JUANITO EL BAILADOR

 

ALICANTE. AÑO DE 1950.

 

     Todo aconteció en las afueras de la ciudad de Alicante,  cerca de donde se encuentra la localidad conocida como: El Saler, donde por ese tiempo vivía la familia de Los Montoya, de origen gitano, la cual habitaba en una humilde chabola construida con raídos y viejos maderos, cartones y algunas cosas más.

     Rafael, que así se llamaba el padre, y María, la madre, tenían dos hijos. Uno de ellos se llamaba Tinín y tenía diez años de edad, resultando ser un chico de lo más revoltoso y avispado. Y su hermana, Pepita, de seis años.

     Debido a la dura situación económica de aquellos tiempos, los hijos de Los Montoya nunca habían llegado a pisar ninguna escuela, lo que venía a decir que ambos, tristemente, no sabían ni leer ni escribir, lo cual era bastante frecuente en España en aquellos tiempos.

     Donde habitaban, habían hecho un pequeño huerto de lo más humilde, al que regaba un pequeño riachuelo, aunque a medias, donde sembraban algunas hortalizas. También tenían varios conejos y gallinas en viejos cajones de madera. No era mucho, pero junto al poco dinero que ganaban recogiendo chatarra aquí y allá, les llegaba para seguir sobreviviendo, aunque fuera malamente.

     Comenzando el mes de Junio de aquel año empezaban las fiestas de la ciudad, las cuales eran conocidas como Las hogueras de San Juan.

     Rafael Montoya, como hacía todos los años, durante las fiestas, dejaba de recoger chatarra y junto a su mujer y a sus hijos se instalaba en el conocido paseo de La Concha o de Las Palmeras. Allí instalaban un improvisado tenderete para vender pipas, caramelos o cualquier otra “chuchería” para vendérsela a todo el que pasara por allí y estuviera dispuesto a comprársela. Sabían que durante el tiempo de fiestas podían llegar a juntar algún dinero.

      Al cabo de unos días, se presentó ante ellos “El tío Heredia”, que era un conocido tratante de ganado, quien desde hacía años tenía amistad con Rafael.

     -¡Parece que el negocio que “tas montao nel” paseo no te está yendo “ná” mal Rafaelillo! -exclamó  éste apurándose un medio puro lleno de babas mientras se apoyaba en su vieja cachaba-: ¡Como veo estás ganando muchas “chuquelas” este año en la farra de San Juan!…

     Rafael contestó a sus palabras humildemente bajando la cabeza:

     -¡“Güeno”!… ¡Digamos que no “manpuedo quejá” don Cosme!… ¡“Pa” una vez al año que se pueden ganar algunos “jurdós”!… ¡No creo “queso maga” ningún daño! -le contestó Rafael de lo más contento, a la vez que le añadía-: “Tamién” está la parte mala, que “lai”. Y es la de traer “tol rato” los géneros desde los almacenes “hastaquí pa” vender. ¡Acaba uno “reventao”!…

      Tras escucharlo, El tío Heredia se sonrió a la vez que le contestaba:

     -“Pue” mira por donde, veo que “vas  tener” un día de suerte, porque creo que tengo la solución “pa tú”.

     -¿Y “cuala” es ella compadre? –interrogó con curiosidad Rafael mientras no dejaba de despachar a la gente.

     -¡Mira!… Entre los animales “que  traído” a la feria hay un caballo enano, “ques duna marca” rara, a la que llaman “Pouni” o algo así. El caso es que quiero deshacerme “del” porque “naide” me lo “quié comprá”. Y creo que “a tú” te vendría muy bien, ya que si pones empeño te “traspotará” las mercaderías desde donde las compras “atal” puesto y luego “ata” casa.

     Rafael, rascándose el cogote, miró a su hijo y le respondió:

     -¡Ya!… ¡“Güeno”!… Si te digo la verdad no me vendría “ná” mal, pero, ¿Cuánto “jurdós me quitarías” por él?

