HASSÁN,         

EL MAGO MORO.

NO EXISTE NADA MÁS TERRORÍFICO EN ESTE MUNDO PARA LOS VIVOS, QUE SUS OJOS VEAN RESUCITAR A LOS QUE CONDENARON INJUSTAMENTE.

TOLEDO. AÑO: 1704.

Cuentan, que a principios del nuevo siglo, llegó a la capital toledana un humilde moro llamado Alí Hassán, el cual, se instaló en una vieja casa de una pequeña calle, que a decir verdad, no era calle, si no un estrecho y angosto callejón, que debido al dramático suceso que allí aconteció en sus días, sus habitantes lo bautizaron como: El callejón de El Moro.

Como es sabido, si leemos en los libros, en los tiempos inmemoriales de la historia, Toledo siempre fue considerada por la cultura del Islám como la capital de La Magia, por tanto, no es nada de extrañar que con el paso de los años cualquier nacido en ese lugar o en esa provincia, alberge en sus más hondos adentros un respetuoso silencio y temor por la brujería, la hechicería y La Alta Magia, llamadas  hoy en día: Ciencias Ocultas.

Alí Hassan, desde el primer momento de su llegada a la ciudad, fue siempre un hombre silencioso, respetuoso, misterioso y enigmático para las gentes, pues según decían no se relacionaba con ellas, así como no se le conocía trabajo alguno, salvo las compras que a diario hacía de hierbas, esencias y aceites en los zocos, pagando por ellas buenas sumas de monedas, lo que provocó, que se llegase a decir que era uno de los tantos alquimistas o magos que pululaban por la ciudad embaucando con sus pócimas y cuentos mundanos a las gentes de pocas y secas seseras para venderles falsas promesas y conseguir favores amorosos, dinero fácil o cualquier otra cosa inconfesable.

Dicen, que cierto día de mañana, salió Hassán de su casa y caminó por el callejón hasta llegar al final de él, donde se encontró con un mendigo harapiento que estaba tirado en el suelo al que le faltaba una de sus piernas y que con voz lastimera pedía un donativo, extendiendo su mano negruzca, a todo aquel que pasaba por delante de él.

El mendigo, al ver a Hassán, el cual se detuvo frente a él, mirándolo fijamente, le dijo:

-¡Mensaí!… ¡Una limosna para este pobre y tullido mendigo que no tiene nada que llevarse a la boca, por el amor de Dios!… ¡Estoy hambriento!… ¡Por favor mensaí!…

Al momento, Alí Hassán se le acercó y agachándose, cogió una pequeña piedra que se encontraba junto al hombre y poniéndosela en la mano, con voz bondadosa, le dijo:

-Si es verdad que tienes tanta hambre como dices, sáciala con esto que te ofrezco, y ten a bien seguro que con ella calmarás tu hambruna.

El mendigo se quedó mirándolo tristemente a los ojos y de lo más confundido y muy fatigado le contestó:

-¡Mesaí!… ¿Cómo  hacéis esto conmigo?… ¿Cómo podéis decirme que una vulgar piedra puede llegar a saciar mi hambre?… ¿Os estáis burlando de mi?…

Alí Hassán, sonriéndose a la vez que le apretaba fuertemente la mano, le respondió:

-Sólo es cuestión de fe, hermano. Si crees en lo que te digo, a bien seguro que saciarás tu hambruna… Pero, ¡sólo si tienes fe!…

Dichas estas palabras, Hassán se levantó y en silencio comenzó a caminar hasta que desapareció. El mendigo, de lo más aturdido por lo que le había dicho aquel, abrió la mano y con gran asombro vio que la piedra que le había dado se había convertido en una brillante onza de plata. ¡No podía ser cierto lo que sus ojos estaban viendo!

Al momento, se levantó y apoyándose  en sus muletas con todas sus fuerzas corrió y corrió, cayéndose por las calles de la ciudad a la vez que no dejaba de gritar a unos y a otros lo que le había sucedido.

Como es lógico, la gente, al oír lo que proclamaba aquel desgraciado, no lo creyó, sin embargo, todos callaban cuando el mendigo una y otra vez les enseñaba de lo más excitado la onza de plata.

Transcurridas unas semanas, ocurrió otro suceso aún más espectacular y sorprendente, el cual fue presenciado por decenas de personas.

En la calle mayor, se encontraba un carromato cargado de heno tirado por dos caballos, los cuales, debido al inesperado ataque de unos perros, salieron disparados a gran velocidad por la calle, llevándose por delante todo lo que encontraban a su paso.

