:

      -¡Ya!… Me vas a contar que todo es debido a esa gata, ¿verdad?… ¡Claro!… Y porque le has puesto el nombrecito de “Suerte”, ¿no?…

      El hombre, echando una bocanada de humo, le contestó:

      -¿Por qué no?… ¡Cosas más raras han pasado y pasan en este mundo de Dios!… El caso es que cada día estamos mejor… ¿O no es así?…

      -¡Mira, en eso estamos de acuerdo!… ¡Ya que hijo, hemos pasado una temporada en la que nos las hemos visto canutas!… –replicó la mujer.

      Daniel, sonriéndose, tiró su cigarro al fuego y exclamó:

      -¡Si!… ¡Hay que reconocer que lo hemos pasado muy mal, bastante mal!… ¡Pero Dorotea, lo pasado, pasado está!…

      Los meses fríos del invierno pasaron, y como todos los años, volvió a aparecer puntualmente la hermosa y florida primavera. Los montes se iluminaron y los prados se llenaron de intensos colores al tiempo que miles de criaturas nacían empezando a abrir sus ojos a este mundo.

      La abundancia de huevos, hortalizas y leche que obtenía Daniel de la huerta y sus animales, dieron lugar a que éste, se dedicara a venderlos por las casas reportándole unos sustanciosos beneficios, los cuales metía en una bolsa y después en el armario de la habitación en la que dormía. No obstante, al hombre, nadie le quitaba de la cabeza que el estado de bienestar que había conseguido era debido a la pequeña gatita “Suerte”, ya que desde que la encontró, todo había cambiado para bien.

      -¡Dime lo que quieras!… ¡Dime que estoy loco si así lo prefieres!… Pero una cosa ten presente… ¡Todo el dinero que estamos ganando es debido a esa gata!… ¡Esa gata, por donde pasa o donde está, crea riqueza!… ¡Es una gata mágica!… ¡Te lo digo yo!…–exclamaba Daniel a su mujer una y otra vez de lo más entusiasmado mientras metía en la saca los duros, las pesetas y los billetes ganados.

      Dorotea, pasados los meses, asentía en silencio con la cabeza dándole la razón. ¡Realmente aquella gata era mágica!…

      Un  buen día, Daniel, como todos los días, se levantó de la cama a primera hora, y tras dirigirse a la cocina para desayunar, se extrañó de no ver a la gata, ya que como era costumbre, siempre aparecía para darle los buenos días. La buscó durante varias horas por toda la casa, el establo, el pajar, la huerta, el gallinero…, pero no llegó a encontrarla.

      -Oye Dori¿Has visto a la gata?… -le preguntó a la mujer algo inquieto.

      -¡Pues no!… ¡La verdad es que no! –le respondió la mujer con cara de preocupación.

      Desde aquel día, “Suerte” desapareció de sus vidas y no volvieron a verla. Tanto Daniel como Dorotea, con gran tristeza, tuvieron que resignarse y afrontar la pérdida de su pequeña y querida gatita.

      Pasaron los meses y nuevamente vino el invierno, y con él, el día cinco de Enero de un nuevo año. Y esa noche, la noche de los Reyes Magos, volvió a acontecer un caso similar al de Daniel y su mujer en la casa de Fernando y Luisa, pasiegos de lo más humildes, ya que de siempre, habían tenido escasos medios materiales y económicos.

      Fernando trabajaba un día si y otro no como jornalero, haciendo cualquier trabajo que le ofrecieran por poco que le pagasen, y la mayoría de las veces el jornal era de lo más mísero.

      No obstante, el hombre, con gran resignación, los llevaba a cabo, sabiendo que era lo que le había tocado. En cuanto a su mujer, era de lo más trabajadora en todos los quehaceres de la casa, huerta y escasos  animales que poseían.

      Ese día, el cinco de Enero, Fernando, cayendo la tarde, volvía a su cabaña después de trabajar cuando de pronto, comenzó a escuchar unos débiles y entrecortados maullidos, decidiendo dirigirse hacia ellos. En un primer momento pensó que era el llanto de un niño recién nacido, lo que en cierta manera le emocionó, pues hasta el momento su mujer no le había dado ningún hijo, pero ese fugaz pensamiento se le esfumó de la cabeza cuando la descubrió a ella. Era la gatita que en su día, en casa de Daniel, se había llamado “Suerte”, la cual era, tanto en tamaño como en peso y en pelaje, exactamente igual a la mencionada a pesar de haber transcurrido un año. ¿Cómo podía ser aquello?…

      El hombre, como era lógico, desconocía el extraño caso que le había sucedido a su cercano vecino Daniel, y sin pensárselo, la cogió entre sus manos y exclamó:

      -¡Pero qué hace esta pequeñina aquí!… ¡Tienes que estar helada con la rosada que está cayendo!… ¡Anda, vamos para la casa que allí vas a estar más calentita y te daré un poco de leche!…

      Tras estas palabras, comenzó a caminar, y tras penetrar en la vivienda se la presentó a su mujer, a quien le encantó su nueva inquilina y dijo que le pondría el nombre de “Riqueza”.

      Pasadas unas semanas de amamantarla y darle toda clase de mimos, el animal, como había ocurrido en el caso anterior, comenzó a desplazarse por toda la pequeña vivienda y alrededores de la casa ante las espontáneas sonrisas de sus salvadores al hacer sus divertidas travesuras y gracias. Ambos se encontraban felices con aquella recién llegada.

      Al día siguiente, Luisa le dio a Fernando la mejor y más deseada noticia de su vida. ¡Estaba embaraza!… ¡Por fin iban a ser padres!…      

      Pasado un tiempo, Fernando abandonó sus mal pagados trabajos como jornalero y comenzó a dedicarse con todas sus fuerzas y una gran ilusión a las labores que exigían sus animales, construyéndoles humildes corrales, conejeras… También amplió la huerta, pues se le había quedado pequeña y cada día que pasaba le reportaba mayores beneficios.

      La gran sorpresa fue, cuando un día, encontrándose el hombre trabajando con la azada en la ampliada huerta, la pequeña gatita “Riqueza” se presentó ante él a un metro de distancia y comenzó a escarbar con sus patas en la tierra frenéticamente a la vez que no cesaba de emitir escandalosos maullidos.

      Fernando, extrañado por el comportamiento tan raro del animal, exclamó limpiándose el sudor de la frente:

      -¿Pero qué te pasa?… ¡Qué ocurre que estás tan alterada!… ¡Anda, quítate de ahí, que sino te voy a dar con la azada sin querer!…

      La gatita, pese a escuchar las palabras del hombre, no desistía en su empeño y seguía escarbando la tierra sin dejar de maullar.

      -¡Bueno, por Dios!… ¿Pero que diantre te ocurre?… ¿Es que te has vuelto loca?… –le dijo con voz paciente dirigiéndose hacia donde ésta se encontraba.  ¡Has de saber que tengo mucho trabajo por hacer!… ¡En fin!… ¡Veamos que tesoro has encontrado!…

      Al momento, Fernando comenzó a picar a la vez que sonreía maliciosamente girando la cabeza de un lado a otro, hasta que en uno de sus golpes de azada chocó con una pieza metálica haciendo un ensordecedor ruido. Extrañado, continuó quitando tierra hasta que, finalmente, desenterró una caja de hierro, la cual, abrió al momento. A Fernando, al ver el contenido que había en ella, se le iluminaron los ojos saliéndosele de las órbitas… ¡Eran fajos de billetes y monedas de veinticinco, cincuenta, quinientas y mil pesetas!…

      ¡Era toda una verdadera fortuna la que se hallaba enterrada en aquella tierra, y él se la había encontrado gracias a la pequeña gatita!… 

      Pegando un gran grito que se oyó en todo el contorno, Frenando comenzó a correr como si fuera una liebre perseguida por un galgo mientras en sus manos llevaba la caja en dirección a la cabaña. En su loca y descontrolada carrera se cayó varias veces, pero eso no parecía importarle, al tiempo que no dejaba de gritar.

      La mujer, al oír aquellos grandes gritos, abandonó sus quehaceres caseros y corriendo, salió a la puerta de la casa de lo más alarmada.

      Finalmente, el hombre, de lo más sofocado y sudoroso, llegó hasta donde se encontraba la mujer, y ésta, toda excitada, le exclamó con un gran gritó:

      -¿Pero qué es lo que te pasa?… ¿Por qué vienes gritando como si fueras un loco?…

      Fernando, medio ahogado, cogió una bocanada de aire y le exclamó:

      -¡He encontrado una caja!… ¡Una caja!… ¡Ay Luisa!… ¡Qué me va  a dar algo!… ¡Te juro que me va a dar!…

      La mujer, sorprendida por el comportamiento de su marido, lo miró de arriba a bajo, y poniendo los brazos en jarras le contestó:

      -¿Una caja dices?… ¡Y por eso tanto jaleo!… ¡Pareces tonto!… ¡Menudo susto me has dado!…

      Fernando, de lo más emocionado y sonriente, avanzó hasta donde se encontraba ésta y abrió la caja ante sus narices. La mujer, al ver todos aquellos fajos de billetes y monedas se quedó tan blanca como la leche, y reculando, se apoyó sobre la pared de la casa exclamando:

      -¡Ay Fernando!… ¡No me lo puedo creer!… ¡Qué no me lo puedo creer!… ¿Seguro que no estoy soñando?…

      -¡Pues ya puedes ir creyéndotelo porque son auténticas monedas y billetes de curso legal del Banco de España!… ¡Y son nuestros!… ¡Nuestros!…

      Luisa, tragando saliva, le preguntó:

      -¿Y dices que los has encontrado en la huerta?…

      -¡Así es amor!… –le respondió Fernando de lo más emocionado. ¡Estaban en la huerta metidos en esta caja!… Me encontraba removiendo la tierra cuando apareció “Riqueza” y se plantó ante mí comenzando a escarbar la tierra y a maullar escandalosamente como si se hubiera vuelto loca, como cuando le piso el rabo sin querer. Extrañado, me puse a picar donde ella me indicaba y… ¡Me la encontré!… ¡Allí estaba!… ¡Allí estaba la caja!…

      La mujer, sin poderse contener y llena de una gran alegría, abrazó a su marido con todas sus fuerzas y comenzó a llenarle la cara de besos.

      Una vez caída la noche y recogidos entorno a la cocina, Fernando, después de haber estado pensativo un rato, exclamó:

      -¡Lo que aún no entiendo es quien ha podido ser el que ha enterrado ese dinero ahí!… ¡Mira que le doy vueltas a la cabeza pero no le encuentro una explicación!…

      La mujer, dando una fuerte palmada con sus manos, soltó:

      -¡Pues si piensas un poco, la cosa es de lo más sencilla!…

      -¡Pues ya me dirás, porque por más vueltas que le doy sigo en sota, caballo y rey!…

      -¿A quién compramos esta casa, si así se le puede llamar, que nos costó grandes sudores y lágrimas?…

      -¡Al Inocencio!… –le respondió el hombre al momento sin dudar.

      -¡Bien!… ¿Y cómo le llamaban en el pueblo de mote?…

      Fernando pegó un chasquido con los dedos y afirmó:

      -¡Sí!… ¡Ahora caigo!… ¡El tío miserias!…

      -¡Exacto!… –le dijo la mujer. ¡El que no comía para no cagar!… ¡Ese fue el que enterró esos dineros y desde hace diez años el pobre ya dobló la oreja!… Por tanto, ese dinero nos pertenece… ¡Es nuestro!… ¡Y sólo debemos darle las gracias por haberlo enterrado en nuestro terreno!… ¡Ah, y por su puesto también a la gatita por haberlo encontrado!…

      A partir de aquel día, la vida de Fernando y Luisa cambió por completo. Todo comenzó a ser distinto para ellos gracias a la pequeña gatita llamada esta vez “Riqueza”.

      Comenzaron a rehabilitar y ampliar su humilde y cochambrosa cabaña hasta convertirla, en poco tiempo, en una gran casa, la cual, llegó a albergar una docena de confortables habitaciones.

      A la par, mandaron edificar una gran cuadra con capacidad para alojar a unas cien vacas. Gallineros aquí y allá, conejeras, pateras, así como también decidieron comprar más terrenos. Todo, todo, había cambiado mágicamente debido a aquel pequeño animal.

