La otra cara de la moneda era bien distinta en su forma, aunque idéntica en cuanto al fondo. Las gentes humildes pensaban, hablaban, actuaban y vivían de otra manera, pero en el fondo, tanto en la tasca como en sus casas o en la calle, no se hablaba de otra cosa y el panorama era parecido. Los había a favor del inculpado y en contra. La única diferencia con la clase media o alta, era que estos estaban de un lado u otro según se llevasen bien, fuesen amigos, le tuviesen envidia o se la tuviesen jurada. En el caso de los neutros había de todo, pues les gustaba discutir acaloradamente del tema, sobre todo en las tabernas. La mayor diferencia con la clase alta radicaba en que estos no tenían información, puesto que la mayoría no sabía leer ni escribir ni tenían dinero para comprar el periódico, aunque se las ingeniaban acudiendo al librero o al boticario para enterarse como si de una novela por entregas se tratara. Si bien es cierto, los recién mencionados no estaban siempre por la labor de hacer de “estatuas parlantes” durante todo el día, pues eran tantas las visitas que recibían por tal motivo, que al mediodía ya se les había acabado la paciencia y decidían echar el cierre antes de tiempo y de muy mal humor aunque dejasen de ganar dinero.

A medida que pasaban los días, pasaba también la novedad y de lo que mucho se habla; pronto cansa. Por ello fueron acabándose las discusiones en los cafés sobre este tema, volviéndose a hablar de las conversaciones de siempre. Los temas que levantaban los debates más socorridos e interesantes eran los que hacían referencia a la política, la situación económica actual, los toros, espectáculos, obras literarias, avances científicos, urbanización de la capital y a los continuos cambios de gobierno.

-¡Válgame La Macarena!… ¡Qué pena de nación!… ¡Cómo está el patio!… –dejó caer sobre la mesa un poeta con acento andaluz de apellido Machado…

-Ni que lo diga don Antonio… Con la pérdida y la derrota sufrida en Cuba, nuestra España ha quedado terriblemente herida, lo único que hemos conseguido es llenarnos de maltrechos excombatientes desesperados, mendigos, vagos y chulos; por su puesto, todos ellos acompañados por sus inseparables novias: la miseria, el hambre, la sífilis, la tuberculosis, ¡y qué sé yo de cuantas cosas más!… Y el gobierno, ¿qué hace el gobierno?… Como de costumbre, mirar para otro lado –respondió otro tertuliano que según parece era un escritor gallego de apellido Valle-Inclán.

-Si no es por la labor de infatigables médicos como don Ramón y Cajal, aparte de otros tantos, todos seríamos cadáveres pastando en los tenebrosos prados de la muerte –apuntó otro romántico y poético escribiente.

-¡Y no se olvide de las meretrices de vida alegre amigo mío, ni de esas cuadrillas de vagos apandadores que las explotan!…

-Que razón tiene mi querido Benavente… Desgraciadamente esta es la semilla de laurel que hemos plantado en nuestro flamante imperio… ¡En fin, que le vamos a hacer, la corona está como está y la corona es como es!..

-Pues no se crean, que mención aparte merecen el tema de la higiene y el urbanismo. Tanta población en la capital desemboca en saturación; y aunque es muy rentable para algunos, no se puede consentir el estado social de abandono en el que los propietarios mantienen esas cochambrosas corralas que amenazan ruina. Ya bastante tienen los pobres que las habitan con vivir hacinados como conejos… ¡No me extraña que las enfermedades se propaguen con tanta facilidad!… ¡Es intolerable, una vergüenza!…. –exclamó con conocimiento de causa un célebre doctor.

-Volviendo al caso del Ángel Caído, me parece que el supuesto criminal tiene las horas y los días contados, pues en la publicación matutina de mañana sale una noticia que lo condena casi definitivamente –comentó un reputado periodista.

-Cuente, cuente… -interrumpió un famoso pintor al que conocían como Sorolla…

Mientras todas estas conversaciones transcurrían en unos y otros lugares con el devenir de los días; paralelamente, y por casualidades del destino, aparecieron en escena unos tan inesperados como sorprendentes personajes que vinieron a sumarse a las extrañezas y extravagancias del caso, pues se trataba de unos curiosos y atípicos sujetos poco convencionales.

