-Pues nada comisario, que estamos en sota, caballo y rey… ¡Vamos, que estamos en las mismas!… Por más candela que le he atizado al mono ¡Nada!… ¡Qué no canta!… El muy mamón sigue en sus trece, empeñado en decir que no ha matado a nadie y que no es ningún asesino… Lo único que he conseguido es salir con un terrible dolor de muñecas de darle con el vergajo… Bueno, usted ya sabe como son mis interrogatorios de profundos cuando me pongo en plan estupendo…

-Lo sé sargento, lo sé… No es necesario que me dé más detalles… -le contestó este asintiendo con la cabeza-: Le comunico que desde ese mismo momento estará bajo las órdenes del inspector Valdés. A partir de ahora, será su jefe y a quien tendrá que informar sobre todos los actos que lleve a cabo en lo que respecta a este caso.

Tras oír estas palabras, el sargento dejó de mascar su goma en seco y mirando con sorpresa a su interlocutor, exclamó confusamente:

-Creo que no le he oído bien… ¿Me está diciendo que este jovencito inexperto, que va por la vida con aires de “señorito” y recién llegado de Cataluña, que aún no sabe por donde vuela, va a ser en quien recaiga el mando de esta investigación?… –replicó el sargento mientras se quitaba las gafas y miraba de abajo arriba al inspector con gesto despectivo.

-Lamento decirle que así es… Le guste o no, es una orden y ya tendrá que cumplirla… ¿Alguna objeción?… –expuso tajantemente Salmerón.

Al momento, el sargento se despojó de su gorra y la retorció entre sus manos denotando malestar, y con resentimiento, protestó:

-Señor, ¿es que no ve que este pollo es un novato recién llegado que no ha demostrado ningún mérito?… ¿Cómo puede ser que le de el mando de este caso?… ¡Démelo a mí, que para eso soy perro viejo y me sé bandear bien con estos asuntos!… Además, llevo más tiempo en el cuerpo y este caso dará que hablar, parece que va a ser sonado… Eso me podría ayudar a conseguir el ascenso que llevo soñando desde hace años… ¡No me haga eso porque me hunde!…–se quejó este al tiempo que daba un manotazo en la mesa.

-¡Basta!… ¡Ya le he dicho que está decidido!… Que pasa, ¿es qué a estas alturas no sabe obedecer una orden?… –le contestó Salmerón rotundamente desde el otro lado de la mesa-: ¡Ah, otra cosa!… He ordenado a los guardias Velasco y Valbuena que acompañen al inspector y permanezcan bajo sus órdenes durante el transcurso de la investigación, así que si necesita ayuda, puede contar también con los agentes De la Vega y Barros… Y óigame bien… ¡No quiero discusiones, desavenencias ni que me molesten con tontadas!… ¡Espero que esté todo bien claro!… ¡Y ahora a trabajar!… Déjenme y cierren la puerta al salir que tengo asuntos más urgentes que atender….

Al momento, los cuatro policías salieron de la estancia, poniendo rumbo cada uno a sus respectivas mesas. El inspector y el sargento caminaban uno al lado del otro por el pasillo, hasta que Valdés, frente a la puerta de su despacho, se paró en seco y se dirigió a este diciendo:

-Espero que de ahora en adelante colaboremos todos como una piña… Deberíamos hablar sobre todas las discrepancias que tengamos respecto al caso… Por mi parte no habrá problema… A propósito.., ¿por dónde cree que deberíamos empezar nuestras averiguaciones?…

Requena, mirándolo fijamente con el rostro tenso, le contestó con los brazos en jarras: ¡Lo suyo es muy fuerte gachó!… Me jode el ascenso que llevo esperando desde hace años; y ahora, con su cara de niño bonito y figura estirada, viene y me pide ayuda para solucionar el caso… Una de dos: o se está cachondeando de mí o me ha tomado por un “lila”… Y perdone, pero tengo prisa…

Tras lo dicho, el sargento se dio media vuelta y comenzó a caminar con paso rápido por el pasillo, dejando plantado ante la puerta de su despacho al inspector. Este, tras negar con la cabeza varias veces mientras mantenía una sonrisa forzada, se dirigió al sótano, bajando por las chirriantes escaleras que conducían a los calabozos. Una vez allí, cogió el candil de latón que había en la pared y lo encendió. Aquel lugar era húmedo en extremo; la pared de fría piedra al natural aumentaba dicha sensación térmica y la ausencia de luz solar lo convertía en excesivamente sombrío. Valdés, cogió el llavero con las llaves que había encima de una mesita de madera y la introdujo en la cerradura de la celda para posteriormente abrirla. Tras escuchar el estridente sonido que la llave provocó al girar en la cerradura, abrió la puerta de la celda y entró. Una vez en su interior, vio a un hombre tumbado de medio lado en posición fetal sobre un catre de madera. Desde la puerta, podía oírse un fuerte pitido que parecía salir de lo más recóndito de sus pulmones; junto con una tos seca y muy intensa, por lo que decidió acercarse. Fue entonces cuando pudo observar como aquel pobre infeliz había estado vomitando sangre. Tenía los ojos amoratados, la nariz rota y casi no podía respirar. Conmovido por la escena, volvió a subir las escaleras apresuradamente dirigiéndose al despacho del comisario, donde abriendo violentamente la puerta, exclamó en tono excitado ante este perdiendo toda la compostura; mientras, el comisario, permanecía sentado en su sillón leyendo algunos documentos.

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