      Transcurrió el tiempo, y por capricho del destino, un día, casualmente, pasó por el camino situado junto a la casa de Fernando, Daniel, quien sin poder dar crédito a lo que veían sus ojos, divisó a lo lejos a la gatita,  y con gran emoción, comenzó a llamarla.

      Al momento, el animal, al oír la voz de Daniel, comenzó a correr hacia él, y tras rozarse cariñosamente contra sus pantalones mientras ronroneaba, era acariciada de la manera más cariñosa por éste.

      -¿Sabes que nos has tenidos muy tristes y preocupados desde que desapareciste?… ¡No entendemos porque te fuiste!… ¡Nosotros siempre te tratamos bien!… -le decía Daniel a la gatita con la voz entrecortada mientras no paraba de acariciarla.

      CONTINUARÁ…

      Nota de interés: Según mis investigaciones, en las bibliotecas de nuestro país y fuera de él, he llegado a recopilar y meter en mis archivos más de una docena de estos extraordinarios casos, que realmente han sido ciertos: los de gatos con alas.

La Mariblanca Viernes, Mar 25 2011 

LA MARIBLANCA.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“LA ESTATUA DE PIEDRA”


CUANTAS COSAS NOS DIRÍAN LAS PIEDRAS A LOS SERES HUMANOS SI PUDIERAN HABLAR.


 

 

 

 

MADRID. AÑO 2002.


MES DE FEBRERO.


 

 

 

Llevaba varios siglos viendo a la gente pasar por debajo de mí, pero apenas unos pocos se daban cuenta de mi presencia.

Algunos me tiraban fotografías, pero nadie sabía nada sobre mi historia, salvo algunos madrileños de pura cepa.

El único anhelo que tenía era el de poder ser persona, como cualquiera de las que pasaba a diario por La Puerta del Sol.

Dentro de mi moldura de piedra, latían grandes ilusiones y un corazón, que aunque de piedad, sentía.

Alguien, en tiempos inmemoriales, me dijo que una noche de luna llena con fecha capicúa las piedras podían pedir un deseo.

Mucho esperé para que esto sucediese, y por fin, ocurrió el dos de Febrero de 2002.

El reloj estaba dando las doce, llovía y hacía mucho frío. Fue entonces, cuando decidí pedir mi tan ansiado deseo.

De pronto, sentí que mi corazón empezaba a latir.

Mientras me bajaba del pedestal en el que había estado tanto tiempo, noté como mis manos y mi cara se transformaban. ¡Ahora tenía carne!… ¡Me había convertido en un ser humano!…

Loca de contenta, comencé a caminar por la calle de La Montera, con el fin de comprobar lo que era el mundo real… ¡El mundo de los seres humanos!… ¡Sentía frío, pero aun así me sentía de lo más feliz!… ¡Mis sentidos me respondían!…

Subiendo, a media calle, me encontré con un anciano, el cual estaba refugiado en un portal tapado con unos cartones. Me acerqué a él con el propósito de abrazarle y éste, al momento, de lo más agresivo, me gritó:

-¡No tengo dinero, y además, no quiero nada con putas!… ¡Anda, date el dos a ver si encuentras a un “gilipollas” al que sacarle la pasta!…

Tras aquella violenta repuesta, me quedé pasmada y comencé nuevamente a caminar calle arriba hasta llegar a una gran avenida, la cual leí que se llamaba La Gran Vía.

Más tarde, llegué a una plaza, donde cientos de jóvenes se encontraban, al parecer, celebrando una fiesta.

Sin pensármelo, me acerqué a ellos y descubrí que se estaban divirtiendo mucho al tiempo que bebían una extraña bebida que resultaba de mezclar dos botellas.

Otros, mientras tanto, no dejaban de aporrear con todas sus fuerzas unos tambores, provocando un ruido infernal, dando en consecuencia, que desde los balcones la gente no dejase de vociferar, diciéndoles que parasen de hacer ruido, ya que así era imposible conciliar el sueño.

Mientras, la mayoría, fumaba unos extraños cigarros a los que llamaban: “canutos”.

Lo peor, fue ver los desperdicios y basura que había tirada por el suelo.

Sinceramente, me asusté, y salí de allí buscando un ambiente que fuera más tranquilo, al mismo tiempo que pensaba que aquello, tan sólo era una pequeña muestra de la juventud de estos años.

De nuevo, comencé a caminar por las calles, hasta que me encontré con otra concentración de jóvenes reunidos. Enseguida me di cuenta de que éstos se reían de una manera incontrolada y a la vez forzada. Su modo de divertirse me pareció muy artificial.

Al momento, me paré en seco y pensé: ¿Será que ya estoy pasada de moda?… ¡Quizá!… -me dije a mi misma.

Seguí caminando y pasé por delante de una puerta de la que salían unos ruidos monstruosos. Aunque un poco asustada, me decidí a entrar.

Cómo es lógico, mi indumentaria no era la más adecuada para aquellos tiempos.

Una vez dentro del local, empecé a escuchar con más claridad aquel ruido al que llamaban música. Estaba todo oscuro, muy oscuro.

Los jóvenes que allí se encontraban iban de un lado para otro con vasos en la mano, sin saber muy bien, a mi parecer, lo que realmente hacían. En una especie de plataforma, bailaban chicos y chicas de una manera frenética, como si estuvieran poseídos o impulsados por una extraña energía.

En una de las barras que había en el local, había un grupo de jóvenes engalanados con extrañas vestimentas, llenos de cadenas colgadas, bebiendo una y otra vez sin parar y muy ansiosamente, a la vez que, de cuando en cuando, alternaban su ajetreada tarea con la de comerse unas extrañas plastillas que se sacaban del bolsillo.

La verdad es que no comprendía nada de todo aquello.

De pronto, y sin esperármelo, un chico moreno, de rostro agradable, con ojos oscuros y sonrisa encantadora, se sentó a mi lado y me dijo:

¿Cómo te lo quieres montar tía?… ¡Anda dime!… ¿De qué vas?…

¡Perdón!… ¿Qué dices?… -le contesté al momento.

El joven, sin pensárselo, puso su mano sobre mi rodilla y, sin dejar de sonreír, me respondió:

-¡“Joe” tía, que rara eres!… ¿Te mola enrollarte con un buen colega, o no?….

Como no sabía en que lenguaje me estaba hablando y no entendía nada de lo que me decía, me limite a sonreírle.

Algo después, me cogió de la mano y arrastrándome al centro del local, empezó a contusionarse como si fuera un poseso.

Intenté seguir sus movimientos, pero por dentro me sentía de lo más ridícula.

Tras el intenso meneo, me agarró por el brazo y salimos a la calle.

-Me llamo Carlos… –me dijo.

-Yo MariBlanca… -le contesté.

Al oír mi nombre, el joven esbozó una burlesca sonrisa, a la vez que exclamó:

-¡“Joe” tía, hasta tu nombre es de lo más “cutre”!… ¡Anda ven, que esta noche nos lo vamos a pasar de muerte!…

Y antes de terminar la frase, me cogió por el hombro y me llevó a un coche que estaba cerca de allí y tras abrirme la puerta, me monté en él.

Una vez estuvimos los dos dentro y tras poner la llave en el contacto, aceleró escandalosamente, saliendo de allí a gran velocidad. ¡La verdad es que sentí miedo, mucho miedo!

Fuimos por una carretera hasta llegar a un pequeño pueblo. La verdad, es que lo único que quería era bajarme del coche.

Aparcamos el coche en una calle y tras caminar un rato, nos encontramos frente a la puerta de un local muy grande y estrafalario. Allí, había dos hombres muy musculosos y cuando nos acercamos, uno de ellos, mientras ponía su mano en el pecho de Carlos, le dijo:

-¡Eh tú, perico!… ¿A dónde crees que vas?…

Mi acompañante, sin amedrentarse y retirándole la mano del pecho, le respondió:

-¡Soy amigo de Chema, y vengo a verle el careto!… ¿Cómo lo ves tío?…

El portero, al oír aquello, se estiró, y sacando pecho, le contestó sonriéndose:

-¡Ya!… ¡Anda, cuéntame otra milonga más enrollada, que esa no me cuela!…

En ese momento, las puertas del local se abrieron violentamente y empezaron a salir por ellas y a toda velocidad jóvenes armados con palos y navajas.

Según me dijo Carlos, eran dos bandas rivales y en cuestión de segundos empezaron a pegarse entre ellos. Aquello era una batalla campal.

Al cabo de un rato, comenzaron a oírse las sirenas de los coches de policía, y todos empezaron a correr despavoridos, mientras que en el suelo, yacía el cuerpo de un joven apuñalado.

-¡Venga tía, hay que darse el “dos”, que viene “la pasma” y como nos trinquen vamos a ser nosotros los que nos comamos el marrón!…

Tras una desenfrenada carrera hacia el coche,  nos metimos dentro y salimos a toda velocidad de aquel lugar, mientras que yo no paraba de preguntarme a mi misma donde se encontraba la gente pacífica y humana de mi querido Madrid.

CONTINUARÁ…

El Ángel de Vitoria Domingo, Mar 20 2011 

  EL ÁNGEL DE VITORIA.

 

                      Dedicado a todos los habitantes de Vitoria.

     Soñar nada cuesta, por eso las gentes sueñan. Algunos, consiguen convertir sus sueños en realidad, otros, por el contrario, tan sólo en sus desgracias.

 

  VITORIA 1975. 4 DE AGOSTO.

 

     Hacía calor, demasiado calor, pero yo tenía frío, mucho frío. ¡Un frío de muerte!… Creo que era debido a la alta fiebre, pero ¡No me importaba!… ¡Se me pasaría!… ¡Cómo siempre!… Mucho había luchado ya contra esa maldita, pero en los últimos años me atacaba cada vez más y con más frecuencia.

     En aquella noche de verano el cielo estaba raso y con muchas estrellas, que brillaban con intensidad.

     Contemplando tal esplendor, decidí taparme la cabeza con mi manta raída, arrimándome más a la pared, ya que no podía disfrutar de aquello con plenas facultades. Los cartones que tenía debajo del cuerpo me protegían del frío, aunque sólo en parte, ya que todo mi ser tiritaba como si estuviera en Diciembre. ¿En qué mes estaba? -me pregunté-  ¡Ah ya!… ¡Era Agosto!… ¡Y estábamos en verano!…

      Entonces, vino a mi mente un dulce pensamiento. ¡Mañana empezará la fiesta en Vitoria!… ¡La fiesta de La Blanca!… ¡El día del chupinazo!… ¡“El Celedón”!… ¡Qué bellos recuerdos!… ¡Mi bonito vestido de “Neska”!… ¡Los blusas!… ¡La música!… ¡Los petardos!… ¡El día del guarro!… ¡La gente por las calles cantando alegremente toda clase de canciones!…

      Para mí, eso era ya un viejo y lejano pasado de lo más amargo, pues por cosas del destino, lo había perdido todo en esta vida.

     El último en morir había sido mi padre, al cual adoraba y a quien ya recuerdo vagamente, pues por entonces yo era todavía muy joven.

     Era un hombre muy trabajador y muy serio, que quería mucho tanto a sus hijos como a su mujer.

     Cuando él murió, yo ya no tenía nada que hacer en Vitoria, pues me quitaron la casa en la que mi familia había vivido durante tantos años por no poder seguir pagándola.

    CONTINUARÁ…

Nicolás, el más rico del cementerio Domingo, Mar 20 2011 

        NICOLÁS,         

               EL MÁS RICO DEL CEMENTERIO.

 

                 Saber manejar una fortuna es todo un arte, ya que existen pocos que lo sepan hacer.

 

   TUDELA. AÑO 1975.

 

     Nicolás nació a principios de 1900 en la localidad que cito, y murió en ella setenta y cinco años después.

    Según me dijeron, fue el único hijo que tuvo la familia Gurruchaga, cuyos padres se llamaban Iñaki y Edurne, los cuales eran conocidos con el sobrenombre o mote de: “Los Cuervos”. Esto era debido a la  mala fama que tenían por su miserable forma de vivir, ya que aunque poseían una gran fortuna, vivían como los más pobres de toda la comarca, pues su única satisfacción, tanto la de los padres, como posteriormente la de Nicolás, era la de atesorar dinero, dinero y más dinero.