Si ya el hecho de por si, atraía la atención de toda la sociedad madrileña, la irrupción de los mencionados todavía levantó aún más esa expectación, tanto por parte del pueblo como de la policía. Este interés se originó por varios motivos… El primero de ellos lo produjo el llamado efecto novedad, pues nadie los conocía ni sabía a ciencia cierta cosa alguna sobre ellos, lo que despertaba gran curiosidad… El segundo, cuyo descubrimiento afloraría en el seno de la policía, hacía referencia a los avanzados conocimientos científicos que ambos personajes demostraban poseer en diversas ramas de la ciencia… El tercero, era que se trataba de dos apuestos caballeros, a los cuales se les notaba la tenencia de posibles, lo que provocaba la simpatía del sexo opuesto y las malas miradas de sus congéneres… Y el cuarto, derivaba de los aparatos y técnicas que utilizaban en sus investigaciones, pues producían mofa por parte de algunos, sobre todo de los más ignorantes y aprensivos, y admiración por parte de otros.

La aparición de estos, sería la pieza disonante y fundamental para resolver este inexplicable suceso; que de por sí, estaba fuera de toda lógica y rigor para las mentes incrédulas de aquella centuria, surgiendo con ello una nueva y extraordinaria ciencia basada y apoyada por modernas técnicas y aparatos, la cual, en un futuro, llegaría a ser la más pura y creíble de todas las realidades; siendo, en años venideros, bautizada con el nombre de Parapsicología. El estudio de una ciencia todavía desconocida, fundamentada y apoyada por los conocimientos que de otras ciencias se derivan y nacida para intentar dar una explicación científica y fehaciente al llamado movimiento espiritista, servirá como andamio en el que pueda apoyarse la criminología para resolver satisfactoriamente ciertas situaciones anómalas. Estos nuevos conocimientos, estudios, aparatos y técnicas no conocidas por los escépticos contemporáneos de aquella época, serán puestos a disposición de los ojos del gran público a través del investigador de casos paranormales o psíquicos conocido con el nombre de Tristán Braker Altaya y Martín; acompañado siempre por su inseparable colaborador y fiel amigo: William Durpin Scott.

 

 

     31 de Mayo de 1900.

 

Tres días después de ocurrido el hecho en la Fuente del Ángel Caído, mientras una pareja de guardias recorría sus alrededores y sobre las seis de la tarde, dos personajes rondaban por el lugar colocando aquí y allá unos extraños artilugios. Aquella escena les llamó enormemente la atención, pues se trataba de un acontecimiento atípico y poco corriente, ya que si bien es cierto que muchos paseantes en corte o aficionados de vida holgada acudían al lugar con sus cámaras fotográficas para retratar imágenes de su agrado, éstos lo hacían con un arsenal de aparatos que por su número y aparente complejidad, parecían pertenecer al mismísimo ejército. Impregnados de una gran curiosidad, decidieron acercarse.

Mientras los agentes se acercaban, uno de aquellos sujetos anónimos permanecía sentado ante una pequeña mesa plegable sobre la que se asentaba un raro artilugio que se parecía a un organillo pero con una trompa adosada. O eso por lo menos les parecía a los de uniforme, aunque lo que realmente veían aquellos estupefactos ojos era un fonógrafo Edison Home. Este aparato fue muy popular en aquella época, sobre todo entre la clase media y alta, pues fue el primer invento de la historia que consiguió reproducir el sonido y su inventor fue Thomas Alva Edison. Dicho artilugio podía transportarse fácilmente en una especie de maletín de madera si se le quitaba la bocina. Medía unos cuarenta y cinco centímetros de largo, veintiuno de ancho y treinta y siete de alto. Estaba compuesto por un rodillo, bocina, aguja y manivela. La máquina grababa y reproducía sonidos, utilizando para ello un cilindro de cera que giraba al darle cuerda con la manivela; la bocina era la encargada de reproducir o capturar el sonido, aunque era frecuente el uso de un tubo auricular con el que se escuchaban mejor las grabaciones; la aguja era la encargada de leer o grabar los surcos en la cera; y el rodillo o mandril de latón servía para sostener o colocar los cilindros en su interior.

