LA GATA MÁGICA DE LIÉRGANES

         No todo lo increíble, por poco creíble que parezca, deja de ser cierto.

    

      Liérganes. Cantabria. Año 1950.

      Puede resultar un caso un tanto insólito y poco creíble para quienes lo escuchen o a bien lo lean si ya han salido del mundo de la fantasía y de la ilusión y se encuentran en el de la realidad. Sin embargo, unos pocos moradores que vivieron en ese tiempo aseguran que fue realmente cierto y que aconteció en el año 1950 el día cinco de Enero, día de reyes, en la pequeña localidad cantabra de Liérganes.

      Según me contaron unos viejos pasiegos que ya no están entre nosotros, fue en un día nublado y templado, raro para ese mes, cuando Daniel, como todos los días, abrió la puerta de su humilde cabaña mientras se disponía a realizar sus labores cotidianas. De pronto, con gran sorpresa y sin que se lo llegara a esperar, se encontró con ella. Era una pequeña gatita de escasos días de vida, la cual se encontraba  refugiada y acurrucada entre los troncos para quemar de la casa.

      Era de lo más diminuta, tanto, que si la cogías con la mano le sobraba la mitad de esta. Su pelaje era negro agrisado y jaspeado, y sus pequeños ojuelos, medio abiertos, eran de un brillo intenso y penetrante de color oro, los cuales estaban adornados de un color blanco luminoso, al igual que las dos partes que rodeaban su negro hocico.

      Daniel, que era un hombre conocido en toda la comarca por su gran sencillez, humildad y amor a los animales, vivía con su mujer Dorotea, la cual tenía fama de ser más reservada y realista. Ambos tenían un hijo, Eloy, de siete años de edad, quien desde su nacimiento había tenido una salud de lo más precaria, ya que mes si y mes no, la pobre criatura enfermaba debido a su débil constitución, y dígase de paso, también por la falta de los alimentos necesarios para su nutrición y desarrollo físico, ya que sus padres, lamentablemente, no se los podían dar a causa de la acusada situación por la que estaban pasando. Sus vacas, que eran cuatro, apenas les daban leche. De su pequeña huerta, pocos frutos sacaban y por tanto, escasos beneficios. No obstante, ellos vivían felices y contentos con lo poco que tenían, hasta el punto que no les importó adoptar a la pequeña gatita encontrada, aunque como era costumbre, Daniel, justificándose ante su mujer mientras la sostenía entre las manos exclamó:

      -¡Bueno!… ¡Qué le vamos a hacer!… ¡Dónde comen unos cuantos, porque demonios no van a poder comer unos más!…

      Y la respuesta por parte de su mujer siempre era la misma:

      -¡Ay Daniel, hijo de mi vida y de mi corazón!… ¡Tú no tienes remedio!… ¡Nunca cambiarás!… ¡Siempre serás el mismo!… ¡Tus sentimientos y tu amor hacia los animales siempre serán los mismos!… ¡Apenas tenemos un pedazo de pan para llevarnos a la boca y tú vas y metes en la familia a otro más!…

      El hombre, como era costumbre y haciendo oídos sordos a las palabras de su mujer, le preguntó con voz temblorosa y ojos de cordero degollado:

      -Bueno… ¿Y cómo la llamaremos?…

      La mujer, levantando la cabeza, las cejas y chasqueando la lengua, resignada por tener el marido que tenía, le contestó:

      -¡Por mí, como te venga en gana!… Aunque el nombre más apropiado es el que tenemos en nuestra familia. ¡Y ese es el de “Desgracia”!…

      -¡Cómo eres mujer!… La llamaremos “Suerte”, que suena mucho mejor… ¿Qué te parece?… –le respondió su marido con la cabeza cacha.

      Dorotea se encaró con Daniel y le exclamó algo sobresaltada:

      -¡Soy como la madre que me parió!… ¡Si!… ¡Así es como soy!… Haber, dime, ¿cuál va a ser el beneficio que nos va a reportar una gata como esta?… ¡Yo te lo diré!…  ¡Dar de comer lo que no tenemos a toda la tropa que nos traiga!… ¡Eso es lo que nos va a dar!…

      Y así, es como acabó la primera parte de la historia de la recién llegada a esa humilde familia.