     Las gentes solían decir, en especial don Ginés, que era un hombre culto y había estudiado en la universidad de Pamplona, que lamentablemente, aquella familia, desde siempre y por su naturaleza, estaba presa de una grave y peligrosa enfermedad, que se había convertido en obsesión, a la cual él denominó: “Síndrome de Diógenes económico”

     Y no se equivocaba, ya que sus padres fallecieron allá por el año veinte a causa de una mala y miserable alimentación. Y todo por no gastar y así poder acumular más dinero.

     Según me contaron, su hijo los enterró sin ni si quiera celebrar una misa, un funeral o poner flores en sus tumbas.

     Todo ello, como es lógico, dio mucho que hablar entre las gentes del pueblo. Decían que aquel entierro había sido el más pobre y miserable de todos los que se habían llegado a conocer.

     Nicolás, para justificarse, alegaba a los pocos que querían oírle, que un buen entierro costaba muchas “perras”, y por tanto todo aquello era un derroche innecesario. Su celebre frase, desde siempre, y conocida por todos, era: “El muerto, muerto está, y ya ni sufre ni padece”

    Desde su infancia, Nicolás siempre había sido muy introvertido, solitario, malicioso y, sobre todo, acaparador, pues nunca dio la menor opción a nadie para que ganara dinero.

    En su adolescencia, según dicen los lugareños, no se le conoció relación alguna con ninguna moza, ya que pensaba que todas querían juntarse con él porque tenía los riñones bien cubiertos.

    Poseía grandes extensiones de terreno vinícolas que todas las temporadas le reportaban buenos ingresos, pagando a los jornaleros por su trabajo verdaderas miserias, al igual que recaudaba numerosas y elevadas rentas de sus destartaladas casuchas y pequeños y áridos campos.

     Pasados los años, y ya con una avanzada edad, se había convertido en un despreciable usurero, conocido en toda la comarca como “El Cuervo”. Sus préstamos recordaban a los de los personajes de esta natura que están plasmados en los libros de Cervantes y Quevedo.

     El dinero que prestaba, si hacemos un símil, era como prestar hierro para posteriormente cobrar oro. Además, si no se cumplían los plazos establecidos, se quedaba con lo poco que poseyese su deudor sin ninguna piedad. Nunca hizo excepciones y nunca se apiadó de sus deudores fuese cual fuese su situación.

      Todo ello le reportaba numerosas ganancias, pues de una manera u otra, el beneficio que obtenía era de lo más cuantioso.

     Lo único que le satisfacía era acaparar dinero y más dinero.

     La casa en la que vivía era la más grande del pueblo, pero a su vez la más pobre, ya que se encontraba totalmente abandonada y en ruinas. Su jardín estaba poblado de grandes matojos; las ventanas y maderas, podridas; y los cristales, rotos. El tejado tenía goteras por doquier; y en el interior de la casa, más de una rata compartía la hacienda con él.

     A Nicolás esto no le quitaba el sueño, en especial cuando bajaba al sótano y veía con ojos codiciosos los sacos llenos de monedas y billetes que había en las estanterías, que desde el suelo, llegaban hasta el techo. ¡Esa era su mayor satisfacción!… ¡Contar el dinero una y otra vez y noche tras noche!… ¡Esa era su verdadera vida!… ¡Su néctar!… Lo demás, ni contaba, ni tenía importancia para él.

     También era sabido que siempre llevaba consigo dos libretas. En una, tenía apuntados a todos sus deudores, la fecha en la que le debían pagar y la cantidad a cobrar. En la otra, apuntaba a todos aquellos a los que debía denunciar por haber incumplido cualquier condición de las pactadas. Estas denuncias, las formalizaba a través de sus rastreros y tragones “amiguetes” de los ayuntamientos, quienes ejecutaban las órdenes de Nicolás con preferencia a cambio de sus favores o de algún dinero bajo mano.

     El viejo usurero era temido en toda la comarca, y más, cuando iba arrastrando la pierna mientras la apoyaba en una raída y oxidada muleta, pues se sabía que cuando tenía estos achaques, era frecuente que, debido a sus dolores, se dirigiese a darle una mala noticia a algún vecino.

     En cuanto se acercaba por alguna casa, sus moradores decían en voz baja: ¡Ahí está “El Cuervo”!… ¡Ya viene a comernos las entrañas!…

     Un día se acercó a la casa de Imanol y tras aporrear la puerta fuertemente con su muleta, este abrió y se encontró con él.

      -Bueno, querido Imanol. ¡Hasta aquí hemos llegado!… ¡Hoy es día de cobro!… -le dijo Nicolás en tono seco- ¡Vengo a que me devuelvas el dinero que te presté y como sabes, también los intereses!…

     El hombre, al momento, se puso pálido y balbuceando a media voz, le contestó:

     -Don Nicolás. Usted sabe que este año ha sido horrible, uno de los más horribles que hemos tenido en esta comarca. No sólo para mí, sino para todos. Los pocos viñedos que poseo están secos por las heladas y los voy a tener que arrancar. No me han dado ningún fruto, y mi familia y yo no vamos a tener ni para comer. ¡Tenga piedad!… ¡Le prometo que le pagaré!… ¡Se lo juro por mi santa madre, señor Nicolás!…

     El miserable usurero, al oír las desesperadas palabras del hombre, se estiró, y sonriendo maliciosamente, le respondió secamente:

     -¡Ya!… En pocas palabras, que no tienes dinero para pagar tus deudas.

      Tras esto Imanol le contestó:

     -Señor, le prometo que antes o después le pagaré. Soy hombre de palabra y de ley. Pero por favor, hágase cargo de mi angustiosa situación. 

     -¡Me hago cargo Imanol!… ¡Me hago cargo!… ¡Pero esa es tu historia, no la mía!… El caso es que no tienes para devolverme lo que te presté, con lo cual yo no puedo cobrar en la fecha acordada. Que sepas que te voy a denunciar para recuperar lo mío. Probablemente me quedaré con  tus tierras y con tu casa. Yo  no soy una hermanita de la caridad. Además, tú te lo has buscado.

     Al momento, Nicolás sacó su temida libreta y lo apuntó en ella, a la vez que le añadía gritándole escandalosamente-: ¡En este mundo en el que vivimos es muy fácil pedir y pedir!… Pero luego, a la hora de la verdad, ¡ay, el pagar!… ¡Qué jodido es el pagar!…

     Imanol, de lo más desesperado,  agarrándole la mano, se puso de rodillas y le suplicó:

      -¡Señor, tenga a bien seguro que cuando pueda le pagaré hasta el último céntimo!… ¡Pero no me denuncie por favor!… ¡Me dejará sin casa y sin tierras!… ¡Será mi ruina!… ¡Mi familia y yo nos moriremos de hambre!… ¡Tenga piedad por favor!… ¡Se lo ruego!…

     Nicolás, tan impasible como de costumbre, cerró su libreta y le contestó:

     -¡Yo no tengo piedad ni nunca la he tenido!… ¡El que pide sabe que tiene que pagar y el que presta, cuando cobra, descansa!…

     CONTINUARÁ…

    

Juanito El Bailador Sábado, Mar 19 2011 

                                                                                         JUANITO EL BAILADOR

 

ALICANTE. AÑO DE 1950.

 

     Todo aconteció en las afueras de la ciudad de Alicante,  cerca de donde se encuentra la localidad conocida como: El Saler, donde por ese tiempo vivía la familia de Los Montoya, de origen gitano, la cual habitaba en una humilde chabola construida con raídos y viejos maderos, cartones y algunas cosas más.

     Rafael, que así se llamaba el padre, y María, la madre, tenían dos hijos. Uno de ellos se llamaba Tinín y tenía diez años de edad, resultando ser un chico de lo más revoltoso y avispado. Y su hermana, Pepita, de seis años.

     Debido a la dura situación económica de aquellos tiempos, los hijos de Los Montoya nunca habían llegado a pisar ninguna escuela, lo que venía a decir que ambos, tristemente, no sabían ni leer ni escribir, lo cual era bastante frecuente en España en aquellos tiempos.

     Donde habitaban, habían hecho un pequeño huerto de lo más humilde, al que regaba un pequeño riachuelo, aunque a medias, donde sembraban algunas hortalizas. También tenían varios conejos y gallinas en viejos cajones de madera. No era mucho, pero junto al poco dinero que ganaban recogiendo chatarra aquí y allá, les llegaba para seguir sobreviviendo, aunque fuera malamente.

     Comenzando el mes de Junio de aquel año empezaban las fiestas de la ciudad, las cuales eran conocidas como Las hogueras de San Juan.

     Rafael Montoya, como hacía todos los años, durante las fiestas, dejaba de recoger chatarra y junto a su mujer y a sus hijos se instalaba en el conocido paseo de La Concha o de Las Palmeras. Allí instalaban un improvisado tenderete para vender pipas, caramelos o cualquier otra “chuchería” para vendérsela a todo el que pasara por allí y estuviera dispuesto a comprársela. Sabían que durante el tiempo de fiestas podían llegar a juntar algún dinero.

      Al cabo de unos días, se presentó ante ellos “El tío Heredia”, que era un conocido tratante de ganado, quien desde hacía años tenía amistad con Rafael.

     -¡Parece que el negocio que “tas montao nel” paseo no te está yendo “ná” mal Rafaelillo! -exclamó  éste apurándose un medio puro lleno de babas mientras se apoyaba en su vieja cachaba-: ¡Como veo estás ganando muchas “chuquelas” este año en la farra de San Juan!…

     Rafael contestó a sus palabras humildemente bajando la cabeza:

     -¡“Güeno”!… ¡Digamos que no “manpuedo quejá” don Cosme!… ¡“Pa” una vez al año que se pueden ganar algunos “jurdós”!… ¡No creo “queso maga” ningún daño! -le contestó Rafael de lo más contento, a la vez que le añadía-: “Tamién” está la parte mala, que “lai”. Y es la de traer “tol rato” los géneros desde los almacenes “hastaquí pa” vender. ¡Acaba uno “reventao”!…

      Tras escucharlo, El tío Heredia se sonrió a la vez que le contestaba:

     -“Pue” mira por donde, veo que “vas  tener” un día de suerte, porque creo que tengo la solución “pa tú”.

     -¿Y “cuala” es ella compadre? –interrogó con curiosidad Rafael mientras no dejaba de despachar a la gente.

     -¡Mira!… Entre los animales “que  traído” a la feria hay un caballo enano, “ques duna marca” rara, a la que llaman “Pouni” o algo así. El caso es que quiero deshacerme “del” porque “naide” me lo “quié comprá”. Y creo que “a tú” te vendría muy bien, ya que si pones empeño te “traspotará” las mercaderías desde donde las compras “atal” puesto y luego “ata” casa.

     Rafael, rascándose el cogote, miró a su hijo y le respondió:

     -¡Ya!… ¡“Güeno”!… Si te digo la verdad no me vendría “ná” mal, pero, ¿Cuánto “jurdós me quitarías” por él?

     El hombre, subiéndose los pantalones y tirando la colilla del puro, sonrió de lo más amistoso y exclamó:

    -Pocos “jurdós” hombre, que “semos” casi familia. ¡Estate “templao” que no pienso hacerme “milonario” con este negocio “con tú”!… ¡Anda!… Dame veinte duros y el “pouni” es tuyo.

     Al momento, Tinín que había estado expectante oyendo la conversación de ambos, le dijo a  su padre:

     -¡Dáselos “pápa”!… ¡Qué nos vendrá muy bien “pá” no cargar como mulos!… ¡Además “la Pepi” y yo “jogaremos” con él y lo “cipillaremos” mucho!…

     El padre, al escuchar lo que decía el chiquillo no se lo pensó, y metiéndose la mano en el bolsillo sacó los veinte duros. Y extendiendo la mano hacia el hombre le dijo:

     -¡“Dacuerdo”!… ¡Trato hecho!… ¡Como ves, los “chinorris” siempre ganan!… ¿Dónde “tiés” la joya?

     -En un “descampao” pastando. Dame media hora y “ti” lo traigo aquí. ¡Ya verás cuando lo veas como no “te  guindao”!

     Una vez terminada la conversación, el tío Heredia salió disparado por el paseo hasta que desapareció entre la gente.

     Al cabo de un rato, éste se presentó ante ellos con el Pony, que era de raza enana, pues su alzada no superaba el metro de altura. Su pelaje era  marrón, de lo más intenso, el cual hacía que resaltasen sus redondos ojos azules mientras sobre ellos  caía su hermosa y sedosa crin.