     El hombre, subiéndose los pantalones y tirando la colilla del puro, sonrió de lo más amistoso y exclamó:

    -Pocos “jurdós” hombre, que “semos” casi familia. ¡Estate “templao” que no pienso hacerme “milonario” con este negocio “con tú”!… ¡Anda!… Dame veinte duros y el “pouni” es tuyo.

     Al momento, Tinín que había estado expectante oyendo la conversación de ambos, le dijo a  su padre:

     -¡Dáselos “pápa”!… ¡Qué nos vendrá muy bien “pá” no cargar como mulos!… ¡Además “la Pepi” y yo “jogaremos” con él y lo “cipillaremos” mucho!…

     El padre, al escuchar lo que decía el chiquillo no se lo pensó, y metiéndose la mano en el bolsillo sacó los veinte duros. Y extendiendo la mano hacia el hombre le dijo:

     -¡“Dacuerdo”!… ¡Trato hecho!… ¡Como ves, los “chinorris” siempre ganan!… ¿Dónde “tiés” la joya?

     -En un “descampao” pastando. Dame media hora y “ti” lo traigo aquí. ¡Ya verás cuando lo veas como no “te  guindao”!

     Una vez terminada la conversación, el tío Heredia salió disparado por el paseo hasta que desapareció entre la gente.

     Al cabo de un rato, éste se presentó ante ellos con el Pony, que era de raza enana, pues su alzada no superaba el metro de altura. Su pelaje era  marrón, de lo más intenso, el cual hacía que resaltasen sus redondos ojos azules mientras sobre ellos  caía su hermosa y sedosa crin.

     -¡“Güeno”!… ¡Pues “ná”!… ¡Aquí estamos!… ¿Qué te parece?… ¡A que es majo!… ¿No me digas que no es un buen regalo compadre?

     Rafael se acercó al animal y acariciándolo suspiró:

     -¡Si tú lo dices!…

     Y al momento el tío Heredia le contestó:

     -¡Ya verás compadre como no “te vas repentir” de la compra “cas” hecho!

      -¡Espero que no!…  -exclamó Rafael a la vez que miraba a sus hijos-: Ya veremos lo que dice “la máma” cuando vea la compra “quemos” hecho.

     -¡No dirá nada! -saltó Tinín dirigiéndose a su padre a la vez que acariciaba al animal-: Y si dice, que diga. Le contestas que “la Pepi” y yo “semos” los “quemos comprao” al caballito con nuestras “chuquelas”.

     -¡Ya lo has oído Rafaelillo! -exclamó “El tío Heredia” de lo más satisfecho con los dineros en el bolso-: ¡Lo que dice “El calorrillo”!… ¡Haber si tomas nota campeón!… ¡“Güeno”!… ¡“Tengo que marchar” para seguir con mis negocios en la feria!… ¡Porque hay que aprovechar la “farra” hermano!… ¡Con Dios compadre!…

     Dichas estas palabras, ambos  estrecharon sus manos y el tratante de ganado comenzó a caminar por la calle del ferial hasta que desapareció entre la multitud. Mientras, el ahora adorado padre no cesaba de mirar como sus hijos acariciaban al pony una y otra vez con gran cariño.

     -¡“Güeno”! -exclamó Rafael con el rostro sonriente y dirigiéndose a sus hijos les preguntó-: ¿Y cómo lo vais a llamar?

     Tinín, de lo más dispuesto, se acercó a su padre y sin titubear le dijo:

     -¡Juanito “pápa”!… ¡Juanito!… Así le llamaremos.

     -¿Juanito?…

     -¡Si!… Porque a “la Pepi” y a mi nos “agusta” mucho ese nombre.

