NICOLÁS,         

               EL MÁS RICO DEL CEMENTERIO.

 

                 Saber manejar una fortuna es todo un arte, ya que existen pocos que lo sepan hacer.

 

   TUDELA. AÑO 1975.

 

     Nicolás nació a principios de 1900 en la localidad que cito, y murió en ella setenta y cinco años después.

    Según me dijeron, fue el único hijo que tuvo la familia Gurruchaga, cuyos padres se llamaban Iñaki y Edurne, los cuales eran conocidos con el sobrenombre o mote de: “Los Cuervos”. Esto era debido a la  mala fama que tenían por su miserable forma de vivir, ya que aunque poseían una gran fortuna, vivían como los más pobres de toda la comarca, pues su única satisfacción, tanto la de los padres, como posteriormente la de Nicolás, era la de atesorar dinero, dinero y más dinero.

     Las gentes solían decir, en especial don Ginés, que era un hombre culto y había estudiado en la universidad de Pamplona, que lamentablemente, aquella familia, desde siempre y por su naturaleza, estaba presa de una grave y peligrosa enfermedad, que se había convertido en obsesión, a la cual él denominó: “Síndrome de Diógenes económico”

     Y no se equivocaba, ya que sus padres fallecieron allá por el año veinte a causa de una mala y miserable alimentación. Y todo por no gastar y así poder acumular más dinero.

     Según me contaron, su hijo los enterró sin ni si quiera celebrar una misa, un funeral o poner flores en sus tumbas.

     Todo ello, como es lógico, dio mucho que hablar entre las gentes del pueblo. Decían que aquel entierro había sido el más pobre y miserable de todos los que se habían llegado a conocer.

     Nicolás, para justificarse, alegaba a los pocos que querían oírle, que un buen entierro costaba muchas “perras”, y por tanto todo aquello era un derroche innecesario. Su celebre frase, desde siempre, y conocida por todos, era: “El muerto, muerto está, y ya ni sufre ni padece”

    Desde su infancia, Nicolás siempre había sido muy introvertido, solitario, malicioso y, sobre todo, acaparador, pues nunca dio la menor opción a nadie para que ganara dinero.

    En su adolescencia, según dicen los lugareños, no se le conoció relación alguna con ninguna moza, ya que pensaba que todas querían juntarse con él porque tenía los riñones bien cubiertos.

    Poseía grandes extensiones de terreno vinícolas que todas las temporadas le reportaban buenos ingresos, pagando a los jornaleros por su trabajo verdaderas miserias, al igual que recaudaba numerosas y elevadas rentas de sus destartaladas casuchas y pequeños y áridos campos.

     Pasados los años, y ya con una avanzada edad, se había convertido en un despreciable usurero, conocido en toda la comarca como “El Cuervo”. Sus préstamos recordaban a los de los personajes de esta natura que están plasmados en los libros de Cervantes y Quevedo.

     El dinero que prestaba, si hacemos un símil, era como prestar hierro para posteriormente cobrar oro. Además, si no se cumplían los plazos establecidos, se quedaba con lo poco que poseyese su deudor sin ninguna piedad. Nunca hizo excepciones y nunca se apiadó de sus deudores fuese cual fuese su situación.

      Todo ello le reportaba numerosas ganancias, pues de una manera u otra, el beneficio que obtenía era de lo más cuantioso.

     Lo único que le satisfacía era acaparar dinero y más dinero.

     La casa en la que vivía era la más grande del pueblo, pero a su vez la más pobre, ya que se encontraba totalmente abandonada y en ruinas. Su jardín estaba poblado de grandes matojos; las ventanas y maderas, podridas; y los cristales, rotos. El tejado tenía goteras por doquier; y en el interior de la casa, más de una rata compartía la hacienda con él.

     A Nicolás esto no le quitaba el sueño, en especial cuando bajaba al sótano y veía con ojos codiciosos los sacos llenos de monedas y billetes que había en las estanterías, que desde el suelo, llegaban hasta el techo. ¡Esa era su mayor satisfacción!… ¡Contar el dinero una y otra vez y noche tras noche!… ¡Esa era su verdadera vida!… ¡Su néctar!… Lo demás, ni contaba, ni tenía importancia para él.