     -¡“Güeno”!… ¡Pues “ná”!… ¡Aquí estamos!… ¿Qué te parece?… ¡A que es majo!… ¿No me digas que no es un buen regalo compadre?

     Rafael se acercó al animal y acariciándolo suspiró:

     -¡Si tú lo dices!…

     Y al momento el tío Heredia le contestó:

     -¡Ya verás compadre como no “te vas repentir” de la compra “cas” hecho!

      -¡Espero que no!…  -exclamó Rafael a la vez que miraba a sus hijos-: Ya veremos lo que dice “la máma” cuando vea la compra “quemos” hecho.

     -¡No dirá nada! -saltó Tinín dirigiéndose a su padre a la vez que acariciaba al animal-: Y si dice, que diga. Le contestas que “la Pepi” y yo “semos” los “quemos comprao” al caballito con nuestras “chuquelas”.

     -¡Ya lo has oído Rafaelillo! -exclamó “El tío Heredia” de lo más satisfecho con los dineros en el bolso-: ¡Lo que dice “El calorrillo”!… ¡Haber si tomas nota campeón!… ¡“Güeno”!… ¡“Tengo que marchar” para seguir con mis negocios en la feria!… ¡Porque hay que aprovechar la “farra” hermano!… ¡Con Dios compadre!…

     Dichas estas palabras, ambos  estrecharon sus manos y el tratante de ganado comenzó a caminar por la calle del ferial hasta que desapareció entre la multitud. Mientras, el ahora adorado padre no cesaba de mirar como sus hijos acariciaban al pony una y otra vez con gran cariño.

     -¡“Güeno”! -exclamó Rafael con el rostro sonriente y dirigiéndose a sus hijos les preguntó-: ¿Y cómo lo vais a llamar?

     Tinín, de lo más dispuesto, se acercó a su padre y sin titubear le dijo:

     -¡Juanito “pápa”!… ¡Juanito!… Así le llamaremos.

     -¿Juanito?…

     -¡Si!… Porque a “la Pepi” y a mi nos “agusta” mucho ese nombre.

     Rafael volvió a sonreír una vez más por la rotunda decisión tomada por sus hijos y moviendo una y otra vez la cabeza, les respondió:

     -¡“Dacuerdo, dacuerdo”!… ¡Le llamaremos Juanito si vosotros “querís”!… -el hombre acarició al caballo a la vez que le decía-: ¡Juanito, a ver como “taportas” con Los Montoya!…  Horas más tarde, llegó al tenderete María, de lo más sofocada y cargada con dos grandes bolsas, las que depositó en el suelo y al levantar los ojos mientras se  limpiaba el sudor que desprendía su frente, vio atado a Juanito junto a tenderete. Al momento la mujer se dirigió a su marido:

     -¿Y este penco?… ¿Que pinta aquí “marío”?… ¿De quién es?…

     Su marido balbuceando, contestó con voz temblorosa:

     -¡Es nuestro María!…  ¡Es que vino “El tío Heredia”!… ¡“Güeno”, ya le conoces!… ¡“Mi dijo” que me lo vendía barato!… ¡Nos puede ayudar a traer las mercancías del almacén al puesto y llevarlas “ata” casa!… ¡Además, los niños lo “quirían”!….

      Tras escucharlo atentamente se encaró con él:

     -¿Y cuantos “jurdós ta sacao” por esta joya el pájaro del “Tío Heredia”, si “pué” saberse?… Según “mandicho tien” fama de vender gato por liebre…

     Rafael tragó saliva y con el rostro más pálido que una sábana recién lavaba le contestó:

     -¡Veinte duros mujer!… ¡Tan sólo veinte duros!…

     Al oír sus palabras puso los brazos en jarras y arrugando el ceño le gritó:       

     -¡Olé, olé y olé!… ¡Ole por mi “marío” del alma!… ¡Qué es “un julai” de tómbola barata y le tocan “las jiñas” que no quieren ni los “payos”!… ¡Anda que comprar un caballo!… ¡Un caballo que no es ni caballo ni “ná”!… ¡Pequeñajo, patizambo y encima cabezón!… ¡Veinte duros!… ¡Tu estás mal de la “chola”!… ¡Eres “un tolai marío”!…

     -¡Fueron los “chinoris” los que se empeñaron en la compra del animal máma! -se defendió Rafael una y otra vez ante su mujer.

     -¡Ni “chinorris” ni ostia en vinagre “mojá” en pan duro!… Lo que digo “bato”, ¡éramos pocos y la “güela” parió!… ¡Menuda “maula ta metío el avispao” del “Tío Heredia”!… ¡Anda que no sabe “ná” el bicho ese!…

    Menudo espectáculo le montó la mujer al marido en el paseo de La Concha. Podía haber sido digno de ser llevado a las páginas de la historia española de aquellos años.

     El pobre Rafael no sabía donde meterse ante “el cante” que una y otra vez le profería su exaltada mujer en el paseo y ante todos los que por allí pasaban. El hombre, ante aquella situación, lo único que quería era meter la cabeza bajo tierra como había oído decir que lo hacían los avestruces en la lejana Australia.

     Según cuentan las gentes, su mujer estuvo durante muchos días con el rostro más arrugado que una gaita escocesa y no le quiso dirigir la palabra a su marido durante algún tiempo por la compra de aquel animal.

     Pasados unos días, Rafael, resignado por “la mala follada” que tenía su mujer, construyó un pequeño carro en el que enganchó a “Juanito” y se marchó a comprar las mercaderías del día para llevarlas al paseo y venderlas, mientras que la gente, al ver al pequeño pony tirando del carro, se sonreía, haciendo, unos con otros, toda clase de comentarios.

     Sin Rafael saberlo ni darse cuenta, día a día que pasaba, él y Juanito empezaban a hacerse de lo más populares en su cotidiano recorrido.

     Transcurrido un corto tiempo ambos llegaban al paseo donde se encontraba el tenderete y tras descargar el carro con las mercaderías, el hombre desenganchaba al animal y lo ataba a uno de los bancos cercanos.

     Transcurridas las horas y llegada la media tarde, sin que nadie se lo esperase, ni siquiera la familia de Los Montoya, ocurrió lo que sorprendente aconteció.

     Juanito, como ya se ha relatado, estaba atado a las patas de un banco, cuando de pronto, entró por el paseo una alegre y bullanguera banda de música, la cual interpretaba el famoso pasodoble  conocido popularmente en toda España como: Paquito “El Chocolatero”. Compuesto en la localidad alicantina de Concertaina en el año 1937, por  el compositor Pascual Falcó.

     Cuando las gente comenzó a oír  su tradicional y querido pasodoble, todos se pusieron a bailar en filas como siempre lo habían hecho sus abuelos,  sus padres  y ahora ellos.

     Juanito, al oír el alboroto que formaban todos los presentes por motivo de la música, comenzó a ponerse nervioso, muy nervioso y empezó a moverse de un lado para otro inquieto, muy inquieto, hasta que finalmente se alzó sobre las patas traseras y se puso a bailar al son de la música que estaba sonando con una gracia sin igual y levantando sus patas delanteras al aire, empezó a girar una y otra vez en torno a si mismo.

     Los presentes, al ver el espontáneo espectáculo con el que les estaba deleitando el animal y los graciosos movimientos que estaba realizando al son de la música, cesaron de bailar y comenzaron a acercarse hacia donde se encontraba, mientras éste seguía bailando alegremente “El Chocolatero” como si se encontrara solo.

     Los turistas, en especial, los alemanes, franceses e ingleses no paraban de hacerle fotografías, mientras le aplaudían sin cesar, exclamando una y otra vez: ¡Oh good!… ¡Very good!… ¡Very, very good!… ¡Fantastic!…

     El avispado de Tinín, que no tenía ni un pelo de tonto, dándose cuenta de lo que estaba ocurriendo mientras sus padres se encontraban atónitos con la boca abierta viendo lo que estaba sucediendo, desató al animal y acto seguido se quitó la gorra para pasarla ante los allí reunidos, los cuales, sin pensárselo, echaban mano a sus bolsillos para sacar algo de dinero y dárselo al chico ante los atónitos ojos de sus progenitores que no se creían lo que estaban viendo.

     Una vez caída la noche y habiendo recogido el tenderete,  la familia regresó a su casa y tras contar el dinero recaudado Rafael exclamó de lo más contento:

     -¡No me lo “puó” creer María!… ¡Por mi santa madre!… ¡No me lo “puó” creer!… ¡Mira!… Con el puesto hemos hecho doscientos duros y Tinín con Juanito ha “rebañao de los payos” seis mil pesetas, más “tós” estos billetes y monedas extranjeras que no sé lo que serán en “jurdós españoles”. ¡Juanito es un ángel María!… ¡Un ángel que nos “va sacar” de la miseria en la que vivimos!… ¡Lo “quel pápa” te diga María!…

     A partir de aquel día, tras haber visto el rotundo éxito monetario que le reportaba el animal todos los días, sin dudarlo, Rafael fue a una de las tiendas de la ciudad para comprar un aparato de reproducir música. Una vez adquirido, Los Montoya se marcharon una vez más al paseo de La Concha.

      Una vez allí, montaron su humilde tenderete de venta, como era cotidiano, para que posteriormente y a medida que caía la tarde, sonase “El chocolatero”.

      En el momento en el que Juanito comenzó a escuchar la música se puso de lo más contento, y empezó a relinchar para acto seguido ponerse a bailar como ya era habitual mientras Tinín pasaba la gorra.

     Al ver el espectáculo, los transeúntes empezaron a hacer fotos. Otros no podían contener sus risas mientras que no cesaban de aplaudirle y hacer toda clase de comentarios sobre el inteligente animal.  

     A medida que pasaban los días, los comentarios en la ciudad alicantina sobre que Rafael Montoya se iba a hacer millonario con Juanito, iban en aumento.

     Y haciendo referencia a un día ya lejano en el tiempo, y haciendo un paréntesis en nuestra historia, podemos decir que un hombre sabio y docto en letras afirmó en su día: “El éxito de una persona es el fracaso lamentable de lo demás”.

     Y cierta era esa manifestación, ya que un buen día se presentó “El tío Heredia” con cara de pocos amigos y muy seguro de si mismo se dirigió a Rafael diciéndole  con tono seco:

      -¡Mira Rafael!… He “venío dicirte” que “pensao” que “ti voy comprar” al “Pouni” ese por cinco mil duros… ¡Vaya “negocio” que “vas hacer” compadre! ¡Recuerda que “ti” lo vendí por veinte duros!

      Rafael, sonriéndose, le contestó:

      -¡Ay, señor Heredia!… Juanito no está “pa” la venta, ni “pa usté”, ni “pa naide”. Es parte de la familia, y su familia es la de Los Montoya.

      Al oír la repuesta, el tío Heredia arrugó el ceño y le respondió airado:

      -¡Vamos, que “ti vas hacer milonario” a mi costa con “il” penco ese que “ti” vendí por cuatro “guiles”!… ¡Anda, “trinca los jurdos” que “ti doi” si no “quies” tener “poblemas”,  que ya vas bien “apañao”!…

      Rafael encarándose con él y con el rostro muy tenso le dijo:

     -¡Mire, señor Heredia!… Hicimos un trato, y un trato entre hombres, siempre es un trato. A mi no me “convien ná” lo que “usté mi” dice. ¡“Mi” quedo con mi “pouni” y punto!… ¡Ya no “shable” más!…

     El tío Heredia, tras oír la tajante respuesta de Rafael, lo agarró violentamente por la pechera. Su mujer, al ver lo que estaba sucediendo, salió del puesto gritando escandalosamente, al igual que Tinín y su hermana, mientras Juanito, que se encontraba atado, no dejaba de relinchar de lo más enfurecido.

     El que tenga imaginación que imagine la que se lió en el paseo:

    Los dos hombres enganchados el uno al otro, María toda despeinada gritando desgarradoramente y los chicos en torno a ellos, hasta que aparecieron dos coches de policía, que los separaron y tras oír las versiones de ambos, los agentes dieron la razón a Rafael. El animal, Juanito, era suyo, y propiedad de la familia de Los Montoya.

    Transcurrido el suceso y con los ánimos más clamados, se acercó al tenderete un hombre sonriente seguido de otro y con una elegante mujer, y dirigiéndose el primero de ellos a Rafael, le dijo:

     -Perdone. ¿Es usted el señor Montoya?

     -Si… Ese es mi “apellío”. ¿Qué se “lofrece” señor?