El pánico se adueñó de la multitud y fue mayor cuando vieron como una niña de corta edad se encontraba en el recorrido de los caballos, la cual iba a ser arrollada.

Las gentes no dejaban de gritar escandalosamente, mientras que el carromato, vertiginosamente, se dirigía imparable calle abajo hasta donde se encontraba la niña. De pronto, de la multitud salió Alí Hassán, el cual, con paso firme y rostro sereno, se plantó en el centro de la calle mientras los caballos no cesaban en su arrollador avance, hasta que llegando a unos cinco metros de donde se encontraba éste, frenaron en seco su desordenada carrera, levantando con ello una gran polvareda.

Los animales se pusieron a dos patas y relincharon como nunca lo habían hecho, pero finalmente se quedaron de lo más quieto y tranquilos.

Los presentes, al presenciar tal hecho, se quedaron asombrados, no dando crédito de lo que había sucedido. Aquel moro, llamado Alí Hassán, con sólo su presencia había conseguido frenar en seco la loca y desbocada galopada de aquellos incontrolados caballos, lo que dio motivo a que todos los habitantes de la ciudad se preguntaran los unos a los otros sin cesar, como pudo llegar a realizar tan enigmática proeza.

Unos alegaban rotundamente que era un hombre de gran valor y otros, que tenía poderes sobrenaturales.

Transcurridos los días, y los meses, llegaron a acontecer más casos similares y sorprendentes en la ciudad y alrededores, en los que había sido partícipe el enigmático personaje, lo que provocó que dichos actos llegaran a los oídos del arzobispado, el cual alterado y molesto en gran manera por los continuados hechos, dictó una orden inmediata de detención.

Hassán fue apresado cerca de La cuesta de Belén y seguidamente, encarcelado por los justicias.

Transcurridos unos días fue llevado de la manera más degradante ante El Sagrado Santo Tribunal de La Inquisición, el cual, sin conceder defensa alguna al reo, por considerar que pertenecía a la comunidad de Los judaizantes, lo condenó a la pena capital, que en aquellos tiempos era la horca. La acusación por la que lo condenaron fue por ser un hechicero, brujo, o mago maligno del señor Lucifer.

Tras permanecer dos días en una oscura y maloliente mazmorra, a pan y agua, fue sacado y llevado a la Plaza de Zocodover, (Suk al dawad), conocida también como Las caballerizas, o “El mercado de las bestias”, donde sin ninguna piedad se le ejecutó vilmente en la horca.

Todos los presentes, que eran muchos, y venidos de diferentes puntos de la comarca, protestaban por la injusta ejecución, mientras eran contenidos por los justicias, ya que la mayoría del pueblo no estaba de acuerdo con la sentencia que habían dictado “el mongío”.

El gentío gritaba escandalosamente abogando que era un buen hombre y totalmente inocente de los cargos que se le habían imputado, mientras veían como el reo, con gran entereza, subía las escaleras hacia el cadalso, y tras ponerle la soga al cuello, éste se dirigió a todos los jueces que le habían juzgado injustamente y se encontraban en el lugar, con voz fuerte y desgarradora:

-¡Juro ante mí Dios, Alá, el gran poderoso, que nunca os causé ningún mal!… ¡Así como también os prometo que mi injusticia será pagada, y bien cara, ya que será la que me haga volver de nuevo a esta vida para pedir cuentas a los miserables culpables que vilmente me condenan!…

Pronunciadas estas palabras, en la plaza reinó un gran silencio, mientras su rostro era tapado con un burdo saco. Acto seguido se oyó un seco golpe y cayó colgado al vacío.

Alí, el supuesto brujo, había sido ejecutado en la horca por orden de la justicia, influenciada y presionada en gran manera por la iglesia de la ciudad imperial de Toledo.

Según contaron las gentes de la capital y los pueblos, todo en este mundo con el paso del tiempo se llega a olvidar, pero en este caso, no sucedió así.

Un día la puerta de la casa de Hassán se abrió y para asombro de todos apareció en ella el que semanas atrás había sido ajusticiado. ¡Si!… ¡Era él!… ¡Sí!… ¡Era él en persona!… –se decían las gentes entre ellos boquiabiertos cuando le vieron.

Como era de esperar, esta inexplicable e inesperada aparición fue informada de inmediato a los más altos mandatarios de la iglesia toledana, los cuales se quedaron de piedra al oír tal suceso. ¡Alí Hassán, el ajusticiado, había vuelto a la vida!… ¡No era posible!…

Esta era la enigmática y cotidiana pregunta que se hacían los unos y los otros, todos ellos llenos de gran expectación.

