-¡Lo que han visto mis ojos va contra toda la ética de una policía moderna!… ¡El estado en el que han dejado a ese hombre es inhumano!… ¡No se puede consentir que alguien sea torturado de esa manera!… –soltó entre ahogos y muy excitado.

-¡Pero qué formas son esas Valdés!… ¡Cómo se atreve a presentarse ante mi de esta manera!… –increpó bastante airado Salmerón poniéndose en pie.

-Perdone señor, me he dejado llevar por la ira y he actuado impulsivamente… Le aseguro no volverá a suceder –afirmó este de inmediato mientras intentaba serenarse y recuperar la compostura mediante el control de su respiración.

-Más vale que así sea, porque la próxima vez que suceda le abriré un expediente disciplinario o le impondré una sanción… ¡Pero usted que se ha creído!… –sentenció el comisario de muy mala leche; y volviéndose a sentar en su sillón, remató diciendo: Y ahora haga el favor de explicarme que mosca le ha picado…

-Verá señor, he bajado al calabozo y he sido testigo de la brutal paliza que ha recibido el detenido… ¡Lo han dejado medio muerto!… ¡Ese Requena es un animal!… ¡Eso no es aplicar la ley, es salvajismo!…

-Menos humos que tampoco es para tanto… Si lo cree necesario y conveniente puede llamar a un médico… Y para su información, le diré que el sargento Requena, hasta el momento, ha logrado muy buenos resultados con sus interrogatorios, aunque he de confesarle que no me declaro partidario de sus métodos… Lo que cuenta, es que resuelve rápido los casos y medallas para todos, porque eso es lo que quieren mis superiores y los políticos. Los jueces están contentos porque los propios acusados se declaran culpables en la mayoría de las ocasiones y eso agiliza los procesos y les hace la vida más fácil… Así, señor mío, es como están las cosas hoy en nuestro Madrid…

-Debo decirle, sin intención de ofenderle, que ese camino no es el correcto para crear la policía moderna que creo todos ansiamos, con vocación de servicio al ciudadano, y no una policía represiva como la que actualmente tenemos… Ese no es el camino… Deberíamos tomar ejemplo de otras policías europeas más avanzadas que la nuestra…

-¡Ya!… Se refiere a la policía Victoriana de Londres, ¿no?…. A Scotland Yard… Para eso hacen falta talento y dinero… Y no creo que sea necesario recordarle que actualmente en España estamos carentes de ambas cosas… Acabamos de perder nuestras últimas colonias y hemos despilfarrado nuestro patrimonio en luchar en una guerra que estaba perdida de antemano… Respecto al talento, desgraciadamente, decirle que la mayoría de los españoles están embrutecidos. No saben apenas leer ni escribir y aunque el gobierno haya puesto a disposición del pueblo la enseñanza pública, ya tienen bastante con preocuparse de que llevarse a la boca… Si quiere que algo cambie, tendrá que cambiarlo usted… Así que ya lo sabe, puede empezar resolviendo este caso con su inteligencia lo antes posible; sino, me veré obligado a dárselo al sargento para que lo resuelva a su manera de una vez por todas… ¡Y ahora déjeme en paz!… Tengo asuntos importantes que tratar y quiero irme pronto a casa, que hoy para cenar tengo callos y son el mayor santo de mi devoción…

 

 

29 de Mayo de 1900.

 

Al día siguiente, el popular diario matutino El Imparcial publicaba en su tercera página la ya mencionada noticia sin que nadie fuese consciente entonces del alcance y gran impacto que llegaría a tener este tan interesante como misterioso acontecimiento, pues conseguiría captar feroz y casi adictivamente la atención de todos los madrileños. El suceso se publicó literalmente como sigue:

 

     Hallazgo de un cadáver.

 

     En la glorieta del Ángel Caído fue encontrado ayer a primera hora de la tarde el cadáver de un hombre desnudo de medio cuerpo. Presentaba numerosos cortes en pecho y brazos. Sus ropas estaban completamente ensangrentadas y de ellas se desprendía un olor nauseabundo. Cerca del cadáver se encontró una navaja de hoja de grandes dimensiones, abierta y también ensangrentada. El juez de guardia hizo registrar el cadáver. En los bolsillos de la ropa se le encontró un papel con el que se le pudo identificar. Se trata de Ángel Cobo Urrutia, de cincuenta y nueve años de edad y natural de Comillas, provincia de Santander. También se halló en uno de sus bolsillos una bolsa de cuero cerrada y con seis duros de plata. El médico de la casa de socorro que acudió al lugar del suceso dijo en una primera inspección ocular que los cortes no habían sido la causa de la muerte, pues no eran profundos. No se cree por tanto que se trate de una muerte violenta, pero hasta que los médicos forenses no le practiquen la autopsia existe la duda y no se puede confirmar. En la zona arbolada que hay detrás de la fuente se encontraron muertos alrededor de dos docenas de gorriones. Todavía no se sabe si tienen algo que ver con lo sucedido. 

