DICHOS IRÓNICOS Y SARCÁSTICOS

11).-                         El Ermitaño Solitario

Sarcasmo Sátiro Rural

(Este breve relato está dedicado a los psicólogos para que lo estudien en profundidad)


    En cierta ocasión, un hombre en un pueblo, señalándome unas preciosas montañas del Pirineo catalán, me relató que hace un tiempo vivía en ellas un solitario ermitaño que llevaba diez años viviendo en una pequeña y escondida cabaña en sus más profundos y frondosos montes.

    Me aseguró que el hombre, ya de avanzada edad, era muy feliz pese a su aislada soledad, ya que durante estos años no había mantenido una conversación con nadie.

    Era libre, como el aire mañanero en su prisión natural. Tenía todo lo que un ser humano puede llegar a soñar.

    Su pequeña huerta, dos o tres gallinas aquí y allá, fuego para pasar las noches invernales calentándose, un camastro  y viejos libros llenos de polvo…

   ¡En pocas palabras, todo lo que un ser humano puede llegar a desear en esta vida! Lo único que ansiaba con todas sus fuerzas era tener comunicación, como la que todos tenemos con nuestros semejantes. ¡Tan sólo eso le faltaba!

   -Y mire usted por donde… –me dijo quien me hablaba-: Fue en un día, que era Sábado… ¡Que digo leches!… ¡Ya se me va la cabeza!… ¡Domingo!… ¡Si!… ¡Era domingo!… ¡Me acuerdo porque también fue el día en que Dios descansó!…

   Bueno, pues fue entonces cuando se encontró en el monte con un hombre que paseaba, el cual estaba hasta los mismísimos de su cotidiano trabajo, de la ciudad, de sus obligaciones como padre, marido, hipotecas, del IRPF ese y de todos los demás cantares. ¡Y oiga! Visto desde lejos parecía que echaba chispas. Fíjese como sería la estampa que hasta los guardias forestales temían por la floresta. Aquel tipo era una verdadera reliquia de las modernas civilizaciones que hoy en día existen en las ciudades…

    Pues bien, a buenas o a malas, como le digo, se encontraron. Al ermitaño, al verlo, se le iluminaron los ojos pensando que por fin podría hablar con alguien y acercándose a él muy sonriente le dijo con tono amable:

   -¡Hola hombre!… ¿Cómo estás?… ¡Encantado de verte!… ¿Qué es de tu vida?… ¿Quieres fumarte un poco de menta?… ¡Es muy bueno para los pulmones y además es lo único que puedo ofrecerte!…

    El hombre, que estaba más quemado que la pipa de un pastor y tenía cara de venganza, ya que según parece estaba buscando al culpable de todos sus males, por lo que lo miró con desprecio pensando que estaba loco y le contestó con voz airada:

   -¡Perdone señor como se llame, uno, que sepa, no ha tenido el gusto de dirigirse a usted y además no le he pedido nada!… ¡No sé si me explico!…

     El ermitaño, se quedó un tanto retraído ante la imprevista respuesta que sus oídos habían escuchado y al instante le respondió amablemente:

   –¡Hombre, nada más cortés me parece invitar a un buen mozo como usted a fumarse un poco de menta!…

     El hombre, rechinando los dientes, cuyo sonido se podía oír, dio una fuerte patada a uno de los árboles y encarándose con el ermitaño le dijo en un tono bastante desagradable:

  -Mire señor “bosquero”… ¡Lo único que quiero es pasear y descansar, estoy harto de la gente, de los coches, de las motos, de mi despacho y hasta de la madre que parió a mi mujer!… ¡Y no me faltaba otra que encontrarme con un tío rupestre y plasta como usted que viene a darme la brasa!… ¡Esto es horrible y además me está volviendo loco!… ¡Vamos, que no le puedo aguantar!… ¡Y no me venga a tocar más las bolas con esa mierda de la menta!… ¡Con todos mis respetos váyase a la mierda!… –se paró en seco haciendo un silencio y remató-: ¡No!… ¡A la mierda no!… ¡Váyase a la mismísima mierda con su menta de los huevos!…

    El hombre, de lo más cabreado, comenzó a caminar por uno de los senderos con paso rápido hasta que desapareció.

    El ermitaño, de lo más perplejo y pasmado agachó la cabeza y comenzó a caminar mientras que sus ojos miraban a la tierra del camino, y para si mismo exclamó:

    -¡No entiendo nada de nada!… ¿Qué será eso de ser un plasta o darle la brasa?… – y sin parar de caminar, al cabo de unos pasos añadió-: ¡Me temo que voy a tener que esperarme a otros diez años más para poder encontrar a otro que me hable y me explique lo que es eso de la plasta y la brasa!…


                                                                  Continuarán….

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