El Barquero, cuyo nombre oficial era Hilario de La Barca, natural de la provincia de Toledo, tenía treinta y dos años de edad y era un viejo conocido de la policía, por lo que ya conocía de que iba aquella historia, por eso decidió guardar silencio mientras movía nerviosamente su pierna derecha e intentaba mantener fija su mirada en la de su interlocutor, aunque sabía que esta vez la acusación era más seria de lo habitual, por eso, de pronto y sin poder contenerse al no aguantar ya por más tiempo la penetrante mirada de su adversario, se levantó de la silla y exclamó de lo más excitado:

-¡Yo no he matado a nadie! ¡No soy un asesino! ¡Sólo fui a ayudar a ese pobre desgraciado!… ¡Maldita sea, tiene que creerme!…

Al momento, los dos guardias que permanecían en actitud preventiva tras su silla, lo volvieron a sentar, aconsejándole que se calmase. El sargento Requena, que observaba la escena hasta entonces impasible mientras permanecía sentado en una silla cerca del detenido, se levantó y  avanzó hacia el comisario mientras sonreía maliciosamente, y dirigiéndose a él, soltó irónicamente:

-Está claro jefe, es que no hemos caído, ¡pues claro que él no ha sido!.. -y dirigiéndose ahora a Hilario-: Dinos que lo mató El Espíritu Santo hombre, que a mí me llaman el tragabolas pero una tan gorda como esta no me la trago…

     El sargento Francisco Requena Díaz era natural de Palencia y había sido militar, destinado durante años en la guerra del norte de África. Cuando esta terminó se incorporó al cuerpo de policía como suboficial. Medía metro setenta, de cincuenta y ocho años de edad y su rostro era redondeado, lo que reflejaba la poco saludable vida que este había llevado durante años y su continuado abuso del alcohol. Acostumbraba a llevar un pañuelo de nudo al cuello y no le gustaba desprenderse de su típica gorra madrileña, la parpusa. Vestía con chaqueta, chaleco y pantalón de color marrón. Todo el mundo en la brigada comentaba que era una persona muy sarcástica, irritable y reacia a toda clase de bromas. Era un buen conocedor de los barrios bajos, de sus calles, sus gentes y de las corralas en las que vivían. Todos los delincuentes habituales lo conocían y respetaban, aunque más que respeto lo que le tenían era miedo, pues de sobra se sabía como las gastaba durante los interrogatorios si alguno se negaba a colaborar.

-Digan lo que quieran, ustedes sabrán, pero les repito que yo no he sido… Trabajen un poco más y busquen al verdadero culpable en lugar de cargarle el muerto a un pobre desgraciado como yo… ¡Han oído!… ¡Yo no he matado a nadie!… ¡A nadie!… -gritó “el barquero” que iba aumentando el tono a medida que avanzaba en su exposición.

-¡Menos humos majadero, que estás ante la autoridad!… ¡Y quítate la gorra joder, no seas maleducado!… –le contestó el sargento cabreado a la vez que le propinaba una fuerte colleja, la cual provocó que la parpusa que este portaba en su cabeza saliera despedida.

Después de aquello, Hilario se levantó de golpe y bruscamente de su silla, tras lo cual giró su cabeza hacia la derecha para clavar sus negros, achinados y penetrantes ojos llenos de ira sobre los de su agresor.

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