     El hombre, sin perder la sonrisa, le respondió:

     -Verá caballero, mi apellido es Feijoo, de espectáculos Feijoo de Madrid. Soy propietario de un circo en la plaza del rey, el cual es conocido como El circo Price, donde están las mejores atracciones de España y del mundo.

     Al oír al hombre el padre de Tinín arrugó el ceño a la vez que le contestaba secamente encarándose con él:

     -Entiendo señor, entiendo. Lo que “usté quié” como tantos otros, es comprarme a Juanito. ¿“Mequivoco”?

      El señor Feijoo se sonrió de nuevo benévolamente y le contestó:

     -Todo lo contrario amigo Montoya. La única pretensión que tengo es contratarlo para mi circo en Madrid y puedo asegurarle que no se quejará de lo que estoy dispuesto a pagarle.

     -Y dígame, señor empresario, ¿de cuantos “jurdós” está “usté” hablando?

     -Bueno, digamos que de momento y  para empezar, para no discutir, le ofrecería a su familia todos los gastos de desplazamiento, comida, vivienda, y por actuar dos veces al día, incluyendo al chico, unas dos mil pesetas a día. ¿Qué le parece señor Montoya?

    CONTINUARÁ…

  

          

 

            

Los Ratones Colorados Sábado, Mar 12 2011 

LOS  RATONES

COLORADOS

A TODOS LOS MURCIANOS Y A SUS DUENDES, CONOCIDOS COMO: “LOS RATONES COLORADOS”.

Risas en el aire…

Peculiares violines sonando en las noches estrelladas…

Si lo oyes, es que  “Los ratones colorados” se encuentran cerca.

MURCIA. 1930.

Beniel, pueblo cercano a la capital. Acabando el verano.

Muchos de los habitantes de esta región, al igual que el resto de España, habrán escuchado más de una vez la frase tan popular: ¡Eres más listo que un ratón colorado!, sin saber su verdadero origen y significado, tal como le sucedió en su día a un murciano de pura cepa.

-¡Bah! –exclamó Ambrosio a su amigo Tomás de lo más convencido-: ¡Yo no creo  en esas cosas!… ¡Tan solo son cuentos  para gente ignorante!…

Como puede deducirse, Ambrosio no creía en aquellas paparruchadas huertanas, consideraba que tan solo eran cuentos inventados para que los niños se durmieran.

-¡Créeme!… ¡Lo que te digo es tan real como que estoy aquí!…

El que hablaba era su íntimo amigo Tomás, un campesino como otro cualquiera de La huerta murciana.

Durante muchas generaciones, la familia de Tomás había trabajado en las tierras de la huerta y él, ahora, seguía la tradición de sus ya fallecidos padres.

Vivía bien y cómodamente, aunque con lo necesario y sin grandes lujos.

Él y su mujer no habían tenido hijos, pero se querían como el primer día en que se conocieron. Margarita era una buena mujer y por todos era reconocido que era una incansable trabajadora.

Tomás, todos los días, bajaba la cuesta de su casa hasta llegar a la tasca de Antonio para tomarse sus dos cotidianos chatos devino. Este era el único vicio y lujo que tenía.

Casi siempre se sentaba con Ambrosio, su más querido amigo. Hacía más de treinta años que se conocían y Tomás lo consideraba una buena persona, aunque era más terco que un mulo resabiado y no creía en nada. Según su padre, esto se debía a que era comunista, y siempre le solía decir:     ¡Los rojos no creen en nada hijo!… ¡Sólo creen en el comunismo!… ¡Esa es su única doctrina y credo!…

¡Y su padre tenía toda la razón!…

Ambrosio sólo creía en el dinero y en el trabajo, además, por supuesto, en el comunismo, creencia que le había inculcado su padre desde muy niño.

A pesar de las ideas y el tosco carácter que tenía su gran amigo, Tomás lo apreciaba en gran manera, ya que siempre estaba dispuesto a ayudar a la gente en cualquier situación.

Solían discutir frecuentemente por cualquier cosa, aunque todo el mundo sabía que era su costumbre y que la sangre no llegaría al río. Era algo normal y habitual.

Ambrosio vivía solo desde hacía tiempo, ya que su mujer había fallecido. Su fuerte carácter ocasionaba que pocos en el pueblo le hablasen. No obstante, más de uno le vio curando en los campos a varios animales vagabundos o malheridos. ¡En el fondo tenía una alma noble!…

Esta vez, el motivo de la discusión fue que Tomás, desde hacía algún tiempo, le venía contando la historia de unos pequeños duendecillos, que parecían ratones e iban vestidos con casacas rojas, llevando con ellos, además, algo parecido a unos violines. Éste afirmaba que meses atrás él y su mujer los habían visto.

Por mucho que se esforzase en convencer a su amigo una y otra vez, todos sus intentos resultaban inútiles:

-¡Te lo vuelvo a repetir!… ¡Qué tienes la cabeza más dura que una piedra!… ¡Eran unos ratones muy pequeños!… ¡Pero duendes!…

Ambrosio volvió a sonreír maliciosamente ante su amigo, diciéndole:

-¡Parece mentira que un hombre hecho y derecho, con pelos en el pecho, crea en esas patrañas de duendes!… Amigo.., ¡tienes que dejar de beber tanto “Perejil”!…

Tomás, cansado de que dudase de él, aguantó los caballos como pudo y se marchó de la tasca de mala gana ante las mofas de aquel.

Sabía que no era nada fácil convencer a su terco amigo, pero él sabía que lo que contaba era verdad, ya que había visto con sus propios ojos a aquellos pequeños “Duendes”.

Estaba seguro de que éstos existían en la provincia de Murcia, al igual que “los tragus” asturianos, y sabía que se enfadaban cuando los hombres no creían en ellos, pues recordaba una historia que su padre le contó.

La historia, la cual había vivido en sus propias carnes, se resumía en que una noche no pudo conciliar el sueño debido a que no cesaba de escuchar en torno a su casa los estridentes, desafinados y escandalosos sonidos de los violines y las risas de “Los ratones colorados”.

Días después y volviendo a la acalorada conversación que tuvieron ambos días atrás, Tomás, chascando la lengua, le volvió a repetir que él y su mujer los habían sentido y visto, al igual que mucha gente de la comarca, por lo que los habitantes de la provincia habían hecho popular la frase murciana: ¡Eres más listo que un ratón colorado!…

Éste, ya cansado de las burlas y mofas de su incrédulo amigo, se levantó, y encarándose con él, en tono desafiante le dijo:

-¡Bien!… Ya que no me crees, te lo demostraré. Te espero esta noche en mi casa a eso de las doce y podrás comprobar con tus propios ojos que lo que te cuento no es ninguna milonga.

Ambrosio, levantándose de la mesa y sonriendo a su amigo malévolamente, le contestó:

-¡Vale!… ¡De acuerdo!… ¡Allí estaré!… ¡Así podrás demostrarme que todo lo que dices son tontadas y has perdido la chola!…

Dichas estas palabras, los dos salieron de la tasca y allí se despidieron.

Tomás comenzó a caminar hacia su casa sonriendo para si, recordando cuando su mujer tuvo que dedicarse a elaborar unos sabrosos dulces almendrados para “Los duendes”. Con ello, pretendía contentarlos para que dejaran de hacer travesuras en su hacienda, pues las cosas no podían seguir así, ya que éstos, no paraban de hacer travesuras en la huerta. En las plantas de los pimientos habían salido tomates; en las de las cebollas, melones; en el naranjo que estaba junto al pozo, higos; así como su perra, en vez de parir perritos, había tenido gatos. Su mujer pensaba que eran pequeñas travesuras, pero a él le reventaban. ¿Cómo podía pensar que era una pequeña travesura que una perra pariese gatos? ¿Y el trauma que había cogido el animal por tal motivo? Por supuesto, todo esto no lo podía contar en la tasca del pueblo. ¡Todos pensarían que estaba loco! Aunque tal vez, a muchos de ellos, ¡también les había ocurrido algo parecido!

Minutos antes de las doce de la noche, unos golpes sonaron en la puerta y Tomás la abrió encontrándose con su esperado amigo, el cual con rostro burlón exclamó de lo más desafiante:

-¡Bueno amigo!… ¡Ya estoy aquí para que me demuestres que no estás enfermo ni mal de la cabeza! – y mientras pasaba a la casa, sarcásticamente le exclamó a la mujer-: ¡Los ratones colorados!… ¡Vamos!… ¡Qué tienes un marido que está como un cencerro!… ¡Bien!… ¡Si a las doce no han aparecido tus “duendecitos”, yo me voy!… ¡Y si esto ocurre, no quiero que me vuelvas a dar más la paliza con esas monsergas!…

CONTINUARÁ…

 

El payaso Domingo, Mar 6 2011 

EL PAYASO

EN BOCA CERRADA NO ENTRAN MOSCAS, DEL MISMO MODO QUE LOS PECES MUEREN POR LA BOCA.

EN ESTE MUNDO, EL QUE LA HACE, ANTES O DESPUÉS, LA PAGA…

SAN PEDRO DE MURO-PORTO DO SON. A CORUÑA.

AÑO 1931.

El pueblo al que me refiero en esta ocasión se encuentra en la provincia de A Coruña, donde ocurrió un caso digno de llegarse a mencionar por el suceso tan trágico que allí aconteció. Sus habitantes me lo relataron en su día y yo lo plasmé en mis escritos para contárselo ahora a ustedes.

Según me dijeron los más ancianos, era para presumir el tener un santo llamado San Benito, en Seráns, el cual tenía muy buena fama como milagroso para la curación de las verrugas. Todos en el pueblo y en la comarca lo veneraban y eran fieles devotos, en especial, cuando llegaba la fecha de su romería.

En el pueblo, el bautizo de los gemelos Martín fue uno de los más sonados, sobre todo por lo que después sucedería y que más adelante les relataré. Y ahora volvamos al año que he mencionado.

Ángel, el padre de los dos rapaces, se encontraba de lo más feliz y contento, y por ello, había tirado su humilde casa por la ventana invitando a todo el pueblo en la taberna de la plaza para celebrarlo. Lucina eramucho más joven que él, ya que no cumplía los treinta y tantos y su marido ya tenía los sesenta y muchos, por ello daban lugar a toda clase de comentarios.

La verdad es que la mujer, desde que se casó, siempre había deseado tener un hijo, y con el paso de los años llegó a pensar que sería imposible.

Para poder llegar a conseguir su ansiado sueño, un día, fue a ver a una curandera, la cual habitaba en una pequeña casucha en uno de los montes cercanos. Había ido sin que su marido lo supiera, llevada por la obsesión de llegar a ser madre para ver si ésta le podía dar algún remedio para conseguir su ansiado propósito.

La curandera, que era una verdadera arpía, y por ello conocida en la comarca como: “La bruja de las verrugas”, tras la entrega de una buena suma de dinero, le confesó, que una de sus sobrinas lejanas, “La pecas”, había dado a luz a dos gemelos y por no haberlos deseado y no poderlos mantener se los había entregado para que ella los cuidase, pues desgraciadamente, se había quedado embarazada del Julio, hijo de “El condenado”.

La vieja curandera, tras hacer un gesto con la boca chascando su negruzca lengua mientras se le caían las babas de la boca, con el fin de convencerla, dijo con voz tajante:

-¡Pero como esa “mulleriña” íbase casar con semejante elemento!…  ¡No tenía ni oficio ni beneficio, y era bebedor, follonero, faltosu y además había estado en la cárcel!…

Lucina, tras escuchar las palabras de aquella bruja, se convenció y decidió quedarse con los dos recién nacidos.

Tras contárselo a su marido, y decidiendo éste complacer a su mujer, optaron porque la mejor solución era marcharse del pueblo y hacer vida en otro cercano, para que las gentes no supieran la verdad sobre sus dos hijos, mientras que varios vecinos días después, hallaron muerta a la vieja curandera en extrañas circunstancias.

El tiempo transcurrió, y el matrimonio desde el primer momento notó que entre los dos hermanos surgían grandes celos. Sus padres los regañaban constantemente por este motivo, imponiéndoles algún que otro castigo, aunque sin darse cuenta y sin ellos saberlo sólo conseguían avivar su rivalidad.

Transcurrieron veinte años desde aquella fecha, y los dos niños se convirtieron en unos buenos mozos.