     También era sabido que siempre llevaba consigo dos libretas. En una, tenía apuntados a todos sus deudores, la fecha en la que le debían pagar y la cantidad a cobrar. En la otra, apuntaba a todos aquellos a los que debía denunciar por haber incumplido cualquier condición de las pactadas. Estas denuncias, las formalizaba a través de sus rastreros y tragones “amiguetes” de los ayuntamientos, quienes ejecutaban las órdenes de Nicolás con preferencia a cambio de sus favores o de algún dinero bajo mano.

     El viejo usurero era temido en toda la comarca, y más, cuando iba arrastrando la pierna mientras la apoyaba en una raída y oxidada muleta, pues se sabía que cuando tenía estos achaques, era frecuente que, debido a sus dolores, se dirigiese a darle una mala noticia a algún vecino.

     En cuanto se acercaba por alguna casa, sus moradores decían en voz baja: ¡Ahí está “El Cuervo”!… ¡Ya viene a comernos las entrañas!…

     Un día se acercó a la casa de Imanol y tras aporrear la puerta fuertemente con su muleta, este abrió y se encontró con él.

      -Bueno, querido Imanol. ¡Hasta aquí hemos llegado!… ¡Hoy es día de cobro!… -le dijo Nicolás en tono seco- ¡Vengo a que me devuelvas el dinero que te presté y como sabes, también los intereses!…

     El hombre, al momento, se puso pálido y balbuceando a media voz, le contestó:

     -Don Nicolás. Usted sabe que este año ha sido horrible, uno de los más horribles que hemos tenido en esta comarca. No sólo para mí, sino para todos. Los pocos viñedos que poseo están secos por las heladas y los voy a tener que arrancar. No me han dado ningún fruto, y mi familia y yo no vamos a tener ni para comer. ¡Tenga piedad!… ¡Le prometo que le pagaré!… ¡Se lo juro por mi santa madre, señor Nicolás!…

     El miserable usurero, al oír las desesperadas palabras del hombre, se estiró, y sonriendo maliciosamente, le respondió secamente:

     -¡Ya!… En pocas palabras, que no tienes dinero para pagar tus deudas.

      Tras esto Imanol le contestó:

     -Señor, le prometo que antes o después le pagaré. Soy hombre de palabra y de ley. Pero por favor, hágase cargo de mi angustiosa situación. 

     -¡Me hago cargo Imanol!… ¡Me hago cargo!… ¡Pero esa es tu historia, no la mía!… El caso es que no tienes para devolverme lo que te presté, con lo cual yo no puedo cobrar en la fecha acordada. Que sepas que te voy a denunciar para recuperar lo mío. Probablemente me quedaré con  tus tierras y con tu casa. Yo  no soy una hermanita de la caridad. Además, tú te lo has buscado.

     Al momento, Nicolás sacó su temida libreta y lo apuntó en ella, a la vez que le añadía gritándole escandalosamente-: ¡En este mundo en el que vivimos es muy fácil pedir y pedir!… Pero luego, a la hora de la verdad, ¡ay, el pagar!… ¡Qué jodido es el pagar!…

     Imanol, de lo más desesperado,  agarrándole la mano, se puso de rodillas y le suplicó:

      -¡Señor, tenga a bien seguro que cuando pueda le pagaré hasta el último céntimo!… ¡Pero no me denuncie por favor!… ¡Me dejará sin casa y sin tierras!… ¡Será mi ruina!… ¡Mi familia y yo nos moriremos de hambre!… ¡Tenga piedad por favor!… ¡Se lo ruego!…

     Nicolás, tan impasible como de costumbre, cerró su libreta y le contestó:

     -¡Yo no tengo piedad ni nunca la he tenido!… ¡El que pide sabe que tiene que pagar y el que presta, cuando cobra, descansa!…

     CONTINUARÁ…

    

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