     Rafael volvió a sonreír una vez más por la rotunda decisión tomada por sus hijos y moviendo una y otra vez la cabeza, les respondió:

     -¡“Dacuerdo, dacuerdo”!… ¡Le llamaremos Juanito si vosotros “querís”!… -el hombre acarició al caballo a la vez que le decía-: ¡Juanito, a ver como “taportas” con Los Montoya!…  Horas más tarde, llegó al tenderete María, de lo más sofocada y cargada con dos grandes bolsas, las que depositó en el suelo y al levantar los ojos mientras se  limpiaba el sudor que desprendía su frente, vio atado a Juanito junto a tenderete. Al momento la mujer se dirigió a su marido:

     -¿Y este penco?… ¿Que pinta aquí “marío”?… ¿De quién es?…

     Su marido balbuceando, contestó con voz temblorosa:

     -¡Es nuestro María!…  ¡Es que vino “El tío Heredia”!… ¡“Güeno”, ya le conoces!… ¡“Mi dijo” que me lo vendía barato!… ¡Nos puede ayudar a traer las mercancías del almacén al puesto y llevarlas “ata” casa!… ¡Además, los niños lo “quirían”!….

      Tras escucharlo atentamente se encaró con él:

     -¿Y cuantos “jurdós ta sacao” por esta joya el pájaro del “Tío Heredia”, si “pué” saberse?… Según “mandicho tien” fama de vender gato por liebre…

     Rafael tragó saliva y con el rostro más pálido que una sábana recién lavaba le contestó:

     -¡Veinte duros mujer!… ¡Tan sólo veinte duros!…

     Al oír sus palabras puso los brazos en jarras y arrugando el ceño le gritó:       

     -¡Olé, olé y olé!… ¡Ole por mi “marío” del alma!… ¡Qué es “un julai” de tómbola barata y le tocan “las jiñas” que no quieren ni los “payos”!… ¡Anda que comprar un caballo!… ¡Un caballo que no es ni caballo ni “ná”!… ¡Pequeñajo, patizambo y encima cabezón!… ¡Veinte duros!… ¡Tu estás mal de la “chola”!… ¡Eres “un tolai marío”!…

     -¡Fueron los “chinoris” los que se empeñaron en la compra del animal máma! -se defendió Rafael una y otra vez ante su mujer.

     -¡Ni “chinorris” ni ostia en vinagre “mojá” en pan duro!… Lo que digo “bato”, ¡éramos pocos y la “güela” parió!… ¡Menuda “maula ta metío el avispao” del “Tío Heredia”!… ¡Anda que no sabe “ná” el bicho ese!…

    Menudo espectáculo le montó la mujer al marido en el paseo de La Concha. Podía haber sido digno de ser llevado a las páginas de la historia española de aquellos años.

     El pobre Rafael no sabía donde meterse ante “el cante” que una y otra vez le profería su exaltada mujer en el paseo y ante todos los que por allí pasaban. El hombre, ante aquella situación, lo único que quería era meter la cabeza bajo tierra como había oído decir que lo hacían los avestruces en la lejana Australia.

     Según cuentan las gentes, su mujer estuvo durante muchos días con el rostro más arrugado que una gaita escocesa y no le quiso dirigir la palabra a su marido durante algún tiempo por la compra de aquel animal.

     Pasados unos días, Rafael, resignado por “la mala follada” que tenía su mujer, construyó un pequeño carro en el que enganchó a “Juanito” y se marchó a comprar las mercaderías del día para llevarlas al paseo y venderlas, mientras que la gente, al ver al pequeño pony tirando del carro, se sonreía, haciendo, unos con otros, toda clase de comentarios.

     Sin Rafael saberlo ni darse cuenta, día a día que pasaba, él y Juanito empezaban a hacerse de lo más populares en su cotidiano recorrido.

     Transcurrido un corto tiempo ambos llegaban al paseo donde se encontraba el tenderete y tras descargar el carro con las mercaderías, el hombre desenganchaba al animal y lo ataba a uno de los bancos cercanos.

