Habiéndose procedido al levantamiento e identificación del cadáver, los agentes trasladaron al sospechoso a la comisaría de distrito. Los dos guardias, que vestían de uniforme, se dirigieron al despacho del comisario Samuel Salmerón López. La puerta estaba abierta, por lo que decidieron entrar mientras observaban como este leía afanosamente algunos documentos. Se trataba del testimonio que el detenido había dado a la policía tras ser arrestado y relataba lo que, según este, había sucedido en el lugar de los hechos. En otra hoja había dibujado un croquis que recogía la forma en la que se había encontrado el cuerpo en la escena del crimen.

Una vez en su interior, los policías sentaron al esposado de un empujón en una de las sillas que había frente a la mesa. Los dos permanecieron de pie tras ella esperando que el comisario terminase de leer el atestado. Segundos después, aparecieron en escena otros dos policías vestidos de paisano. Se trataba del sargento Francisco Requena Díaz y el inspector de segunda clase, Carlos Valdés Maldonado.

-Buenas tardes señor comisario –dijo Valdés al entrar.

-Serán buenas para usted –respondió este de bastante mal humor mirándolo por encima de sus anteojos mientras permanecía sentado en su sillón.

El comisario Samuel Salmerón López era un hombre de mediana estatura, de metro sesenta y cinco aproximadamente. Madrileño de nacimientos y por derecho de más de cuatro generaciones de “Gatos”. Tenía sesenta años recién cumplidos y era Tauro. De gestos y aspecto serio, lo cual infundía respeto a sus subordinados. No gozaba de gran cantidad de cabello, y el que tenía, se localizaba en la parte posterior de la cabeza, dejando la coronilla al descubierto; el cual era negro, rizado y siempre lo llevaba cuidadosamente engominado, juntándose a la altura de las orejas con unas anchas y abundantes patillas que se unían con un espeso bigote. Sus ojos eran redondos, pequeños y muy expresivos, de color castaño oscuro protegidos por unas curiosas lentes circulares con patilla de alambre fino. Entre sus gruesos y agrietados labios, portaba siempre un buen cigarro puro. A pesar de su estatura, podía decirse que era un hombre robusto, con espaldas anchas y de constitución ósea fuerte. Su vestimenta pasada de moda estaba compuesta por una chaqueta corta de color negro, más bien raída por los años, que hacía juego con unos pantalones de igual color y algo arrugados. Habitualmente portaba al cuello corbata con nudo ancho y poco apretado, siempre en tonos de grises, haciendo contraste con su clásico y viejo bombín negro.

Tras terminar de leer el atestado se quitó las lentes, las arrojó sobre la mesa, se levantó de su sillón, y tras ponerse en pie, se dirigió al detenido:

-En menudo lío te has metido Barquero, porque así te llaman ¿no?… –le preguntó retóricamente.

-Si usted lo dice: ¡Así será!… –soltó el hombre con voz firme y seca como si la cosa no fuera con él a la vez que giraba levemente su cabeza y miraba despectivamente a los guardias que custodiaban sus espaldas.

-Por ese camino creo que no nos vamos a entender… Deja de darme la razón como a los tontos y explícame porque has asesinado tan salvajemente a ese hombre –continuó interrogándolo Salmerón.

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