ZARAGOZA

EL PERRO MANQUITO DE EL BURGO DE EBRO.

A todos aquellos animales que sufren en silencio el dolor y no tienen el calor que necesitan.

 

1930. El Burgo de Ebro. Zaragoza.

Cuentan las viejas lenguas del bajo Aragón una entrañable y sobrecogedora historia que fue real, pues aconteció en un pequeño pueblecito cercano a Zaragoza, el cual es conocido como El Burgo de Ebro.

Allí ocurrió…. ¡Sí!… En una de sus más alejadas y olvidadas fincas de la ribera del río, donde vivía solitariamente un viejo anciano. Dicen también, que en una de sus noches del mes de Enero, que fue uno de  los más fríos y nevados de los que se recuerdan, nació una camada de perros, de los cuales, pese al calor que les dio su anciana madre, sólo sobrevivieron cuatro. Tres machos y una hembra.

El anciano, cuando los vio, lloró en silencio la pérdida de “Los Cachorrines” que habían muerto, y tristemente los enterró mientras caían por sus mejillas un río de lágrimas. Sin ninguna duda, aquel hombre tenía un gran corazón y un gran amor a los animales.

Pasados unos días, cuando despuntaba el Sol por el horizonte, y al décimo día del nacimiento de los cachorros, éstos, abrieron sus “pequeños ojuelos” al mundo en el que habían nacido, y pudieron ver donde estaban e iban a vivir… Al mismo tiempo, su madre deducía, según las perrerías que empezaban hacer, que le agradecían el haberles dado la vida y que les gustaba mucho haber nacido….

Todo les llamaba la atención a los traviesos e inocentes cachorrillos. “Los pajaricos”, “las planticas”, el agua  que manaba sin cesar de la fuente, y algún “gatico” que otro al que “corrían” de cuando en cuando, así como aquella luz tan intensa y fuerte que estaba sobre ellos en el cielo azul y raso, la cual les daba un dulce calorcillo que a ellos les gustaba mucho.

Transcurrido un tiempo, los jóvenes cachorros llegaron a tener dos meses y fue entonces cuando se presentaron en la finca dos hombres, que eran pastores, y de común acuerdo con el viejo anciano se llevaron a dos de los machos, pagándole algunas monedas, pues decían, que serían unos buenos elementos para el pastoreo. ¡Y así fue!, ya que el hombre, con sus escasos recursos, no podía mantenerlos.

Una semana más tarde, una niña se encaprichó de “La perrita”, y su madre, conocida y pudiente, se la regaló, llevándosela de la finca, quedando en ella, por tanto, tan solo el joven cachorro, acompañado de su madre y el viejo anciano…. Mas pese a la repentina e inesperada separación de sus hermanos, “El animalicó” siguió sintiéndose feliz, ya que aún tenía a dos seres queridos a los que adoraba y le daban todo su calor.

Sin embargo, su felicidad se vio rota y quebrada, ya que en los siguientes meses, debido al intenso frío y a los años que tenía su madre, caminando por la finca, un día como otro cualquiera, se la encontró muerta junto al pozo, donde había una gran higuera.

El animal, al verla, con gran espanto y tiritándole todas las partes del cuerpo, corrió todo lo veloz que pudo hacia la casa.

Cuando pudo asimilar lo que había pasado, volvió junto a ella y comenzó a ladrar, cada vez  más fuerte, hasta que llamó la atención del anciano. Éste, extrañado por el comportamiento del animal, intentó averiguar que pasaba y siguió sus escandalosos ladridos con pasos tambaleantes y agitados hasta que llegó donde se encontraba la perra. Al verla, y percatándose de que había dejado de existir, el hombre lloroso se arrodilló junto a ella, y acariciándola, miró al cielo clamando con voz afligida y llena de dolor:

-¡Dios…, padre mío!…. ¿Por qué?… ¿Por qué me has hecho esto?… ¡Pobre de mi!… ¿Por qué te has muerto?… Y exclamó: ¡Que solo me vas a dejar en este mundo!… ¡No sé que voy hacer sin ti!…

Con los ojos enrojecidos, el viejo anciano arrastró como pudo al animal, y tras cavar una fosa en la huerta con gran esfuerzo, debido a sus flacas fuerzas, le puso una cruz. Más tarde, se sentó, bastante fatigado, y se dirigió al perro con una voz entrecortada y emocionada:

