LA MARIBLANCA.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“LA ESTATUA DE PIEDRA”


CUANTAS COSAS NOS DIRÍAN LAS PIEDRAS A LOS SERES HUMANOS SI PUDIERAN HABLAR.


 

 

 

 

MADRID. AÑO 2002.


MES DE FEBRERO.


 

 

 

Llevaba varios siglos viendo a la gente pasar por debajo de mí, pero apenas unos pocos se daban cuenta de mi presencia.

Algunos me tiraban fotografías, pero nadie sabía nada sobre mi historia, salvo algunos madrileños de pura cepa.

El único anhelo que tenía era el de poder ser persona, como cualquiera de las que pasaba a diario por La Puerta del Sol.

Dentro de mi moldura de piedra, latían grandes ilusiones y un corazón, que aunque de piedad, sentía.

Alguien, en tiempos inmemoriales, me dijo que una noche de luna llena con fecha capicúa las piedras podían pedir un deseo.

Mucho esperé para que esto sucediese, y por fin, ocurrió el dos de Febrero de 2002.

El reloj estaba dando las doce, llovía y hacía mucho frío. Fue entonces, cuando decidí pedir mi tan ansiado deseo.

De pronto, sentí que mi corazón empezaba a latir.

Mientras me bajaba del pedestal en el que había estado tanto tiempo, noté como mis manos y mi cara se transformaban. ¡Ahora tenía carne!… ¡Me había convertido en un ser humano!…

Loca de contenta, comencé a caminar por la calle de La Montera, con el fin de comprobar lo que era el mundo real… ¡El mundo de los seres humanos!… ¡Sentía frío, pero aun así me sentía de lo más feliz!… ¡Mis sentidos me respondían!…

Subiendo, a media calle, me encontré con un anciano, el cual estaba refugiado en un portal tapado con unos cartones. Me acerqué a él con el propósito de abrazarle y éste, al momento, de lo más agresivo, me gritó:

-¡No tengo dinero, y además, no quiero nada con putas!… ¡Anda, date el dos a ver si encuentras a un “gilipollas” al que sacarle la pasta!…

Tras aquella violenta repuesta, me quedé pasmada y comencé nuevamente a caminar calle arriba hasta llegar a una gran avenida, la cual leí que se llamaba La Gran Vía.

Más tarde, llegué a una plaza, donde cientos de jóvenes se encontraban, al parecer, celebrando una fiesta.

Sin pensármelo, me acerqué a ellos y descubrí que se estaban divirtiendo mucho al tiempo que bebían una extraña bebida que resultaba de mezclar dos botellas.

Otros, mientras tanto, no dejaban de aporrear con todas sus fuerzas unos tambores, provocando un ruido infernal, dando en consecuencia, que desde los balcones la gente no dejase de vociferar, diciéndoles que parasen de hacer ruido, ya que así era imposible conciliar el sueño.

Mientras, la mayoría, fumaba unos extraños cigarros a los que llamaban: “canutos”.

Lo peor, fue ver los desperdicios y basura que había tirada por el suelo.

Sinceramente, me asusté, y salí de allí buscando un ambiente que fuera más tranquilo, al mismo tiempo que pensaba que aquello, tan sólo era una pequeña muestra de la juventud de estos años.

De nuevo, comencé a caminar por las calles, hasta que me encontré con otra concentración de jóvenes reunidos. Enseguida me di cuenta de que éstos se reían de una manera incontrolada y a la vez forzada. Su modo de divertirse me pareció muy artificial.

Al momento, me paré en seco y pensé: ¿Será que ya estoy pasada de moda?… ¡Quizá!… -me dije a mi misma.

Seguí caminando y pasé por delante de una puerta de la que salían unos ruidos monstruosos. Aunque un poco asustada, me decidí a entrar.

Cómo es lógico, mi indumentaria no era la más adecuada para aquellos tiempos.

Una vez dentro del local, empecé a escuchar con más claridad aquel ruido al que llamaban música. Estaba todo oscuro, muy oscuro.