Ángel era un chico alto, rubio y guapo, aunque su manera de ser, sus modales y sus maneras dejaban mucho que desear, pues era un gran bebedor, pendenciero y poco trabajador, mientras que David, que era moreno, un poco más bajo, con un acusado sentido del orden y con enorme respeto hacia los demás, ponía gran empeño en el trabajo y aprendía de sus padres. Todo lo contrario que su hermano.

La máxima explosión de rivalidad entre ambos surgió cuando David se echó de novia a una rapaciña de muy buen ver, carácter agradable y querida por todas las gentes del lugar, dando como resultado que su hermano se enamorase también perdidamente de ella y no cesaba de acosarla. El hecho de que David se enterase de lo que estaba sucediendo,  provocó que ambos hermanos discutieran y llegaran a las manos, y tras cruzarse todas clase de insultos, llegaron a estar sin hablarse más de dos meses.

Un día, Rosa, que así se llamaba la rapaza, le confesó a David, que tras habérselo pensado, había decidido romper su noviazgo, pues se había enamorado locamente de su hermano Ángel, pese a que sabía como era. Esto dio como resultado que el bendito despechado se refugiase en su casa y su trabajo con el fin de ocultar la procesión que llevaba por dentro.

Transcurrido un tiempo, llegaron los carnavales, y como era costumbre en el pueblo, se celebraban por todo lo alto. Las gentes se vestían con toda clase de disfraces de lo más engalanadas para ir a los bailes y a los fuegos artificiales.

Según me contaron, los nuevos amantes acudieron esa noche a la plaza de lo más alegres y enamorados. La chica iba vestida de princesa y Ángel de rico pirata-corsario.

Su hermano, día a día, se sentía más reacio a la hora de tener relaciones con la gente del pueblo debido al resentimiento que soportaba, por ello decidió quedarse en casa y no acudir a la fiesta.

Horas más tarde, David salió corriendo a la calle de lo más excitado y con la cabeza ensangrentada, gritando de forma escandalosa mientras se dirigía al cuartel de La Guardia Civil para comunicarles que alguien había entrado en su casa y le había propiciado un gran golpe en la cabeza que le había dejado inconsciente mientras le robaban.

Al momento, dos guardias le acompañaron a la vivienda, comprobando que sus palabras eran ciertas, ya que la puerta de la casa había sido forzada y todas las estancias se encontraban patas arriba, por tanto, le tomaron declaración de lo sucedido y marchándose, uno de ellos, le animó diciéndole:

-¡Tranquilo David!… ¡Ya verás como antes o después cogemos al causante del robo!… ¿Oye, es qué no vas a ir a las fiestas?…

El mozo, secándose la herida que tenía en la cabeza le contestó de mala gana:

-¡Para fiestas estoy yo!… ¡Lo único que me pide el cuerpo es que me meta en la cama!… ¡Mi cabeza no para de dar vueltas!…

Dichas estas palabras, los dos guardias se despidieron de él, y saliendo de la casa  entre comentarios, comenzaron a caminar en dirección al cuartel.

Mientras tanto, en la plaza del pueblo,  que estaba abarrotada de gente que había venido de toda la comarca, todo era fiesta, alegría, música y baile.

Ángel y Rosa, cansados de tanto bailar, se retiraron abrazándose a unos bancos y allí comenzaron a besarse ardientemente. Mientras tanto, en la plaza apareció un personaje disfrazado de “payaso”, el cual no paraba de hacer bromas y más bromas a todos los que se encontraban allí, a la vez que no dejaba de mirar de aquí para allá a todos los presentes, como si con ello estuviera buscando algo.

Transcurrido un rato, con gran sigilo, el mencionado se escabulló entre el gentío y comenzó a dirigirse a donde se encontraba la pareja, los cuales al verlo se sonrieron por su súbita y graciosa presencia.

Durante unos breves instantes, el “payaso” permaneció en silencio frente a ellos sin mediar palabra, hasta que acto seguido sacó de uno de sus bolsillos un afilado estilete y haciendo cómicas posturas, se acercó a él y se lo clavó con gran saña en la garganta.

Ángel, al momento, comenzó a sangrar abundantemente hasta que, acto seguido, cayó al suelo agonizante.

La rapaza, al presenciar la terrorífica escena, se quedó petrificada, hasta tal punto que no se pudo mover ni hablar, a la vez que el misterioso “payaso” comenzó a correr velozmente hasta llegar a desaparecer entre la espesa arboleda mientras se oía la fuerte descarga de los fuegos artificiales.

CONTINUARÁ…

Hassán, el mago moro Martes, Mar 1 2011 

HASSÁN,         

EL MAGO MORO.

NO EXISTE NADA MÁS TERRORÍFICO EN ESTE MUNDO PARA LOS VIVOS, QUE SUS OJOS VEAN RESUCITAR A LOS QUE CONDENARON INJUSTAMENTE.

TOLEDO. AÑO: 1704.

Cuentan, que a principios del nuevo siglo, llegó a la capital toledana un humilde moro llamado Alí Hassán, el cual, se instaló en una vieja casa de una pequeña calle, que a decir verdad, no era calle, si no un estrecho y angosto callejón, que debido al dramático suceso que allí aconteció en sus días, sus habitantes lo bautizaron como: El callejón de El Moro.

Como es sabido, si leemos en los libros, en los tiempos inmemoriales de la historia, Toledo siempre fue considerada por la cultura del Islám como la capital de La Magia, por tanto, no es nada de extrañar que con el paso de los años cualquier nacido en ese lugar o en esa provincia, alberge en sus más hondos adentros un respetuoso silencio y temor por la brujería, la hechicería y La Alta Magia, llamadas  hoy en día: Ciencias Ocultas.

Alí Hassan, desde el primer momento de su llegada a la ciudad, fue siempre un hombre silencioso, respetuoso, misterioso y enigmático para las gentes, pues según decían no se relacionaba con ellas, así como no se le conocía trabajo alguno, salvo las compras que a diario hacía de hierbas, esencias y aceites en los zocos, pagando por ellas buenas sumas de monedas, lo que provocó, que se llegase a decir que era uno de los tantos alquimistas o magos que pululaban por la ciudad embaucando con sus pócimas y cuentos mundanos a las gentes de pocas y secas seseras para venderles falsas promesas y conseguir favores amorosos, dinero fácil o cualquier otra cosa inconfesable.

Dicen, que cierto día de mañana, salió Hassán de su casa y caminó por el callejón hasta llegar al final de él, donde se encontró con un mendigo harapiento que estaba tirado en el suelo al que le faltaba una de sus piernas y que con voz lastimera pedía un donativo, extendiendo su mano negruzca, a todo aquel que pasaba por delante de él.

El mendigo, al ver a Hassán, el cual se detuvo frente a él, mirándolo fijamente, le dijo:

-¡Mensaí!… ¡Una limosna para este pobre y tullido mendigo que no tiene nada que llevarse a la boca, por el amor de Dios!… ¡Estoy hambriento!… ¡Por favor mensaí!…

Al momento, Alí Hassán se le acercó y agachándose, cogió una pequeña piedra que se encontraba junto al hombre y poniéndosela en la mano, con voz bondadosa, le dijo:

-Si es verdad que tienes tanta hambre como dices, sáciala con esto que te ofrezco, y ten a bien seguro que con ella calmarás tu hambruna.

El mendigo se quedó mirándolo tristemente a los ojos y de lo más confundido y muy fatigado le contestó:

-¡Mesaí!… ¿Cómo  hacéis esto conmigo?… ¿Cómo podéis decirme que una vulgar piedra puede llegar a saciar mi hambre?… ¿Os estáis burlando de mi?…

Alí Hassán, sonriéndose a la vez que le apretaba fuertemente la mano, le respondió:

-Sólo es cuestión de fe, hermano. Si crees en lo que te digo, a bien seguro que saciarás tu hambruna… Pero, ¡sólo si tienes fe!…

Dichas estas palabras, Hassán se levantó y en silencio comenzó a caminar hasta que desapareció. El mendigo, de lo más aturdido por lo que le había dicho aquel, abrió la mano y con gran asombro vio que la piedra que le había dado se había convertido en una brillante onza de plata. ¡No podía ser cierto lo que sus ojos estaban viendo!

Al momento, se levantó y apoyándose  en sus muletas con todas sus fuerzas corrió y corrió, cayéndose por las calles de la ciudad a la vez que no dejaba de gritar a unos y a otros lo que le había sucedido.

Como es lógico, la gente, al oír lo que proclamaba aquel desgraciado, no lo creyó, sin embargo, todos callaban cuando el mendigo una y otra vez les enseñaba de lo más excitado la onza de plata.

Transcurridas unas semanas, ocurrió otro suceso aún más espectacular y sorprendente, el cual fue presenciado por decenas de personas.

En la calle mayor, se encontraba un carromato cargado de heno tirado por dos caballos, los cuales, debido al inesperado ataque de unos perros, salieron disparados a gran velocidad por la calle, llevándose por delante todo lo que encontraban a su paso.

El pánico se adueñó de la multitud y fue mayor cuando vieron como una niña de corta edad se encontraba en el recorrido de los caballos, la cual iba a ser arrollada.

Las gentes no dejaban de gritar escandalosamente, mientras que el carromato, vertiginosamente, se dirigía imparable calle abajo hasta donde se encontraba la niña. De pronto, de la multitud salió Alí Hassán, el cual, con paso firme y rostro sereno, se plantó en el centro de la calle mientras los caballos no cesaban en su arrollador avance, hasta que llegando a unos cinco metros de donde se encontraba éste, frenaron en seco su desordenada carrera, levantando con ello una gran polvareda.

Los animales se pusieron a dos patas y relincharon como nunca lo habían hecho, pero finalmente se quedaron de lo más quieto y tranquilos.

Los presentes, al presenciar tal hecho, se quedaron asombrados, no dando crédito de lo que había sucedido. Aquel moro, llamado Alí Hassán, con sólo su presencia había conseguido frenar en seco la loca y desbocada galopada de aquellos incontrolados caballos, lo que dio motivo a que todos los habitantes de la ciudad se preguntaran los unos a los otros sin cesar, como pudo llegar a realizar tan enigmática proeza.

Unos alegaban rotundamente que era un hombre de gran valor y otros, que tenía poderes sobrenaturales.

Transcurridos los días, y los meses, llegaron a acontecer más casos similares y sorprendentes en la ciudad y alrededores, en los que había sido partícipe el enigmático personaje, lo que provocó que dichos actos llegaran a los oídos del arzobispado, el cual alterado y molesto en gran manera por los continuados hechos, dictó una orden inmediata de detención.

Hassán fue apresado cerca de La cuesta de Belén y seguidamente, encarcelado por los justicias.

Transcurridos unos días fue llevado de la manera más degradante ante El Sagrado Santo Tribunal de La Inquisición, el cual, sin conceder defensa alguna al reo, por considerar que pertenecía a la comunidad de Los judaizantes, lo condenó a la pena capital, que en aquellos tiempos era la horca. La acusación por la que lo condenaron fue por ser un hechicero, brujo, o mago maligno del señor Lucifer.

Tras permanecer dos días en una oscura y maloliente mazmorra, a pan y agua, fue sacado y llevado a la Plaza de Zocodover, (Suk al dawad), conocida también como Las caballerizas, o “El mercado de las bestias”, donde sin ninguna piedad se le ejecutó vilmente en la horca.

Todos los presentes, que eran muchos, y venidos de diferentes puntos de la comarca, protestaban por la injusta ejecución, mientras eran contenidos por los justicias, ya que la mayoría del pueblo no estaba de acuerdo con la sentencia que habían dictado “el mongío”.

El gentío gritaba escandalosamente abogando que era un buen hombre y totalmente inocente de los cargos que se le habían imputado, mientras veían como el reo, con gran entereza, subía las escaleras hacia el cadalso, y tras ponerle la soga al cuello, éste se dirigió a todos los jueces que le habían juzgado injustamente y se encontraban en el lugar, con voz fuerte y desgarradora:

-¡Juro ante mí Dios, Alá, el gran poderoso, que nunca os causé ningún mal!… ¡Así como también os prometo que mi injusticia será pagada, y bien cara, ya que será la que me haga volver de nuevo a esta vida para pedir cuentas a los miserables culpables que vilmente me condenan!…

Pronunciadas estas palabras, en la plaza reinó un gran silencio, mientras su rostro era tapado con un burdo saco. Acto seguido se oyó un seco golpe y cayó colgado al vacío.

