El comisario se levantó de su sillón y comenzó a acercarse lentamente hacia donde se encontraba el inculpado. Una vez se situó frente a él, empezó a pasearse en círculo a su alrededor con las manos a la espalda y la cabeza baja, mirando al suelo pensativo; por su puesto, con su cigarro en la boca. Inmediatamente, los guardias Velasco y Valbuena se retiraron para dejarle paso. De pronto, se paró en seco frente a él, se apoyó sobre el borde de su mesa, se sacó el puro de la boca con la mano derecha, y mirándolo fijamente con la mano izquierda puesta sobre la barbilla, le dijo:

-Te veo mal toledano… La losa que tienes encima es cojonuda… Será mejor que nos cuentes la verdad, si no, lo vas a tener muy oscuro… Tú decides… Prueba otra vez a ver si nos convences… –en ese instante se produjo un silencio sepulcral, e Hilario, que hasta ese momento había permanecido sentado con la cabeza gacha, la levantó para mirarlo firmemente con una sonrisa forzada mientras resoplaba. Ambos mantuvieron sus miradas fijas el uno en el otro durante unos segundos, hasta que, finalmente, el policía continuó diciendo: Soy todo oídos hijo, te escucho… Si tienes algo interesante que decir será mejor que lo hagas ahora… Y aquí paz y después gloria…

-¡Si claro!… Gloria para vosotros por condenar a un pobre desgraciado como yo que no ha hecho nada… Y paz para mi menda sí, pero en el cementerio… ¡Y entonces caso cerrado!… Así es como hace justicia y pone orden la policía en España… –replicó este indignado.

-Con esa actitud no vas a llegar a buen puerto…. –añadió rápidamente Salmerón, tras lo cual, Hilario rompió a llorar con gran desesperación mientras exclamaba con los ojos enrojecidos y cubiertos de lágrimas:

-¡A ver si me dejan explicarme y lo entienden de una puta vez!… -gritó este desesperado. Pasados unos segundos, ya un poco más tranquilo, continuó exponiendo: …Habitualmente, a esas horas, suelo recorrer los paseos del parque, en especial donde se encuentran los merenderos de Narciso y del Pepón, que son los más concurridos… Allí suelo encontrar algún objeto que la gente ha perdido durante la mañana… Algunos merecen la pena; otros no… De los que valen algo, saco lo que me dan, que no se crea que es nada del otro mundo; con eso, lleno el puchero y puedo llevarme algo a la boca, aunque no todos los días tengo esa suerte… A veces pasa más de una semana sin que encuentre nada que merezca si quiera un mendrugo de pan… ¡Ya me contarán!… ¡Menudo panorama para un padre de familia!…

-¡Ya!… Es enternecedor, pero aquí todos sabemos que tu principal actividad consiste en birlar pellejas o el bolso de alguna despistada damisela… –interrumpió el inspector Valdés que hasta el momento había permanecido callado y al margen mientras confeccionaba una pajarita de papel-: ¿O no es así Barquero?…

El inspector de segunda clase Carlos Valdés Maldonado era originario de Novillas, un pueblo de la provincia de Zaragoza muy cercano a la frontera con Navarra. De estatura superior a la media de los hombres de su época; metro setenta y ocho aproximadamente. Nacido treinta y tres años atrás. De constitución delgada; rostro enjuto y afilado; pelo corto, negro, engominado y peinado con raya a un lado; con patilla corta hasta la altura del bigote y separada de este, el cual se caracterizaba por ser más espeso en el centro y afilado en sus extremos; de grandes y juntos ojos negros. Su hoja oficial de servicio era impecable, debido a sus estudios, conocimientos y corta pero intensa trayectoria en Cataluña, más concretamente en Barcelona, asesorando en la desarticulación de grupos subversivos constituidos como cooperativas de obreros que preparaban revueltas y atentados contra los patronos… Desde hacía un par de meses, destinado y trasladado a Madrid.

Salmerón no dejó contestar al detenido, pues tras oír la pregunta retórica lanzada por el inspector, rápidamente soltó:

-Vamos toledano, no seas bolo… No juegues conmigo a las cartas que no tienes triunfos y yo tengo todos los ases de la baraja… No te enrolles y cuéntanos de una vez lo que nos interesa…

-Como le decía, a esas horas caminaba por la glorieta del Ángel Caído, a pocos metros de la estatua, que por cierto, le confieso, que de siempre me ha dado muy mal fario, porque a mi esas cosas del diablo, las lagartijas y todos esos rollos no me van ni un pimiento…

-¡Al grano barquero, al grano!… ¡Qué así no vamos a hacer granero!… ¡Qué te enrollas más que José Echegaray hasta que termina de contar una cosa!… –añadió Salmerón entre suspiros y con un tono que denotaba que se le estaba acabando la paciencia.

-¿Echegaray?… ¿Echegaray?… No sé quien es ese pollo… Nunca lo he visto por el barrio… ¡Quizá sea uno de los nuevos!… –exclamó este de lo más convencido dentro de su ignorancia.

-¡Qué mala bestia eres!… Hay que ser ignorante para no saber que Echegaray es un famoso y conocido pintor de esos que pintan cuadros de los buenos…

-Será mejor que mantenga la boca cerrada sargento… No es necesario que nos demuestre su basta cultura –le respondió su superior. Y dando un fuerte golpe en la mesa haciendo ver que se le estaba agotando la paciencia del todo y que empezaba a tener los nervios a flor de piel, añadió: ¡Y basta ya de leches, que así no vamos a terminar nunca!… -y tras reprimir a su subordinado, volvió a dirigirse al esposado con tono sarcástico: Anda hijo, sigue con tu cuento y no te pares con minucias sin importancia que no vienen al caso.

-Por donde iba, porque me están volviendo loco… –se dijo Hilario hablando para si en tono bajo.

-Por cuando pasabas cerca de la estatua… –le recordó paciente e insistentemente Salmerón mientras atenazaba sus dedos nerviosamente.

-¡Ah si!… Pues eso… Pasaba cerca de la estatua cuando vi al “majara” ese… Estaba medio desnudo, tal como lo encontraron… Parecía que estaba poseído… Tenía una navaja abierta en la mano, con la que no paraba de hacerse cortes en los brazos y el pecho, mientras que desde lo más profundo de su alma lanzaba unos terribles y desgarradores alaridos que pondrían los pelos de punta a cualquiera… La escena daba verdadero pánico… Me quedé clavado en el sitio unos instantes hasta que pude reaccionar, momento en el que sin pensarlo demasiado, corrí hacia él con la intención de ayudarle…

-¡Hay que reconocer que este pollo de imaginación va “sobrao”!… -exclamó Requena dirigiéndose al comisario para continuar con su habitual retahíla; esta vez, dirigiéndose al detenido con actitud chulesca: Deberías haberte dedicado a escribir cuentos en los folletines… ¡Seguro que te forrabas!… ¡No sé como puedes pensar que nos vamos a creer esta trola pachanguera!…

-Vamos Hilario, continúa… –añadió suspirando nuevamente Salmerón.

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