     Se ha detenido a Hilario de La Barca apodado “El Barquero”. El individuo salió corriendo despavorido del lugar y se topó de bruces con una pareja de guardias que lo detuvieron porque estaba muy alterado. Sus ropas estaban hechas jirones y salpicadas de sangre.       

 

     Durante los siguientes días, el caso acontecido en la fuente del Ángel Caído, corrió de boca en boca como un imparable reguero de pólvora. Era el tema de conversación preferido en todos los mentideros y cafés de la villa, en especial, los más relevantes, famosos y de alto copete, como lo eran el Café Suizo, Español, de Levante, Varela o El Comercial, entre otros. En ellos se reunían todas las tardes destacados escritores, poetas, arquitectos, ingenieros, médicos, científicos, artistas famosos, músicos, compositores, toreros, reputados periodistas e incluso, algún que otro político. Cada cual tenía una opinión diferente a cerca de lo acontecido en tan estremecedor suceso y arrimaba el ascua a su sardina. Los periódicos cada día sacaban a la luz algún nuevo detalle que permitía arrojar algo más de luz sobre tan extraño acontecimiento. Con cada nueva información se producían nuevos cambios de opinión, apoyándose en los argumentos recién publicados por la prensa; aunque muchos de ellos, achacaban lo relatado con uno u otro enfoque, al color político de las plumas con las que se escribía. Tales eran las pasiones que levantaba el caso, que el resultado de muchas de aquellas acaloradas discusiones, había sido el de la ruptura de más de una amistad de las que se consideraban sólidas. Básicamente, todos los individuos que conformaban la sociedad madrileña, se dividían en dos bandos. Los primeros estaban a favor de la víctima y lo consideraban inocente. Mantenían principalmente sus argumentos sobre la base de que nadie con dos dedos de frente inventaría semejante historia pensando salir airoso al portarla como bandera. Sostenían que su testimonio era perjudicial para si mismo y sólo podía haber declarado aquello si era rigurosamente cierto. Se aferraban también al hecho de que la muerte había sido producida por un súbito paro cardiaco, por lo que no parecía que hubiese sido provocada… Los otros, sus detractores, reafirmaban su culpabilidad alegando justamente todo lo contrario. Decían que su propia declaración lo autoinculpaba y que las pruebas contra él eran irrefutables, pues todas, sin excepción, lo apuntaban directamente sin ningún género de duda; la sangre, la ropa, su estado,… ¡Estos son hechos y se pueden demostrar, lo demás son todo conjeturas! –alegaban éstos… Y referente a lo de la historia, para oponerse al argumento de sus contrarios, la justificaban con el hecho de que el detenido no había tenido tiempo material suficiente para inventar otra mejor, pues había sido apresado casi inmediatamente tras haber consumado el brutal asesinato… Y así, entre gritos y riñas, pasaban la tarde nuestros queridos contemporáneos de la entonces media y alta sociedad madrileña…

Por su parte, las señoras, que por supuesto no acudían al café, se reunían cada tarde en casa de una de ellas y se entretenían chismorreando y parloteando sobre el caso, sacando deducciones que se atribuían como propias tras escuchar el relato de boca de sus maridos la noche anterior en la cama o esa misma mañana durante el desayuno. Al igual que sus cónyuges, unas eran partidarias de Hilario y otras detractoras. Estas últimas decían que aquel atroz crimen no podía quedar impune, que el asesinado, según parece, era una persona de bien y con posibles recién trasladado a Madrid; que aquel horrible acto debía ser castigado con la pena capital; y repetían la célebre frase: “El que la haga, que la pague”… La parte favorita de la reunión era aquella en la que la anfitriona, leía las novedades sobre el caso que había publicado algún diario matinal, pues esto les permitía charrar y elucubrar con nuevas opiniones de cosecha propia. Esto les hacía sentirse importantes y cultas, quedando como tal aquellas que con mayor locuacidad y palabrerío defendían sus argumentos ante las demás. Después de todo, lo que más les gustaba de aquellas reuniones vespertinas era, en resumidas cuentas, el hecho de cortar trajes.

Según pasaban los días, el pobre Barquero lo tenía peor, pues se iban conociendo nuevos datos que resultaban en su mayoría inculpatorios. Cada día tenía más detractores, pues bien sabida es la facilidad de la que está dotado el español para cambiar de opinión. La frase más repetida en tertulias y cafés pasó a ser la de: “Ves, si ya te lo decía yo”… Parecía como si todo el mundo, de pronto, se hubiese puesto en contra de aquel desgraciado, y eso que realmente ninguna prueba lo inculpaba directa ni definitivamente. Lo que ocurría, es que si sopesaban todas las pruebas en su conjunto, al no encontrarse ninguna explicación clara, lúcida, coherente o que pudiese parecer real; se iban las gentes inclinando a pensar que alguien debía haberlo matado, y ese alguien, ¿quién iba a ser sino Hilario de La Barca?… ¡A no ser que haya sido un espíritu!… -soltó un tertuliano; lo que provocó la carcajada del resto de los presentes.

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