Alí, el supuesto brujo, había sido ejecutado en la horca por orden de la justicia, influenciada y presionada en gran manera por la iglesia de la ciudad imperial de Toledo.

Según contaron las gentes de la capital y los pueblos, todo en este mundo con el paso del tiempo se llega a olvidar, pero en este caso, no sucedió así.

Un día la puerta de la casa de Hassán se abrió y para asombro de todos apareció en ella el que semanas atrás había sido ajusticiado. ¡Si!… ¡Era él!… ¡Sí!… ¡Era él en persona!… –se decían las gentes entre ellos boquiabiertos cuando le vieron.

Como era de esperar, esta inexplicable e inesperada aparición fue informada de inmediato a los más altos mandatarios de la iglesia toledana, los cuales se quedaron de piedra al oír tal suceso. ¡Alí Hassán, el ajusticiado, había vuelto a la vida!… ¡No era posible!…

Esta era la enigmática y cotidiana pregunta que se hacían los unos y los otros, todos ellos llenos de gran expectación.

-¡Es el diablo en persona! -bramó el arzobispo dirigiéndose al juez Simón en su despacho y añadiendo lleno de cólera-: ¡Es Satanás!… ¡Ha venido a burlarse del poder de Nuestro Señor Jesucristo en la tierra!…

El juez, balbuceando a media voz y sudoroso en extremo, le respondió:

-¿Y qué podemos hacer monseñor?… ¡Con su súbita e inesperada presencia, nos está retando!… ¡Quiere  demostrarnos que es más poderoso que nosotros!…

Tras oír estas palabras, el clérigo pegó un fuerte puñetazo sobre la mesa y levantándose de ella, miró fijamente al juez con los ojos enrojecidos, a la vez que con voz colérica gritaba:

-¡Ejecutadle!… ¡Ejecutadle sin ninguna contemplación!… ¡Tenemos que limpiar definitivamente de esta tierra la huella del maldito diablo!… ¡Y esta vez no será en la horca!… ¡Será en las llamas purificadoras de la hoguera!… ¡Así se  acabarán para siempre sus trucos malignos!…

-¡Cómo su eminencia disponga! -le contestó el juez a la vez que le replicaba-: Pero, ¿qué cargos le imputaremos?… ¡Si nada ha hecho!…

El arzobispo se volvió a encarar con él:

-¡Invénteselos señor juez!… ¡Invénteselos, pero a ese maldito lo quiero ver ardiendo en las llamas del infierno!… ¡No sé si me explico con claridad!… ¡Más vale que haga lo que le manda la Santa Iglesia Católica, sino aténgase a las consecuencias, terminará como ese hereje!…

Hassán fue detenido nuevamente en lo que se conoce como: El arco de la sangre, (hoy puerta de Alcántara) y conducido por los justicias ante el juez, el cual lo condenó a perecer en las llamas con el cargo de ser un hereje enviado desde el infierno.

Los habitantes de la ciudad toledana, una vez más, se concentraron en la plaza para ser testigos de la brutal injusticia que se volvía a cometer.

-¡Me ahorcareis!… ¡Me quemareis!… ¡Me decapitareis!… -gritaba Hassán atado sobre los trocos de leña-: ¡Pero juro por el Dios que nos da la vida, que volveré!….

Al momento, la leña comenzó a arder, a la vez que el juez Simón, que estaba presenciando el acto, empezó a ponerse pálido, muy pálido, levantándose de su asiento para, acto seguido, desplomarse cayendo muerto. Mientras tanto, el cuerpo del reo se hacía pasto de las devoradoras llamas.

Los presentes no pudieron evitar ver con angustia las dos escenas, la quema de un hombre inocente y la muerte súbita de su verdugo, lo que asustó a todos ellos en gran manera, ya que fue interpretado por las gentes como un presagio de venganza inmediata. Por otro lado, temían la futura amenaza lanzada una vez más por aquel mago, diciendo que volvería.

Pasadas algunas semanas, cuando todo parecía haberse calmado y las gentes daban como agua pasada lo que tristemente había sucedido, de nuevo, apareció Hassán saliendo de su casa, caminando por El callejón del moro en dirección a la plaza de Zocodover.

La gente, al ver la presencia de aquel caminando tranquilamente por las calles como si nada hubiera pasado, se asombró de tal manera que muchos de ellos salieron corriendo despavoridos y gritando: ¡Ha vuelto!… ¡Ha vuelto como anunció!… ¡Una vez más ha vuelto Hassán!… ¡Está de nuevo en la ciudad de Toledo!…

Algunas horas después de estar caminando tranquilamente por las calles, éste se topó con el arzobispo, el cual iba seguido por su séquito. Al momento, todos los que acompañaban al religioso, al ver la presencia de Hassán, se quedaron pálidos y salieron corriendo en una abocada desbandada llenos de un pánico sin igual, arrasando todo lo que se encontraba a su paso.

El arzobispo se quedó petrificado al ver que aquél tan solo se limitaba a clavarle sus penetrantes ojos negros en silencio. No se podía mover debido al terror que invadía su cuerpo. Su rostro y sus ojos comenzaron a ponerse rojos como si fueran carbón encendido.

-¡Tal vez me volváis a condenar  injustamente y sin causa alguna una vez más!… ¡Pero sabed que no os servirá de nada!… ¡Cómo veis sigo vivo!… -le gritó con fuerte voz Hassán.

El religioso, sudando en gran manera, balbuceó con voz temblorosa:

-¡Eres el diablo!… ¡El mismísimo diablo en persona!…

CONTINUARÁ…

 

 

 

 

El perro manquito de El Burgo de Ebro Sábado, Feb 26 2011 

ZARAGOZA

EL PERRO MANQUITO DE EL BURGO DE EBRO.

A todos aquellos animales que sufren en silencio el dolor y no tienen el calor que necesitan.

 

1930. El Burgo de Ebro. Zaragoza.

Cuentan las viejas lenguas del bajo Aragón una entrañable y sobrecogedora historia que fue real, pues aconteció en un pequeño pueblecito cercano a Zaragoza, el cual es conocido como El Burgo de Ebro.

Allí ocurrió…. ¡Sí!… En una de sus más alejadas y olvidadas fincas de la ribera del río, donde vivía solitariamente un viejo anciano. Dicen también, que en una de sus noches del mes de Enero, que fue uno de  los más fríos y nevados de los que se recuerdan, nació una camada de perros, de los cuales, pese al calor que les dio su anciana madre, sólo sobrevivieron cuatro. Tres machos y una hembra.

El anciano, cuando los vio, lloró en silencio la pérdida de “Los Cachorrines” que habían muerto, y tristemente los enterró mientras caían por sus mejillas un río de lágrimas. Sin ninguna duda, aquel hombre tenía un gran corazón y un gran amor a los animales.

Pasados unos días, cuando despuntaba el Sol por el horizonte, y al décimo día del nacimiento de los cachorros, éstos, abrieron sus “pequeños ojuelos” al mundo en el que habían nacido, y pudieron ver donde estaban e iban a vivir… Al mismo tiempo, su madre deducía, según las perrerías que empezaban hacer, que le agradecían el haberles dado la vida y que les gustaba mucho haber nacido….

Todo les llamaba la atención a los traviesos e inocentes cachorrillos. “Los pajaricos”, “las planticas”, el agua  que manaba sin cesar de la fuente, y algún “gatico” que otro al que “corrían” de cuando en cuando, así como aquella luz tan intensa y fuerte que estaba sobre ellos en el cielo azul y raso, la cual les daba un dulce calorcillo que a ellos les gustaba mucho.

Transcurrido un tiempo, los jóvenes cachorros llegaron a tener dos meses y fue entonces cuando se presentaron en la finca dos hombres, que eran pastores, y de común acuerdo con el viejo anciano se llevaron a dos de los machos, pagándole algunas monedas, pues decían, que serían unos buenos elementos para el pastoreo. ¡Y así fue!, ya que el hombre, con sus escasos recursos, no podía mantenerlos.

Una semana más tarde, una niña se encaprichó de “La perrita”, y su madre, conocida y pudiente, se la regaló, llevándosela de la finca, quedando en ella, por tanto, tan solo el joven cachorro, acompañado de su madre y el viejo anciano…. Mas pese a la repentina e inesperada separación de sus hermanos, “El animalicó” siguió sintiéndose feliz, ya que aún tenía a dos seres queridos a los que adoraba y le daban todo su calor.

Sin embargo, su felicidad se vio rota y quebrada, ya que en los siguientes meses, debido al intenso frío y a los años que tenía su madre, caminando por la finca, un día como otro cualquiera, se la encontró muerta junto al pozo, donde había una gran higuera.

El animal, al verla, con gran espanto y tiritándole todas las partes del cuerpo, corrió todo lo veloz que pudo hacia la casa.

Cuando pudo asimilar lo que había pasado, volvió junto a ella y comenzó a ladrar, cada vez  más fuerte, hasta que llamó la atención del anciano. Éste, extrañado por el comportamiento del animal, intentó averiguar que pasaba y siguió sus escandalosos ladridos con pasos tambaleantes y agitados hasta que llegó donde se encontraba la perra. Al verla, y percatándose de que había dejado de existir, el hombre lloroso se arrodilló junto a ella, y acariciándola, miró al cielo clamando con voz afligida y llena de dolor:

-¡Dios…, padre mío!…. ¿Por qué?… ¿Por qué me has hecho esto?… ¡Pobre de mi!… ¿Por qué te has muerto?… Y exclamó: ¡Que solo me vas a dejar en este mundo!… ¡No sé que voy hacer sin ti!…

Con los ojos enrojecidos, el viejo anciano arrastró como pudo al animal, y tras cavar una fosa en la huerta con gran esfuerzo, debido a sus flacas fuerzas, le puso una cruz. Más tarde, se sentó, bastante fatigado, y se dirigió al perro con una voz entrecortada y emocionada:

-¡Ya lo ves amigo Víctor!… ¡Así es la vida!… ¡A los seres vivientes cuando se mueren, se les entierra, y cuando se mueren los árboles, se les desentierra!… Al momento volvió a suspirar, diciendo: ¡Nos hemos quedado solos!… Tú sin madre, y yo sin mi mejor amiga. Y acariciando tiernamente al animal volvió a exclamar: ¡Bueno, habrá que seguir viviendo, aunque si te digo la verdad, me parece que a mi también me queda poco tiempo!…

El anciano no se equivocó en sus palabras…, ya que unas semanas más tarde, “Víctor”, descubrió una mañana, que su viejo amo se encontraba sentado en la mecedora junto a la chimenea con su rostro de siempre, amable y bonachón, pero… ¡Había muerto!…

Al momento, el animal comenzó a gemir lastimeramente a la vez que no cesaba de dar vueltas y más vueltas en torno a él, poniéndole una y otra vez sus patas sobre las rodillas, como si con ello fuera a despertarlo de su silencioso y ya eterno sueño de muerte. Finalmente, agotado por sus intentos, y ya habiendo transcurrido las últimas horas de la tarde, ya anocheciendo, se tumbó desconsoladamente a sus pies.

Según cuentan las gentes de El Burgo de Ebro, por los hechos que acontecieron y finalmente llegaron a saberse tras lo que llegó a ocurrir, el animal permaneció fielmente durante todas las noches postrado a los pies del que había sido su amo, con los ojos enrojecidos y llorosos, mientras que su único consuelo era el de mirar a través de una pequeña ventana, y ver la plateada luna acariciada por las grises nubes y a sus inseparables  y chispeantes estrellas bajo el intenso y silencioso frío de aquellas noches, anhelando su mundo de felicidad, fantasía y calor, el cual, se le había acabado. ¡Se había muerto!…

Se encontraba solo, terriblemente solo,  y dentro de lo malo, lo peor era que se hallaba prisionero en la finca, ya que su puerta se encontraba cerrada a cal y canto por una gruesa cadena y sus muros y alambradas le impedían salir al exterior.

El animal tenía que asumir su desgraciada suerte y la situación en la que se encontraba. En poco tiempo, debido al hambre, pues sus días estaban contados, se reuniría con su amado amo, ya que nadie del pueblo iría a la prisión en la que se encontraba, por lo que no se enterarían de la tragedia que había acontecido.