De los dos personajes, podía decirse que el más peculiar, extravagante o singular era Tristán Braker. Destacaba por su vestimenta negra: levita de corte recto y de tres botones, chaleco, pantalón, capa madrileña y sombrero Homburg; camisa blanca de cuello italiano con botones, rodeado por una amplia chalina negra; zapatos Oxford lisos; y reloj Longines con cadena de plata. En ocasiones también portaba bastón, normalmente negro y con una cabeza de águila como bola. Su rostro era triangular, lo que se conoce como cara de rey en Frenología; de cabello negro, poblado y algo más largo de lo habitual; ojos marrones pequeños y alargados protegidos por pequeñas lentes circulares; con barba acompañada de perilla corta, tipo Van Dike pero ausente de bigote. De estatura superior a la media, que rondaba el metro ochenta. Delgado y esbelto; su imagen, seria pero agradable, infundía respeto y denotaba una fuerte personalidad. Siempre estaba muy concentrado en lo que hacía, por lo que muchas veces no se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor; con gran confianza en si mismo; muy nervioso; con mente inquieta que empujaba su cuerpo con rápidos y enérgicos movimientos; directo y concreto, pero poco diplomático y con insaciables ansias de saber y aprender.

El segundo personaje asemejaba tener aspecto extranjero, más concretamente inglés, y por su vestimenta parecía pertenecer a la clase alta de la sociedad londinense. Era de estatura similar a la de su compañero, aunque algo más bajo; vestía impecablemente un traje con chaleco en diferentes tonos de marrón con tejido pata de gallo: levita inglesa corta de corte recto con tres botones, pantalón estrecho con raya al frente; camisa blanca con cuello Beaufort i Square acompañado siempre por su inseparable chalina granate de nudo fino y estrecho con aguja; reloj con cadena de oro metido en el bolsillo derecho de su chaleco; zapatos Oxford tipo semi-brogue en marrón oscuro; bombín a juego; bastón; y pipa Calabash. De cara más ancha que la de su acompañante, pero también afilada y triangular; cabellos y patillas castaño claro tirando a rubio, bien cuidadas y acariciadas por un fino y afilado bigote engominadamente corneado; ojos almendrados de color verde claro, labios delgados y piel bastante blanca.

Éste, ajeno a las manipulaciones de su amigo, se dedicaba a hacer fotografías con una cámara que se sostenía sobre un trípode. Mientras, un tercer personaje, que permanecía observando a escasos metros de éstos, se apoyaba sobre una lujosa berlina. Parecía un “paleto” de pueblo, de aspecto rural y recién llegado a la capital. Era de complexión fuerte y robusta, pero de aspecto un tanto tosco y vulgar, cosa que se reflejaba tanto en su físico como en sus maneras; algo bajito, pues levantaba menos de metro sesenta centímetros del suelo. Semejaba tener poca cultura, ser algo bruto y tener pocas luces y lo reflejaba claramente su manera de andar y expresarse. Apenas sabía leer ni escribir, pero se sentía seguro en Madrid estando al lado de sus dos patrones, a los que ya empezaba a tenerles bastante afecto. Horacio Abascal Expósito era, en resumidas cuentas, un hombre sencillo, de naturaleza inocente e ignorante desde la cuna. Sus manos, dedos, cara y espalda eran cuadrangulares. Siempre iba acompañado por su inseparable tripa cuadrada, la cual reposaba sobre un cuerpo vasto y fornido, típico de los hombres del norte. Su vestimenta estaba compuesta por una chaqueta de pana gris oscuro con coderas forradas, cruzada, con cuatro botones y abierta; pantalón ancho, también de pana y azul oscuro; con faja a la cintura debajo de la chaqueta que albergaba una buena y gran navaja de Albacete. También llevaba una gorra parpusa a juego con el pantalón sobre su cabeza. De poco pelo y corto, aunque no calvo; con ojos algo hundidos que denotaban ávida picardía inocente; labios anchos, en los que siempre que podía portaba un palillo; carrillos marcados y algo enrojecidos; barbilla ancha y nariz aguileña.

Sin poder contener su curiosidad, los agentes se acercaron hacia donde estos se encontraban, poniendo el foco en los que representaban mayor hidalguía. E interrumpiendo la afanosa labor de Tristán, uno de ellos le preguntó:

-Buenas señor… ¿Nos podría explicar que es lo que están haciendo aquí y qué significan todos estos artilugios?…

-Estamos trabajando señor agente… Sencillamente eso, trabajando… -le contestó este sin levantar la cabeza.