Los jóvenes que allí se encontraban iban de un lado para otro con vasos en la mano, sin saber muy bien, a mi parecer, lo que realmente hacían. En una especie de plataforma, bailaban chicos y chicas de una manera frenética, como si estuvieran poseídos o impulsados por una extraña energía.

En una de las barras que había en el local, había un grupo de jóvenes engalanados con extrañas vestimentas, llenos de cadenas colgadas, bebiendo una y otra vez sin parar y muy ansiosamente, a la vez que, de cuando en cuando, alternaban su ajetreada tarea con la de comerse unas extrañas plastillas que se sacaban del bolsillo.

La verdad es que no comprendía nada de todo aquello.

De pronto, y sin esperármelo, un chico moreno, de rostro agradable, con ojos oscuros y sonrisa encantadora, se sentó a mi lado y me dijo:

¿Cómo te lo quieres montar tía?… ¡Anda dime!… ¿De qué vas?…

¡Perdón!… ¿Qué dices?… -le contesté al momento.

El joven, sin pensárselo, puso su mano sobre mi rodilla y, sin dejar de sonreír, me respondió:

-¡“Joe” tía, que rara eres!… ¿Te mola enrollarte con un buen colega, o no?….

Como no sabía en que lenguaje me estaba hablando y no entendía nada de lo que me decía, me limite a sonreírle.

Algo después, me cogió de la mano y arrastrándome al centro del local, empezó a contusionarse como si fuera un poseso.

Intenté seguir sus movimientos, pero por dentro me sentía de lo más ridícula.

Tras el intenso meneo, me agarró por el brazo y salimos a la calle.

-Me llamo Carlos… –me dijo.

-Yo MariBlanca… -le contesté.

Al oír mi nombre, el joven esbozó una burlesca sonrisa, a la vez que exclamó:

-¡“Joe” tía, hasta tu nombre es de lo más “cutre”!… ¡Anda ven, que esta noche nos lo vamos a pasar de muerte!…

Y antes de terminar la frase, me cogió por el hombro y me llevó a un coche que estaba cerca de allí y tras abrirme la puerta, me monté en él.

Una vez estuvimos los dos dentro y tras poner la llave en el contacto, aceleró escandalosamente, saliendo de allí a gran velocidad. ¡La verdad es que sentí miedo, mucho miedo!

Fuimos por una carretera hasta llegar a un pequeño pueblo. La verdad, es que lo único que quería era bajarme del coche.

Aparcamos el coche en una calle y tras caminar un rato, nos encontramos frente a la puerta de un local muy grande y estrafalario. Allí, había dos hombres muy musculosos y cuando nos acercamos, uno de ellos, mientras ponía su mano en el pecho de Carlos, le dijo:

-¡Eh tú, perico!… ¿A dónde crees que vas?…

Mi acompañante, sin amedrentarse y retirándole la mano del pecho, le respondió:

-¡Soy amigo de Chema, y vengo a verle el careto!… ¿Cómo lo ves tío?…

El portero, al oír aquello, se estiró, y sacando pecho, le contestó sonriéndose:

-¡Ya!… ¡Anda, cuéntame otra milonga más enrollada, que esa no me cuela!…

En ese momento, las puertas del local se abrieron violentamente y empezaron a salir por ellas y a toda velocidad jóvenes armados con palos y navajas.

Según me dijo Carlos, eran dos bandas rivales y en cuestión de segundos empezaron a pegarse entre ellos. Aquello era una batalla campal.

Al cabo de un rato, comenzaron a oírse las sirenas de los coches de policía, y todos empezaron a correr despavoridos, mientras que en el suelo, yacía el cuerpo de un joven apuñalado.

-¡Venga tía, hay que darse el “dos”, que viene “la pasma” y como nos trinquen vamos a ser nosotros los que nos comamos el marrón!…

Tras una desenfrenada carrera hacia el coche,  nos metimos dentro y salimos a toda velocidad de aquel lugar, mientras que yo no paraba de preguntarme a mi misma donde se encontraba la gente pacífica y humana de mi querido Madrid.

CONTINUARÁ…

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