     Transcurridas las horas y llegada la media tarde, sin que nadie se lo esperase, ni siquiera la familia de Los Montoya, ocurrió lo que sorprendente aconteció.

     Juanito, como ya se ha relatado, estaba atado a las patas de un banco, cuando de pronto, entró por el paseo una alegre y bullanguera banda de música, la cual interpretaba el famoso pasodoble  conocido popularmente en toda España como: Paquito “El Chocolatero”. Compuesto en la localidad alicantina de Concertaina en el año 1937, por  el compositor Pascual Falcó.

     Cuando las gente comenzó a oír  su tradicional y querido pasodoble, todos se pusieron a bailar en filas como siempre lo habían hecho sus abuelos,  sus padres  y ahora ellos.

     Juanito, al oír el alboroto que formaban todos los presentes por motivo de la música, comenzó a ponerse nervioso, muy nervioso y empezó a moverse de un lado para otro inquieto, muy inquieto, hasta que finalmente se alzó sobre las patas traseras y se puso a bailar al son de la música que estaba sonando con una gracia sin igual y levantando sus patas delanteras al aire, empezó a girar una y otra vez en torno a si mismo.

     Los presentes, al ver el espontáneo espectáculo con el que les estaba deleitando el animal y los graciosos movimientos que estaba realizando al son de la música, cesaron de bailar y comenzaron a acercarse hacia donde se encontraba, mientras éste seguía bailando alegremente “El Chocolatero” como si se encontrara solo.

     Los turistas, en especial, los alemanes, franceses e ingleses no paraban de hacerle fotografías, mientras le aplaudían sin cesar, exclamando una y otra vez: ¡Oh good!… ¡Very good!… ¡Very, very good!… ¡Fantastic!…

     El avispado de Tinín, que no tenía ni un pelo de tonto, dándose cuenta de lo que estaba ocurriendo mientras sus padres se encontraban atónitos con la boca abierta viendo lo que estaba sucediendo, desató al animal y acto seguido se quitó la gorra para pasarla ante los allí reunidos, los cuales, sin pensárselo, echaban mano a sus bolsillos para sacar algo de dinero y dárselo al chico ante los atónitos ojos de sus progenitores que no se creían lo que estaban viendo.

     Una vez caída la noche y habiendo recogido el tenderete,  la familia regresó a su casa y tras contar el dinero recaudado Rafael exclamó de lo más contento:

     -¡No me lo “puó” creer María!… ¡Por mi santa madre!… ¡No me lo “puó” creer!… ¡Mira!… Con el puesto hemos hecho doscientos duros y Tinín con Juanito ha “rebañao de los payos” seis mil pesetas, más “tós” estos billetes y monedas extranjeras que no sé lo que serán en “jurdós españoles”. ¡Juanito es un ángel María!… ¡Un ángel que nos “va sacar” de la miseria en la que vivimos!… ¡Lo “quel pápa” te diga María!…

     A partir de aquel día, tras haber visto el rotundo éxito monetario que le reportaba el animal todos los días, sin dudarlo, Rafael fue a una de las tiendas de la ciudad para comprar un aparato de reproducir música. Una vez adquirido, Los Montoya se marcharon una vez más al paseo de La Concha.

      Una vez allí, montaron su humilde tenderete de venta, como era cotidiano, para que posteriormente y a medida que caía la tarde, sonase “El chocolatero”.

      En el momento en el que Juanito comenzó a escuchar la música se puso de lo más contento, y empezó a relinchar para acto seguido ponerse a bailar como ya era habitual mientras Tinín pasaba la gorra.

     Al ver el espectáculo, los transeúntes empezaron a hacer fotos. Otros no podían contener sus risas mientras que no cesaban de aplaudirle y hacer toda clase de comentarios sobre el inteligente animal.  

     A medida que pasaban los días, los comentarios en la ciudad alicantina sobre que Rafael Montoya se iba a hacer millonario con Juanito, iban en aumento.

