LOS  RATONES

COLORADOS

A TODOS LOS MURCIANOS Y A SUS DUENDES, CONOCIDOS COMO: “LOS RATONES COLORADOS”.

Risas en el aire…

Peculiares violines sonando en las noches estrelladas…

Si lo oyes, es que  “Los ratones colorados” se encuentran cerca.

MURCIA. 1930.

Beniel, pueblo cercano a la capital. Acabando el verano.

Muchos de los habitantes de esta región, al igual que el resto de España, habrán escuchado más de una vez la frase tan popular: ¡Eres más listo que un ratón colorado!, sin saber su verdadero origen y significado, tal como le sucedió en su día a un murciano de pura cepa.

-¡Bah! –exclamó Ambrosio a su amigo Tomás de lo más convencido-: ¡Yo no creo  en esas cosas!… ¡Tan solo son cuentos  para gente ignorante!…

Como puede deducirse, Ambrosio no creía en aquellas paparruchadas huertanas, consideraba que tan solo eran cuentos inventados para que los niños se durmieran.

-¡Créeme!… ¡Lo que te digo es tan real como que estoy aquí!…

El que hablaba era su íntimo amigo Tomás, un campesino como otro cualquiera de La huerta murciana.

Durante muchas generaciones, la familia de Tomás había trabajado en las tierras de la huerta y él, ahora, seguía la tradición de sus ya fallecidos padres.

Vivía bien y cómodamente, aunque con lo necesario y sin grandes lujos.

Él y su mujer no habían tenido hijos, pero se querían como el primer día en que se conocieron. Margarita era una buena mujer y por todos era reconocido que era una incansable trabajadora.

Tomás, todos los días, bajaba la cuesta de su casa hasta llegar a la tasca de Antonio para tomarse sus dos cotidianos chatos devino. Este era el único vicio y lujo que tenía.

Casi siempre se sentaba con Ambrosio, su más querido amigo. Hacía más de treinta años que se conocían y Tomás lo consideraba una buena persona, aunque era más terco que un mulo resabiado y no creía en nada. Según su padre, esto se debía a que era comunista, y siempre le solía decir:     ¡Los rojos no creen en nada hijo!… ¡Sólo creen en el comunismo!… ¡Esa es su única doctrina y credo!…

¡Y su padre tenía toda la razón!…

Ambrosio sólo creía en el dinero y en el trabajo, además, por supuesto, en el comunismo, creencia que le había inculcado su padre desde muy niño.

A pesar de las ideas y el tosco carácter que tenía su gran amigo, Tomás lo apreciaba en gran manera, ya que siempre estaba dispuesto a ayudar a la gente en cualquier situación.

Solían discutir frecuentemente por cualquier cosa, aunque todo el mundo sabía que era su costumbre y que la sangre no llegaría al río. Era algo normal y habitual.

Ambrosio vivía solo desde hacía tiempo, ya que su mujer había fallecido. Su fuerte carácter ocasionaba que pocos en el pueblo le hablasen. No obstante, más de uno le vio curando en los campos a varios animales vagabundos o malheridos. ¡En el fondo tenía una alma noble!…

Esta vez, el motivo de la discusión fue que Tomás, desde hacía algún tiempo, le venía contando la historia de unos pequeños duendecillos, que parecían ratones e iban vestidos con casacas rojas, llevando con ellos, además, algo parecido a unos violines. Éste afirmaba que meses atrás él y su mujer los habían visto.

Por mucho que se esforzase en convencer a su amigo una y otra vez, todos sus intentos resultaban inútiles:

-¡Te lo vuelvo a repetir!… ¡Qué tienes la cabeza más dura que una piedra!… ¡Eran unos ratones muy pequeños!… ¡Pero duendes!…

Ambrosio volvió a sonreír maliciosamente ante su amigo, diciéndole:

-¡Parece mentira que un hombre hecho y derecho, con pelos en el pecho, crea en esas patrañas de duendes!… Amigo.., ¡tienes que dejar de beber tanto “Perejil”!…

Tomás, cansado de que dudase de él, aguantó los caballos como pudo y se marchó de la tasca de mala gana ante las mofas de aquel.

Sabía que no era nada fácil convencer a su terco amigo, pero él sabía que lo que contaba era verdad, ya que había visto con sus propios ojos a aquellos pequeños “Duendes”.

Estaba seguro de que éstos existían en la provincia de Murcia, al igual que “los tragus” asturianos, y sabía que se enfadaban cuando los hombres no creían en ellos, pues recordaba una historia que su padre le contó.

La historia, la cual había vivido en sus propias carnes, se resumía en que una noche no pudo conciliar el sueño debido a que no cesaba de escuchar en torno a su casa los estridentes, desafinados y escandalosos sonidos de los violines y las risas de “Los ratones colorados”.

Días después y volviendo a la acalorada conversación que tuvieron ambos días atrás, Tomás, chascando la lengua, le volvió a repetir que él y su mujer los habían sentido y visto, al igual que mucha gente de la comarca, por lo que los habitantes de la provincia habían hecho popular la frase murciana: ¡Eres más listo que un ratón colorado!…

Éste, ya cansado de las burlas y mofas de su incrédulo amigo, se levantó, y encarándose con él, en tono desafiante le dijo:

-¡Bien!… Ya que no me crees, te lo demostraré. Te espero esta noche en mi casa a eso de las doce y podrás comprobar con tus propios ojos que lo que te cuento no es ninguna milonga.

Ambrosio, levantándose de la mesa y sonriendo a su amigo malévolamente, le contestó:

-¡Vale!… ¡De acuerdo!… ¡Allí estaré!… ¡Así podrás demostrarme que todo lo que dices son tontadas y has perdido la chola!…

Dichas estas palabras, los dos salieron de la tasca y allí se despidieron.

Tomás comenzó a caminar hacia su casa sonriendo para si, recordando cuando su mujer tuvo que dedicarse a elaborar unos sabrosos dulces almendrados para “Los duendes”. Con ello, pretendía contentarlos para que dejaran de hacer travesuras en su hacienda, pues las cosas no podían seguir así, ya que éstos, no paraban de hacer travesuras en la huerta. En las plantas de los pimientos habían salido tomates; en las de las cebollas, melones; en el naranjo que estaba junto al pozo, higos; así como su perra, en vez de parir perritos, había tenido gatos. Su mujer pensaba que eran pequeñas travesuras, pero a él le reventaban. ¿Cómo podía pensar que era una pequeña travesura que una perra pariese gatos? ¿Y el trauma que había cogido el animal por tal motivo? Por supuesto, todo esto no lo podía contar en la tasca del pueblo. ¡Todos pensarían que estaba loco! Aunque tal vez, a muchos de ellos, ¡también les había ocurrido algo parecido!

Minutos antes de las doce de la noche, unos golpes sonaron en la puerta y Tomás la abrió encontrándose con su esperado amigo, el cual con rostro burlón exclamó de lo más desafiante:

-¡Bueno amigo!… ¡Ya estoy aquí para que me demuestres que no estás enfermo ni mal de la cabeza! – y mientras pasaba a la casa, sarcásticamente le exclamó a la mujer-: ¡Los ratones colorados!… ¡Vamos!… ¡Qué tienes un marido que está como un cencerro!… ¡Bien!… ¡Si a las doce no han aparecido tus “duendecitos”, yo me voy!… ¡Y si esto ocurre, no quiero que me vuelvas a dar más la paliza con esas monsergas!…

CONTINUARÁ…

 

Anuncios