-Pues eso… Que corrí hacia él lo más deprisa que pude y justo cuando llegué a su lado fue cuando empezó el eclipse ese que tanto anunciaron los periódicos y que pareció un apagón de luz… Fue entonces, casi a oscuras, cuando intenté agarrarle por los brazos para que dejase de cortarse. Al forcejear, se le cayó la navaja al suelo y, de repente, así, como por arte de magia, surgió de la nada un resplandor que iluminó toda la fuente. Enseguida, y sin que me diese tiempo a pensar lo que había pasado, sonó un ruido muy fuerte que casi me deja sordo; se parecía al de un trueno ¡pero de los gordos! Luego apareció una grandísima y muy densa nube de humo que no dejaba ver nada y de la que salía un olor fétido muy fuerte; como el de los huevos podridos… Yo ya estaba medio “flipao”. No podía creer lo que estaban viendo mis ojos, hasta que pasado el susto inicial, se reanimaron mis sentidos y decidí soltarlo, pues mientras todo esto sucedía lo tenía agarrado por las muñecas. Entonces fue cuando se cayó redondo al suelo, como si fuera un saco de patatas, y yo decidí salir de allí pitando como un perro con el rabo entre las patas. Corría sin rumbo, sólo quería alejarme de allí lo antes posible; y no era para menos ¿no?… ¿Qué hubieran hecho ustedes en mi lugar?… ¿Cómo no iba a correr desesperado y fuera de mis casillas con lo que acababa de ver? ¿Y cómo no iba a tener la ropa y las manos llenas de sangre del fulano ese si intenté quitarle la navaja y estuve forcejeando con él para que no se dañara más?… ¡Y hubiese seguido corriendo hasta Alcalá sino me llego a topar con aquella pareja de “guindillas”!…

-¡Oye “desgraciao”, más respeto que estás hablando de la autoridad!… ¡Qué te arreo dos “morrás” en “la jeró” esa de mamón que tienes que te la dejo como un pandero!… –gruñó ofendido Requena a la vez que lo agarraba por la pechera y lo levantaba de su asiento para devolverlo a su sitio de un fuerte empujón. Mientras tanto, Hilario lo miraba asustado, con ojos de cordero degollado. Y dirigiéndose ahora a su superior, le sugirió: Si me lo deja un ratito jefe, ya verá como canta y deja de contarnos bolas…

-Sigue Hilario…, sigue… –le dijo el comisario haciendo caso omiso a las palabras del sargento.

-Pues como les decía… Que al fijarse los ¡“po-li-cí-as”!… -recalcó este satíricamente mirando a Requena- …en el aspecto que tenía: la ropa hecha jirones, las manos y la ropa ensangrentadas y el estado nervioso en el que me encontraba; decidieron detenerme… El resto ya lo saben… Esto es lo único que les puedo decir porque así fue como sucedió… ¡Les juro que yo no lo maté!… ¡No soy un asesino! ¡Nunca he matado a nadie!… –repitió enfáticamente tapándose el rostro con las manos mientras sollozaba y gemía desconsolado diciéndose a sí mismo: ¡Qué desgraciado soy!… ¡Maldita sea mi perra suerte maldita la hora en que decidí ayudar a aquel “pirao”!… ¡Eso me pasa por meterme donde nadie me llama!… ¡Qué razón tenía mi madre al decir que por la caridad entra la peste!…

-Lo que nos has contado no te va a ayudar en nada Barquero… Si te soy sincero, esa historia tuya no se la creen ni los niños de pecho, y menos se la creerán los señores de las mangas que te van a juzgar… -puntualizó el comisario volviendo a su sillón para tomar asiento.

-Estoy con usted señor, cualquiera de los cuentos de Calleja convencería más al personal, porque el que nos ha contado este mal nacido no se lo cree ni su madre… -remató el sargento ante la desoladora y desconsolada mirada del detenido.

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