     Y haciendo referencia a un día ya lejano en el tiempo, y haciendo un paréntesis en nuestra historia, podemos decir que un hombre sabio y docto en letras afirmó en su día: “El éxito de una persona es el fracaso lamentable de lo demás”.

     Y cierta era esa manifestación, ya que un buen día se presentó “El tío Heredia” con cara de pocos amigos y muy seguro de si mismo se dirigió a Rafael diciéndole  con tono seco:

      -¡Mira Rafael!… He “venío dicirte” que “pensao” que “ti voy comprar” al “Pouni” ese por cinco mil duros… ¡Vaya “negocio” que “vas hacer” compadre! ¡Recuerda que “ti” lo vendí por veinte duros!

      Rafael, sonriéndose, le contestó:

      -¡Ay, señor Heredia!… Juanito no está “pa” la venta, ni “pa usté”, ni “pa naide”. Es parte de la familia, y su familia es la de Los Montoya.

      Al oír la repuesta, el tío Heredia arrugó el ceño y le respondió airado:

      -¡Vamos, que “ti vas hacer milonario” a mi costa con “il” penco ese que “ti” vendí por cuatro “guiles”!… ¡Anda, “trinca los jurdos” que “ti doi” si no “quies” tener “poblemas”,  que ya vas bien “apañao”!…

      Rafael encarándose con él y con el rostro muy tenso le dijo:

     -¡Mire, señor Heredia!… Hicimos un trato, y un trato entre hombres, siempre es un trato. A mi no me “convien ná” lo que “usté mi” dice. ¡“Mi” quedo con mi “pouni” y punto!… ¡Ya no “shable” más!…

     El tío Heredia, tras oír la tajante respuesta de Rafael, lo agarró violentamente por la pechera. Su mujer, al ver lo que estaba sucediendo, salió del puesto gritando escandalosamente, al igual que Tinín y su hermana, mientras Juanito, que se encontraba atado, no dejaba de relinchar de lo más enfurecido.

     El que tenga imaginación que imagine la que se lió en el paseo:

    Los dos hombres enganchados el uno al otro, María toda despeinada gritando desgarradoramente y los chicos en torno a ellos, hasta que aparecieron dos coches de policía, que los separaron y tras oír las versiones de ambos, los agentes dieron la razón a Rafael. El animal, Juanito, era suyo, y propiedad de la familia de Los Montoya.

    Transcurrido el suceso y con los ánimos más clamados, se acercó al tenderete un hombre sonriente seguido de otro y con una elegante mujer, y dirigiéndose el primero de ellos a Rafael, le dijo:

     -Perdone. ¿Es usted el señor Montoya?

     -Si… Ese es mi “apellío”. ¿Qué se “lofrece” señor?

     El hombre, sin perder la sonrisa, le respondió:

     -Verá caballero, mi apellido es Feijoo, de espectáculos Feijoo de Madrid. Soy propietario de un circo en la plaza del rey, el cual es conocido como El circo Price, donde están las mejores atracciones de España y del mundo.

     Al oír al hombre el padre de Tinín arrugó el ceño a la vez que le contestaba secamente encarándose con él:

     -Entiendo señor, entiendo. Lo que “usté quié” como tantos otros, es comprarme a Juanito. ¿“Mequivoco”?

      El señor Feijoo se sonrió de nuevo benévolamente y le contestó:

     -Todo lo contrario amigo Montoya. La única pretensión que tengo es contratarlo para mi circo en Madrid y puedo asegurarle que no se quejará de lo que estoy dispuesto a pagarle.

     -Y dígame, señor empresario, ¿de cuantos “jurdós” está “usté” hablando?

     -Bueno, digamos que de momento y  para empezar, para no discutir, le ofrecería a su familia todos los gastos de desplazamiento, comida, vivienda, y por actuar dos veces al día, incluyendo al chico, unas dos mil pesetas a día. ¿Qué le parece señor Montoya?

    CONTINUARÁ…

  

          

 

            

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