      Daniel, todos los días afanosamente y cada varias horas, mojaba su dedo índice en un tazón de leche recién ordeñada y se lo ponía a la gatita en su diminuta boca, la cual, con desesperada ansiedad, comenzaba a lamerlo. La escena de aquel hombre y el amor que sentía por los animales eran dignos de verse.

      Transcurridos unos meses, la llamada gatita “Suerte” se encontraba de lo más feliz y contenta en la casa. No paraba de corretear de aquí para allá como Pedro por su casa y sus entornos. Visitaba con toda su inocencia y gran curiosidad el pequeño establo en el que estaban las vacas. A las gallinas, de cuando en cuando, les daba grandes carreras a modo de juego. Observaba a los conejos con gran atención mientras se paseaba por la pequeña huerta. Aunque su lugar preferido era en el que se encontrara el niño, pues se había convertido en su inseparable acompañante.

      La gran sorpresa para Daniel y su mujer, fue ver como día tras días que pasaba, las vacas empezaban a dar más cantidad de leche. Las gallinas, patos y demás aves, inexplicablemente, ponían más huevos, y su pequeña huerta estaba más florida y hermosa que nunca.

      Los hechos que les estaban aconteciendo dieron pie a que, entre ellos, surgieran comentarios en las frías noches de invierno entorno al caliente fuego de la cocina. Además de comentar el caso de su hijo Eloy, el cual no había vuelto a ponerse enfermo, como era usual, desde que aquel animal se había hecho su acompañante habitual en todo momento.

      -¡No sé lo que pensarás tú, pero aún no entiendo lo que nos está ocurriendo!… ¿No te parece raro?… –exclamó la mujer rompiendo el silencio.

      El hombre, tranquilamente, sacando su tabaquera de uno de sus bolsillos, comenzó a liarse un cigarrillo. Y finalmente le contestó:

      -¡Qué puedo decirte mujer!… ¡Lo único que veo es que las cosas, cada día que pasa, nos marchan mejor!… ¡Eso es lo único que sé!… Y si echas cuentas, es desde que ese animal entró en esta casa…

      Al momento, la mujer se levantó de su asiento y dirigiendo a la cocina de leña comenzó a atizar el fuego con gran brío a la vez que exclamaba con voz socarrona:

      -¡Ya!… Me vas a contar que todo es debido a esa gata, ¿verdad?… ¡Claro!… Y porque le has puesto el nombrecito de “Suerte”, ¿no?…

      El hombre, echando una bocanada de humo, le contestó:

      -¿Por qué no?… ¡Cosas más raras han pasado y pasan en este mundo de Dios!… El caso es que cada día estamos mejor… ¿O no es así?…

      -¡Mira, en eso estamos de acuerdo!… ¡Ya que hijo, hemos pasado una temporada en la que nos las hemos visto canutas!… –replicó la mujer.

      Daniel, sonriéndose, tiró su cigarro al fuego y exclamó:

      -¡Si!… ¡Hay que reconocer que lo hemos pasado muy mal, bastante mal!… ¡Pero Dorotea, lo pasado, pasado está!…

      Los meses fríos del invierno pasaron, y como todos los años, volvió a aparecer puntualmente la hermosa y florida primavera. Los montes se iluminaron y los prados se llenaron de intensos colores al tiempo que miles de criaturas nacían empezando a abrir sus ojos a este mundo.

      La abundancia de huevos, hortalizas y leche que obtenía Daniel de la huerta y sus animales, dieron lugar a que éste, se dedicara a venderlos por las casas reportándole unos sustanciosos beneficios, los cuales metía en una bolsa y después en el armario de la habitación en la que dormía. No obstante, al hombre, nadie le quitaba de la cabeza que el estado de bienestar que había conseguido era debido a la pequeña gatita “Suerte”, ya que desde que la encontró, todo había cambiado para bien.

