EL ÁNGEL DE VITORIA.

 

                      Dedicado a todos los habitantes de Vitoria.

     Soñar nada cuesta, por eso las gentes sueñan. Algunos, consiguen convertir sus sueños en realidad, otros, por el contrario, tan sólo en sus desgracias.

 

  VITORIA 1975. 4 DE AGOSTO.

 

     Hacía calor, demasiado calor, pero yo tenía frío, mucho frío. ¡Un frío de muerte!… Creo que era debido a la alta fiebre, pero ¡No me importaba!… ¡Se me pasaría!… ¡Cómo siempre!… Mucho había luchado ya contra esa maldita, pero en los últimos años me atacaba cada vez más y con más frecuencia.

     En aquella noche de verano el cielo estaba raso y con muchas estrellas, que brillaban con intensidad.

     Contemplando tal esplendor, decidí taparme la cabeza con mi manta raída, arrimándome más a la pared, ya que no podía disfrutar de aquello con plenas facultades. Los cartones que tenía debajo del cuerpo me protegían del frío, aunque sólo en parte, ya que todo mi ser tiritaba como si estuviera en Diciembre. ¿En qué mes estaba? -me pregunté-  ¡Ah ya!… ¡Era Agosto!… ¡Y estábamos en verano!…

      Entonces, vino a mi mente un dulce pensamiento. ¡Mañana empezará la fiesta en Vitoria!… ¡La fiesta de La Blanca!… ¡El día del chupinazo!… ¡“El Celedón”!… ¡Qué bellos recuerdos!… ¡Mi bonito vestido de “Neska”!… ¡Los blusas!… ¡La música!… ¡Los petardos!… ¡El día del guarro!… ¡La gente por las calles cantando alegremente toda clase de canciones!…

      Para mí, eso era ya un viejo y lejano pasado de lo más amargo, pues por cosas del destino, lo había perdido todo en esta vida.

     El último en morir había sido mi padre, al cual adoraba y a quien ya recuerdo vagamente, pues por entonces yo era todavía muy joven.

     Era un hombre muy trabajador y muy serio, que quería mucho tanto a sus hijos como a su mujer.

     Cuando él murió, yo ya no tenía nada que hacer en Vitoria, pues me quitaron la casa en la que mi familia había vivido durante tantos años por no poder seguir pagándola.

    CONTINUARÁ…

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