Tras escuchar la contestación que este les había dado, los dos funcionarios se miraron, intercambiando una sarcástica sonrisa. El más veterano optó por volver a replicar irónicamente:

-Perdone señor, creo que no le he entendido bien… Es que soy algo duro de oído… ¿Me ha dicho trabajando?…

-Exactamente eso es lo que le he dicho… ¡Trabajando!…

Al momento, los dos guardias volvieron a mirarse con gesto sorprendido, tras lo cual, el mismo interlocutor volvió a decir:

-Perdone mi ignorancia…, pero no entiendo en que consiste lo que usted llama trabajo…

-No lo entiende porque no lo conoce ni ha oído hablar de él… Para satisfacer su curiosidad, le diré que intento captar sonidos de otra dimensión, tratando de grabarlos en este aparato para inmortalizarlos y poder investigarlos –le contestó Tristán con toda naturalidad.

-¡Ya!… Y la persona que le acompaña con ese trípode, supongo que también intenta fotografiar esos sonidos –le contestó el otro agente señalando a William, que dejaba su tarea para fijar su atención en los recién llegados.

-Los sonidos no pueden fotografiarse señor agente, pero si surge la ocasión tal vez podamos fotografiar un espectro.

Después de oír aquello, los dos uniformados se miraron nuevamente y, sin poder contenerse, soltaron una carcajada, tras lo cual, volvieron a ponerse serios, y mientras uno de ellos se estiraba hacia abajo la chaqueta del uniforme como intentando recuperar la compostura, el otro, el más veterano, añadía algo mosqueado:

-No se estará burlando de nosotros…

-¡Dios me libre agente!… ¡No sé como ha podido pensar tal cosa!… –argumentó Tristán.

-¿Supongo que ninguno de ustedes se habrá pasado con los anisetes verdad?… -prosiguió este indagando.

-¡Qué cosas dice!… Puedo asegurarle que todos nosotros, en este instante, nos encontramos en perfecto estado de sobriedad…

-¿Y aquel hombre de aspecto regio y rural también forma parte de la cuadrilla de los sonidos?… –exclamó el otro guardia señalando a Horacio que se encontraba apoyado junto a la berlina a unos cuantos metros.

William no se podía concentrar en su cometido, pues veía a su compañero alejado de sus funciones por culpa de aquellos dos molestos seres uniformados que, según podía discurrir a no mucha distancia, no paraban de hacerle preguntas a su amigo. Decidió, por tanto, acercarse para saber que pasaba, pues no sabía si había algún problema. En caso de no haberlo iba decidido a decirles que los dejasen trabajar en paz. Una vez hubo llegado frente a estos, los saludó, aunque no de demasiado cortésmente.

-Algún “problem police” (problema policía)!… –les preguntó William-: “The time is gold”! (¡el tiempo es oro!)… What do you want? (¿qué quieren?)… -concluyó levantando levemente su bastón, en posición muy erguida y cabeza altiva, con típica flema inglesa.

-¿Qué dice este?… –le preguntó por lo bajo el más veterano a su compañero, quien no le contestó, pues no había entendido ni papa de lo que le había dicho aquel extranjero en un raro idioma. Acto seguido, mirando a aquel sujeto al tiempo que levantaba su dedo índice y sacando pecho, exclamó-: ¡Nosotros somos la autoridad y nos debe un respeto!…

-What”? (¿qué?)… Tristán “please” (por favor)… Tú decir nosotros “work” (trabajar) y tiempo importar… No “problems” (problemas)… “All right” (todo correcto)… ¿Mucho pedir?…

-Perdonen agentes, les ruego encarecidamente que no confundan ni malinterpreten a mi amigo. Él es inglés…, ¡y ya saben!…, en Inglaterra las cosas funcionan de otra manera… ¡Están más avanzados!… -intercedió Tristán en defensa de su amigo.

-¡Nosotros no malentendemos ni confundimos nada!… ¿Con que más avanzados eh?… ¡Pues andando!… ¡Andando a la comisaría!… -gritó el guardia bastante molesto.

-No se lo tome a mal, me refería a avanzados en relación a este tipo de investigaciones… Aparte de su seriedad, educación y puntualidad, ¡claro está!…  –dejó caer este sabiendo que les sentaría como una bomba.

-¡Si, si!… ¡Ya!… Ahora iremos a ver al comisario o a hacerle una visita a los calabozos, que aquí no seremos tan serios ni formales, pero si somos hospitalarios… Recojan todos esos artilugios que ahora si que van a perder tiempo y si que van a tener que dar explicaciones…

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