      -¡Dime lo que quieras!… ¡Dime que estoy loco si así lo prefieres!… Pero una cosa ten presente… ¡Todo el dinero que estamos ganando es debido a esa gata!… ¡Esa gata, por donde pasa o donde está, crea riqueza!… ¡Es una gata mágica!… ¡Te lo digo yo!…–exclamaba Daniel a su mujer una y otra vez de lo más entusiasmado mientras metía en la saca los duros, las pesetas y los billetes ganados.

      Dorotea, pasados los meses, asentía en silencio con la cabeza dándole la razón. ¡Realmente aquella gata era mágica!…

      Un  buen día, Daniel, como todos los días, se levantó de la cama a primera hora, y tras dirigirse a la cocina para desayunar, se extrañó de no ver a la gata, ya que como era costumbre, siempre aparecía para darle los buenos días. La buscó durante varias horas por toda la casa, el establo, el pajar, la huerta, el gallinero…, pero no llegó a encontrarla.

      -Oye Dori¿Has visto a la gata?… -le preguntó a la mujer algo inquieto.

      -¡Pues no!… ¡La verdad es que no! –le respondió la mujer con cara de preocupación.

      Desde aquel día, “Suerte” desapareció de sus vidas y no volvieron a verla. Tanto Daniel como Dorotea, con gran tristeza, tuvieron que resignarse y afrontar la pérdida de su pequeña y querida gatita.

      Pasaron los meses y nuevamente vino el invierno, y con él, el día cinco de Enero de un nuevo año. Y esa noche, la noche de los Reyes Magos, volvió a acontecer un caso similar al de Daniel y su mujer en la casa de Fernando y Luisa, pasiegos de lo más humildes, ya que de siempre, habían tenido escasos medios materiales y económicos.

      Fernando trabajaba un día si y otro no como jornalero, haciendo cualquier trabajo que le ofrecieran por poco que le pagasen, y la mayoría de las veces el jornal era de lo más mísero.

      No obstante, el hombre, con gran resignación, los llevaba a cabo, sabiendo que era lo que le había tocado. En cuanto a su mujer, era de lo más trabajadora en todos los quehaceres de la casa, huerta y escasos  animales que poseían.

      Ese día, el cinco de Enero, Fernando, cayendo la tarde, volvía a su cabaña después de trabajar cuando de pronto, comenzó a escuchar unos débiles y entrecortados maullidos, decidiendo dirigirse hacia ellos. En un primer momento pensó que era el llanto de un niño recién nacido, lo que en cierta manera le emocionó, pues hasta el momento su mujer no le había dado ningún hijo, pero ese fugaz pensamiento se le esfumó de la cabeza cuando la descubrió a ella. Era la gatita que en su día, en casa de Daniel, se había llamado “Suerte”, la cual era, tanto en tamaño como en peso y en pelaje, exactamente igual a la mencionada a pesar de haber transcurrido un año. ¿Cómo podía ser aquello?…

      El hombre, como era lógico, desconocía el extraño caso que le había sucedido a su cercano vecino Daniel, y sin pensárselo, la cogió entre sus manos y exclamó:

      -¡Pero qué hace esta pequeñina aquí!… ¡Tienes que estar helada con la rosada que está cayendo!… ¡Anda, vamos para la casa que allí vas a estar más calentita y te daré un poco de leche!…

      Tras estas palabras, comenzó a caminar, y tras penetrar en la vivienda se la presentó a su mujer, a quien le encantó su nueva inquilina y dijo que le pondría el nombre de “Riqueza”.

      Pasadas unas semanas de amamantarla y darle toda clase de mimos, el animal, como había ocurrido en el caso anterior, comenzó a desplazarse por toda la pequeña vivienda y alrededores de la casa ante las espontáneas sonrisas de sus salvadores al hacer sus divertidas travesuras y gracias. Ambos se encontraban felices con aquella recién llegada.