-¡Es el diablo en persona! -bramó el arzobispo dirigiéndose al juez Simón en su despacho y añadiendo lleno de cólera-: ¡Es Satanás!… ¡Ha venido a burlarse del poder de Nuestro Señor Jesucristo en la tierra!…

El juez, balbuceando a media voz y sudoroso en extremo, le respondió:

-¿Y qué podemos hacer monseñor?… ¡Con su súbita e inesperada presencia, nos está retando!… ¡Quiere  demostrarnos que es más poderoso que nosotros!…

Tras oír estas palabras, el clérigo pegó un fuerte puñetazo sobre la mesa y levantándose de ella, miró fijamente al juez con los ojos enrojecidos, a la vez que con voz colérica gritaba:

-¡Ejecutadle!… ¡Ejecutadle sin ninguna contemplación!… ¡Tenemos que limpiar definitivamente de esta tierra la huella del maldito diablo!… ¡Y esta vez no será en la horca!… ¡Será en las llamas purificadoras de la hoguera!… ¡Así se  acabarán para siempre sus trucos malignos!…

-¡Cómo su eminencia disponga! -le contestó el juez a la vez que le replicaba-: Pero, ¿qué cargos le imputaremos?… ¡Si nada ha hecho!…

El arzobispo se volvió a encarar con él:

-¡Invénteselos señor juez!… ¡Invénteselos, pero a ese maldito lo quiero ver ardiendo en las llamas del infierno!… ¡No sé si me explico con claridad!… ¡Más vale que haga lo que le manda la Santa Iglesia Católica, sino aténgase a las consecuencias, terminará como ese hereje!…

Hassán fue detenido nuevamente en lo que se conoce como: El arco de la sangre, (hoy puerta de Alcántara) y conducido por los justicias ante el juez, el cual lo condenó a perecer en las llamas con el cargo de ser un hereje enviado desde el infierno.

Los habitantes de la ciudad toledana, una vez más, se concentraron en la plaza para ser testigos de la brutal injusticia que se volvía a cometer.

-¡Me ahorcareis!… ¡Me quemareis!… ¡Me decapitareis!… -gritaba Hassán atado sobre los trocos de leña-: ¡Pero juro por el Dios que nos da la vida, que volveré!….

Al momento, la leña comenzó a arder, a la vez que el juez Simón, que estaba presenciando el acto, empezó a ponerse pálido, muy pálido, levantándose de su asiento para, acto seguido, desplomarse cayendo muerto. Mientras tanto, el cuerpo del reo se hacía pasto de las devoradoras llamas.

Los presentes no pudieron evitar ver con angustia las dos escenas, la quema de un hombre inocente y la muerte súbita de su verdugo, lo que asustó a todos ellos en gran manera, ya que fue interpretado por las gentes como un presagio de venganza inmediata. Por otro lado, temían la futura amenaza lanzada una vez más por aquel mago, diciendo que volvería.

Pasadas algunas semanas, cuando todo parecía haberse calmado y las gentes daban como agua pasada lo que tristemente había sucedido, de nuevo, apareció Hassán saliendo de su casa, caminando por El callejón del moro en dirección a la plaza de Zocodover.

La gente, al ver la presencia de aquel caminando tranquilamente por las calles como si nada hubiera pasado, se asombró de tal manera que muchos de ellos salieron corriendo despavoridos y gritando: ¡Ha vuelto!… ¡Ha vuelto como anunció!… ¡Una vez más ha vuelto Hassán!… ¡Está de nuevo en la ciudad de Toledo!…

Algunas horas después de estar caminando tranquilamente por las calles, éste se topó con el arzobispo, el cual iba seguido por su séquito. Al momento, todos los que acompañaban al religioso, al ver la presencia de Hassán, se quedaron pálidos y salieron corriendo en una abocada desbandada llenos de un pánico sin igual, arrasando todo lo que se encontraba a su paso.

El arzobispo se quedó petrificado al ver que aquél tan solo se limitaba a clavarle sus penetrantes ojos negros en silencio. No se podía mover debido al terror que invadía su cuerpo. Su rostro y sus ojos comenzaron a ponerse rojos como si fueran carbón encendido.

-¡Tal vez me volváis a condenar  injustamente y sin causa alguna una vez más!… ¡Pero sabed que no os servirá de nada!… ¡Cómo veis sigo vivo!… -le gritó con fuerte voz Hassán.

El religioso, sudando en gran manera, balbuceó con voz temblorosa:

-¡Eres el diablo!… ¡El mismísimo diablo en persona!…

CONTINUARÁ…

 

 

 

 

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