-¡No hay peros que valgan!… ¡Ahorre palabras!… ¡Está decidido!… ¡El que manda aquí soy yo!… ¡Y punto!… ¿Está claro?… –afirmó este rotundamente levantándose del sillón; tras lo cual, se dirigió a la puerta, la abrió, y asomando la cabeza por el pasillo, gritó-: ¡Velasco! ¡Balbuena! ¡Vengan inmediatamente a mi despacho!…

Al instante, los que habían sido llamados, acudieron apresuradamente al lugar en el que habían sido requeridos, abandonando sus ocupaciones para presentarse allí ipso facto.

-¡A sus órdenes señor!… –respondieron ambos predispuestos a aceptar cualquier orden.

-Les comunico que desde este mismo instante, tanto el sargento Requena como ustedes, se pondrán a las órdenes del inspector Valdés, colaborando con él para esclarecer el caso del Ángel Caído… No creo que sea necesario recordarles que espero de todos ustedes, prontos y óptimos resultados…

-¡Por supuesto señor!.. Cuente con nosotros y no lo dude… Tendrá los resultados que espera sobre su mesa en el menor tiempo posible –agregó Velasco, que era muy dado a dorar la píldora a sus superiores.

Tras escuchar estas palabras, el inspector se levantó de su asiento, y frotándose las manos en silencio a la vez que se le dibujaba una tenue sonrisa en el rostro, se dirigió a los presentes poniendo sus pulgares en ambos bolsillos del chaleco; tras lo cual, manifestó:

-Les agradezco que depositen tanta confianza en mi persona, pero debo recordarles, y no quiero ser aguafiestas, que no se debe vender la piel antes de haber cazado al oso… En pocas palabras…, primero cacemos al oso, y luego, ya tendremos tiempo para pensar que hacemos con la piel.

-Tiene toda la razón… ¡Así debe ser!… Le felicito por sus realistas palabras… Cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente… Lo primordial es tener algo concreto y cierto; lo demás, es hacerse cábalas e ilusiones… -puntualizó tajantemente el comisario de lo más serio-: ¡Hechos concretos y demostrables!… ¡Eso es lo que cuenta, quiero y exijo!…

En ese momento, entraba por la puerta el sargento Requena, reflejando en su rostro su mal humor, con sus gafas de sol de cuarzo ahumado puestas y con sus dos manos metidas en los bolsillos del pantalón a la vez que no dejaba de triturar enérgicamente la goma de mascar que tenía en la boca.

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