      Al día siguiente, Luisa le dio a Fernando la mejor y más deseada noticia de su vida. ¡Estaba embaraza!… ¡Por fin iban a ser padres!…      

      Pasado un tiempo, Fernando abandonó sus mal pagados trabajos como jornalero y comenzó a dedicarse con todas sus fuerzas y una gran ilusión a las labores que exigían sus animales, construyéndoles humildes corrales, conejeras… También amplió la huerta, pues se le había quedado pequeña y cada día que pasaba le reportaba mayores beneficios.

      La gran sorpresa fue, cuando un día, encontrándose el hombre trabajando con la azada en la ampliada huerta, la pequeña gatita “Riqueza” se presentó ante él a un metro de distancia y comenzó a escarbar con sus patas en la tierra frenéticamente a la vez que no cesaba de emitir escandalosos maullidos.

      Fernando, extrañado por el comportamiento tan raro del animal, exclamó limpiándose el sudor de la frente:

      -¿Pero qué te pasa?… ¡Qué ocurre que estás tan alterada!… ¡Anda, quítate de ahí, que sino te voy a dar con la azada sin querer!…

      La gatita, pese a escuchar las palabras del hombre, no desistía en su empeño y seguía escarbando la tierra sin dejar de maullar.

      -¡Bueno, por Dios!… ¿Pero que diantre te ocurre?… ¿Es que te has vuelto loca?… –le dijo con voz paciente dirigiéndose hacia donde ésta se encontraba.  ¡Has de saber que tengo mucho trabajo por hacer!… ¡En fin!… ¡Veamos que tesoro has encontrado!…

      Al momento, Fernando comenzó a picar a la vez que sonreía maliciosamente girando la cabeza de un lado a otro, hasta que en uno de sus golpes de azada chocó con una pieza metálica haciendo un ensordecedor ruido. Extrañado, continuó quitando tierra hasta que, finalmente, desenterró una caja de hierro, la cual, abrió al momento. A Fernando, al ver el contenido que había en ella, se le iluminaron los ojos saliéndosele de las órbitas… ¡Eran fajos de billetes y monedas de veinticinco, cincuenta, quinientas y mil pesetas!…

      ¡Era toda una verdadera fortuna la que se hallaba enterrada en aquella tierra, y él se la había encontrado gracias a la pequeña gatita!… 

      Pegando un gran grito que se oyó en todo el contorno, Frenando comenzó a correr como si fuera una liebre perseguida por un galgo mientras en sus manos llevaba la caja en dirección a la cabaña. En su loca y descontrolada carrera se cayó varias veces, pero eso no parecía importarle, al tiempo que no dejaba de gritar.

      La mujer, al oír aquellos grandes gritos, abandonó sus quehaceres caseros y corriendo, salió a la puerta de la casa de lo más alarmada.

      Finalmente, el hombre, de lo más sofocado y sudoroso, llegó hasta donde se encontraba la mujer, y ésta, toda excitada, le exclamó con un gran gritó:

      -¿Pero qué es lo que te pasa?… ¿Por qué vienes gritando como si fueras un loco?…

      Fernando, medio ahogado, cogió una bocanada de aire y le exclamó:

      -¡He encontrado una caja!… ¡Una caja!… ¡Ay Luisa!… ¡Qué me va  a dar algo!… ¡Te juro que me va a dar!…

      La mujer, sorprendida por el comportamiento de su marido, lo miró de arriba a bajo, y poniendo los brazos en jarras le contestó:

      -¿Una caja dices?… ¡Y por eso tanto jaleo!… ¡Pareces tonto!… ¡Menudo susto me has dado!…

      Fernando, de lo más emocionado y sonriente, avanzó hasta donde se encontraba ésta y abrió la caja ante sus narices. La mujer, al ver todos aquellos fajos de billetes y monedas se quedó tan blanca como la leche, y reculando, se apoyó sobre la pared de la casa exclamando:

      -¡Ay Fernando!… ¡No me lo puedo creer!… ¡Qué no me lo puedo creer!… ¿Seguro que no estoy soñando?…