Sin embargo, el animal no se resignó a su mala suerte, y en pocos días, comenzó a ingeniárselas con su instinto natural para abrir y cerrar la puerta de la casa con el fin de poder salir pero sin que su amo pasara frío. Empezó a beber agua aquí y allá de las lluvias caídas en los recipientes que se encontraba a su paso, a comer algo de fruta caída de los árboles, y comenzó a cavar todos los días frenéticamente, en una de las vallas, un agujero que diera al exterior, hasta que finalmente lo consiguió. Una vez fuera de la finca exclamó:

-¡Lo conseguí! –(gritó el animal para sus adentros)- ¡Soy libre!… ¡Libre!… ¡Cómo pluma al viento!…

De lo más contento, comenzó a corretear y corretear por los caminos en dirección al pueblo, el cual distaba varios cientos de metros de la finca… Pero, ¡Le daba igual! Su curiosidad era tan grande por conocer todo lo que no conocía, que cada vez sus miembros delanteros y traseros le impulsaban más en su aventurera carrera para que fuera más veloz, pues tenía muchas ganas por saber que eran aquellas pequeñas, tenues y extrañas lucecillas que se encontraban en la lejanía, las cuales no eran las estrellas que él tan bien conocía.

Tras la sofocante carrera llegó al pueblo y caminó por sus desiertas y frías calles, notando como aquí y allá, en algunas casas, las ventanas y ventanucos estaban tenuemente iluminados…, mientras que de sus chimeneas salía un conocido olor a madera quemada que le traía gratos recuerdos.

Siguió caminando por las calles hasta que, de pronto, se encontró en una puerta un cubo que tenía algunos huesos.

-¡Qué suerte la mía! –(se dijo con gran alegría)- ¡Vaya banquete con el que me he topado!… Y al momento comenzó a comerse los huesos con muchas ganas.

Transcurrido un buen rato, y ya habiendo satisfecho su hambre, se plantó delante de él un gran gato viejo de pelaje más blanco que la nieve, el cual, encarándose, y con cara de pocos amigos, le dijo:

-¡Oye perro!… ¡Vaya caradura que arrastras!… ¿Es que no sabes que esta comida es mía?… ¡Yo vivo en esta casa y tú me vienes a robar!…

“Víctor” se sintió terriblemente avergonzado y reculando se disculpó ante el gato, respondiéndole:

-¡Perdóneme señor gato!… ¡Es que tenía mucha hambre!… ¡Demasiada!… ¡Es la verdad!… ¡Estaba muy hambriento de muchos días!… ¡Créame!… ¡Uno no sabía que era su comida!…

El viejo felino se sonrió maliciosamente y tocando con su pata sus grandes bigotes, exclamó benévolamente:

-¡Bien!… ¡Si es como dices, sea!… ¡Por hoy, que valga, pues estoy de muy buen humor!… ¡Pero que conste que sólo es por hoy!… ¡Así que ya sabes, esta es mi casa y la comida que hay aquí es mía!…

-¡Gracias de todo corazón! –(le contestó “Víctor” de lo más sumiso y avergonzado)- ¡Lo tendré muy presente de ahora en adelante!… ¡Estese tranquilo que no volverá a ocurrir!… ¡Se lo prometo señor gato!…

En ese momento la puerta de la casa se abrió, apareciendo en ella un hombre rechoncho y con cara de venganza, el cual al ver al perro le gritó escandalosamente:

-¡Pero que haces aquí perro asqueroso!… ¡Majadero del demonio!… ¡Con que comiéndote la comida de mi gato!… ¡Serás mamón!… ¡Ahora verás!… ¡Te vas a enterar!…

Al momento, el hombre con toda su mala leche le arreó un tremendo patadón y “Víctor” salió como un tiro corriendo calle abajo.

Corrió, corrió, y corrió, como un rayo hasta salir del pueblo por el camino que había venido y regresó a la finca metiéndose por el agujero que había hecho hasta llegar a la casa, y abriendo la puerta con sus patas la volvió a cerrar, para acto seguido, echarse a los pies de su querido amo, y lamiéndole los zapatos pensó:

-No entiendo como esa bestia de hombre me ha pegado “Un terrible patadón” por comer unos pocos huesos. Mi amo nunca hubiera hecho tal cosa. ¿Serán todos los hombres iguales?

Después de mirar como todas las noches a su querida y plateada luna y a sus amigas inseparables, las estrellas, “Víctor” le dio un cariñoso “Lametón” a los zapatos de su amo, cerró sus ojos recordando el tiempo tan feliz que había pasado de cachorro, junto a sus hermanos, su madre y su amo, e intentó dormirse para olvidar lo que le había ocurrido.

Al día siguiente, muy de mañana, Víctor salió de nuevo de la finca por el agujero y se puso a caminar sin rumbo fijo, hasta que transcurrido un tiempo, de repente, oyó un fuerte y estridente pitido. ¿Que era aquello? -(se preguntó levantando sus orejas).

Cegado por su curiosidad, el animal comenzó a correr velozmente hacia el lugar de donde él creía que había salido aquel misterioso y extraño sonido…

Pasado un tiempo, tras correr y correr, llegó a la estación del ferrocarril, lugar que era nuevo para él, y allí, se sentó viendo como en ella se encontraba mucha gente. Unas sentadas, otras de pie, y algunas otras, caminando de aquí para allá, cargadas con maletas y pesados bultos.

Entre ellas, se hallaban hablando dos mujeres, teniendo una de ellas a una pequeña niña cogida por la mano. Ambas no dejaban de “charrar”, “charrar” y más “charrar”, hasta el punto, en el que la pequeña se soltó de la mano de la mujer, sin que esta se percatase por lo “encharrada” que estaba en la conversación. La niña comenzó a corretear por el andén, hasta que finalmente, caminando de aquí para allá, a la criatura le dio por bajarse a las vías, mientras que ambas mujeres, ajenas a lo que estaba sucediendo, seguían con su espesa “charrada”.

De pronto se oyó un gran pitido. Era el tren procedente de Alcañiz que estaba entrando en la estación. La niña se encontraba en las vías a unos treinta escasos metros del expreso. ¡A unos veinte!

A un hombre que se encontraban en el andén, percatándose de la escena que estaba presenciando, se le heló la sangre e intentó alertar a la gente del peligro que corría la niña, gritando:

-¡Miren a esa “zagalica”!… ¡Se encuentra en las vías!… ¡El tren está entrando!… ¡La arrollará!…

Al momento, toda la gente que había en la estación, al ver a la pequeña en las vías y el tren avanzando hacia ella, comenzó a gritar llena de pánico. La madre dejó su espesa “charrada” también gritó como una loca por la suerte que corría su hija, pero, ya era tarde, demasiado tarde. ¡El tren la arrollaría!

“Víctor”, al ver lo que estaba sucediendo, no lo dudó, y al momento, atropellando a toda la gente, se abrió paso lanzándose a las vías, agarrando por la ropa a la niña con sus dientes y sacándola antes de que el tren la arrollara, con tal mala fortuna para el animal, que en su heroica acción, se llevó un terrible golpe en la pata delantera izquierda que le rompió el hueso.

A pesar de todo, el perro y la niña quedaron tirados a escasos metros de las vías hasta que pasó el tren. La gente corrió hacía ellos, dando toda clase de gritos, los cuales provocaron que el animal asustado se levantara y comenzara a correr cojeando lo más rápido que sus fuerzas le permitieron hasta perderse de vista.

En la estación todo era una explosión de alegría. La madre de la niña la abrazaba y la besaba como nunca lo había hecho, mientras que la gente no paraba de hablar del bendito perro que le había salvado la vida.

Transcurrido un corto tiempo, aparecieron en la estación, montados en unas bicicletas, una pareja de La Guardia Civil y la gente de lo más emocionada, les informaron de todo cuanto había acontecido.

-¡Bien! -(dijo uno de los guardias)- ¿De  quién es ese  perro?… ¿Supongo que tendrá un amo?… ¡No!…

Nadie le supo responder, lo único que les dijeron es que en su heroica acción había salvado a la niña y el tren a cambio le había propiciado un terrible golpe que le rompió una de sus patas delanteras. Tras esto, se marchó velozmente cojeando, por lo que, ¡se había quedado “Manquito”!

El animal, por su instinto natural, regresó cojeando y lleno de dolor como pudo a la finca y penetrando por su agujero de siempre, llegó a la casa, abrió la puerta como el sabía, la volvió a cerrar, y acto seguido lamió como todas las noches los zapatos de su amo,  para finalmente, tumbarse como era costumbre, a sus pies, a la vez que  se decía para si:

-¡Me he roto una pata!… ¡Me duele tanto!… ¡Es un dolor terrible, insoportable!… ¡Pero dentro de mi mal, estoy contento por haber salvado a esa niña!… Al fin y al cabo, tan sólo soy un  perro. Un ser olvidado por los hombres, y ella, un ser humano joven, bonito y querido, que tiene el calor de los suyos, el cual, también me gustaría tener a mi, y para mal mío ya nadie me lo volverá a dar.

A partir de ese día, en El Burgo de Ebro, comenzaron a suceder acontecimientos insólitos para bien de sus vecinos, por lo que éstos no dejaban de “charrar” unos con otros sobre el misterioso “Perro Manquito”, comentando, entre otras cosas, lo que le había ocurrido, por ejemplo a José, cuando una noche se levantó de su cama, sobresaltado a consecuencia del gran alboroto que provenía del corral, debido a que una zorra se había colado y estaba haciendo toda clase de estragos matando a sus gallinas, apareció, inesperadamente, “un perro que estaba mancado” de una pata delantera, y a dentelladas, valientemente la ahuyentó.

El bueno de Alfonso, que debido a sus años, tras un inesperado mareo, cayó de su borrico en la ribera del río, y quedando tendido en la tierra a las inclemencias de la fría noche que se avecinaba, podía haber muerto congelado si no hubiese sido porque el perro lo salvó, reanimándolo con sus calientes “Lametazos” en la cara. Por lo que éste, decía, desde aquel día, que estaba vivo gracias a ese animal.

Manuel también decía, Julián, Marcial, Dolores, María. Todos y todas no cesaban de hablar del “Manquito”, al que tanto tenían que agradecer por los actos que había hecho y estaba haciendo.

Como era lógico, todos estos sucesos y comentarios no tardaron en llegar al cuartel de La Guardia Civil, y el comandante de puesto se encontraba cada vez más confuso y nervioso por todo lo que llegaba a sus oídos.

-¡Joder con el perrito ese!… ¡Como siga así, le vamos a tener que levantar una estatua! –(y dirigiéndose a sus subordinados les preguntó)- : Y digo yo…. ¿De quién coño es ese perro?… ¡Tendrá que tener un amo, una casa, algún sitio donde estar!… ¡Vamos digo yo!…

Ninguno de los presentes le supo contestar. Todos guardaron silencio.

Transcurrieron los días…, los meses.., la gente de lo más agradecida por las hazañas que día tras día realizaba  aquel animal, por lo que lo bautizaron con el nombre de: “El perrito manquito de El Burgo de Ebro”. Todo el mundo decía lo mismo: ¡Siempre que surge un problema, o una tragedia, “El Manquito” aparece para remediarla!

Y pasó la cálida primavera,  y vino el caluroso verano, y más tarde el destemplado otoño del año treinta, apareciendo el crudo invierno del treinta y uno, entrando en el mes de Enero que no tenía nada que envidiar, en frío y heladas, al anterior.

Fue entonces, en uno de esos días, cuando “Víctor”, caminando a sus anchas por uno de los caminos junto a la ribera del Ebro, el cual estaba muy subido de aguas, se encontró con unos pescadores que con sus cañas estaban intentando capturar alguna pieza para su cena.

El animal, se sentó y los observó durante un tiempo. ¿Qué estarán haciendo esos hombres? -(se preguntó intrigado).

Transcurrido un rato, uno de ellos, el que más años parecía que tenía, accidentalmente resbaló en una de las piedras y cayó al río, al momento, los fuertes remolinos y las revueltas  aguas se hicieron presa de él.

Sus compañeros de pesca, al presenciar el accidente  ocurrido, acudieron desesperadamente en su ayuda para sacarlo del río, pero sus intentos resultaron inútiles. La suerte de aquel hombre estaba echada. Las fuertes corrientes de agua y sus endemoniados remolinos acabarían con su vida. ¡Está perdido! ¡El río se lo tragara! -(gritaban todos angustiados y con gran desesperación).

CONTINUARÁ…