      -¡Pues ya puedes ir creyéndotelo porque son auténticas monedas y billetes de curso legal del Banco de España!… ¡Y son nuestros!… ¡Nuestros!…

      Luisa, tragando saliva, le preguntó:

      -¿Y dices que los has encontrado en la huerta?…

      -¡Así es amor!… –le respondió Fernando de lo más emocionado. ¡Estaban en la huerta metidos en esta caja!… Me encontraba removiendo la tierra cuando apareció “Riqueza” y se plantó ante mí comenzando a escarbar la tierra y a maullar escandalosamente como si se hubiera vuelto loca, como cuando le piso el rabo sin querer. Extrañado, me puse a picar donde ella me indicaba y… ¡Me la encontré!… ¡Allí estaba!… ¡Allí estaba la caja!…

      La mujer, sin poderse contener y llena de una gran alegría, abrazó a su marido con todas sus fuerzas y comenzó a llenarle la cara de besos.

      Una vez caída la noche y recogidos entorno a la cocina, Fernando, después de haber estado pensativo un rato, exclamó:

      -¡Lo que aún no entiendo es quien ha podido ser el que ha enterrado ese dinero ahí!… ¡Mira que le doy vueltas a la cabeza pero no le encuentro una explicación!…

      La mujer, dando una fuerte palmada con sus manos, soltó:

      -¡Pues si piensas un poco, la cosa es de lo más sencilla!…

      -¡Pues ya me dirás, porque por más vueltas que le doy sigo en sota, caballo y rey!…

      -¿A quién compramos esta casa, si así se le puede llamar, que nos costó grandes sudores y lágrimas?…

      -¡Al Inocencio!… –le respondió el hombre al momento sin dudar.

      -¡Bien!… ¿Y cómo le llamaban en el pueblo de mote?…

      Fernando pegó un chasquido con los dedos y afirmó:

      -¡Sí!… ¡Ahora caigo!… ¡El tío miserias!…

      -¡Exacto!… –le dijo la mujer. ¡El que no comía para no cagar!… ¡Ese fue el que enterró esos dineros y desde hace diez años el pobre ya dobló la oreja!… Por tanto, ese dinero nos pertenece… ¡Es nuestro!… ¡Y sólo debemos darle las gracias por haberlo enterrado en nuestro terreno!… ¡Ah, y por su puesto también a la gatita por haberlo encontrado!…

      A partir de aquel día, la vida de Fernando y Luisa cambió por completo. Todo comenzó a ser distinto para ellos gracias a la pequeña gatita llamada esta vez “Riqueza”.

      Comenzaron a rehabilitar y ampliar su humilde y cochambrosa cabaña hasta convertirla, en poco tiempo, en una gran casa, la cual, llegó a albergar una docena de confortables habitaciones.

      A la par, mandaron edificar una gran cuadra con capacidad para alojar a unas cien vacas. Gallineros aquí y allá, conejeras, pateras, así como también decidieron comprar más terrenos. Todo, todo, había cambiado mágicamente debido a aquel pequeño animal.

      Transcurrió el tiempo, y por capricho del destino, un día, casualmente, pasó por el camino situado junto a la casa de Fernando, Daniel, quien sin poder dar crédito a lo que veían sus ojos, divisó a lo lejos a la gatita,  y con gran emoción, comenzó a llamarla.

      Al momento, el animal, al oír la voz de Daniel, comenzó a correr hacia él, y tras rozarse cariñosamente contra sus pantalones mientras ronroneaba, era acariciada de la manera más cariñosa por éste.

      -¿Sabes que nos has tenidos muy tristes y preocupados desde que desapareciste?… ¡No entendemos porque te fuiste!… ¡Nosotros siempre te tratamos bien!… -le decía Daniel a la gatita con la voz entrecortada mientras no paraba de acariciarla.

      CONTINUARÁ…

      Nota de interés: Según mis investigaciones, en las bibliotecas de nuestro país y fuera de él, he llegado a recopilar y meter en mis archivos más de una docena de estos extraordinarios casos, que realmente han sido ciertos: los de gatos con alas.

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