-¡Ya lo ves amigo Víctor!… ¡Así es la vida!… ¡A los seres vivientes cuando se mueren, se les entierra, y cuando se mueren los árboles, se les desentierra!… Al momento volvió a suspirar, diciendo: ¡Nos hemos quedado solos!… Tú sin madre, y yo sin mi mejor amiga. Y acariciando tiernamente al animal volvió a exclamar: ¡Bueno, habrá que seguir viviendo, aunque si te digo la verdad, me parece que a mi también me queda poco tiempo!…

El anciano no se equivocó en sus palabras…, ya que unas semanas más tarde, “Víctor”, descubrió una mañana, que su viejo amo se encontraba sentado en la mecedora junto a la chimenea con su rostro de siempre, amable y bonachón, pero… ¡Había muerto!…

Al momento, el animal comenzó a gemir lastimeramente a la vez que no cesaba de dar vueltas y más vueltas en torno a él, poniéndole una y otra vez sus patas sobre las rodillas, como si con ello fuera a despertarlo de su silencioso y ya eterno sueño de muerte. Finalmente, agotado por sus intentos, y ya habiendo transcurrido las últimas horas de la tarde, ya anocheciendo, se tumbó desconsoladamente a sus pies.

Según cuentan las gentes de El Burgo de Ebro, por los hechos que acontecieron y finalmente llegaron a saberse tras lo que llegó a ocurrir, el animal permaneció fielmente durante todas las noches postrado a los pies del que había sido su amo, con los ojos enrojecidos y llorosos, mientras que su único consuelo era el de mirar a través de una pequeña ventana, y ver la plateada luna acariciada por las grises nubes y a sus inseparables  y chispeantes estrellas bajo el intenso y silencioso frío de aquellas noches, anhelando su mundo de felicidad, fantasía y calor, el cual, se le había acabado. ¡Se había muerto!…

Se encontraba solo, terriblemente solo,  y dentro de lo malo, lo peor era que se hallaba prisionero en la finca, ya que su puerta se encontraba cerrada a cal y canto por una gruesa cadena y sus muros y alambradas le impedían salir al exterior.

El animal tenía que asumir su desgraciada suerte y la situación en la que se encontraba. En poco tiempo, debido al hambre, pues sus días estaban contados, se reuniría con su amado amo, ya que nadie del pueblo iría a la prisión en la que se encontraba, por lo que no se enterarían de la tragedia que había acontecido.

Sin embargo, el animal no se resignó a su mala suerte, y en pocos días, comenzó a ingeniárselas con su instinto natural para abrir y cerrar la puerta de la casa con el fin de poder salir pero sin que su amo pasara frío. Empezó a beber agua aquí y allá de las lluvias caídas en los recipientes que se encontraba a su paso, a comer algo de fruta caída de los árboles, y comenzó a cavar todos los días frenéticamente, en una de las vallas, un agujero que diera al exterior, hasta que finalmente lo consiguió. Una vez fuera de la finca exclamó:

-¡Lo conseguí! –(gritó el animal para sus adentros)- ¡Soy libre!… ¡Libre!… ¡Cómo pluma al viento!…

De lo más contento, comenzó a corretear y corretear por los caminos en dirección al pueblo, el cual distaba varios cientos de metros de la finca… Pero, ¡Le daba igual! Su curiosidad era tan grande por conocer todo lo que no conocía, que cada vez sus miembros delanteros y traseros le impulsaban más en su aventurera carrera para que fuera más veloz, pues tenía muchas ganas por saber que eran aquellas pequeñas, tenues y extrañas lucecillas que se encontraban en la lejanía, las cuales no eran las estrellas que él tan bien conocía.

Tras la sofocante carrera llegó al pueblo y caminó por sus desiertas y frías calles, notando como aquí y allá, en algunas casas, las ventanas y ventanucos estaban tenuemente iluminados…, mientras que de sus chimeneas salía un conocido olor a madera quemada que le traía gratos recuerdos.

Siguió caminando por las calles hasta que, de pronto, se encontró en una puerta un cubo que tenía algunos huesos.

-¡Qué suerte la mía! –(se dijo con gran alegría)- ¡Vaya banquete con el que me he topado!… Y al momento comenzó a comerse los huesos con muchas ganas.

Transcurrido un buen rato, y ya habiendo satisfecho su hambre, se plantó delante de él un gran gato viejo de pelaje más blanco que la nieve, el cual, encarándose, y con cara de pocos amigos, le dijo:

-¡Oye perro!… ¡Vaya caradura que arrastras!… ¿Es que no sabes que esta comida es mía?… ¡Yo vivo en esta casa y tú me vienes a robar!…

“Víctor” se sintió terriblemente avergonzado y reculando se disculpó ante el gato, respondiéndole:

-¡Perdóneme señor gato!… ¡Es que tenía mucha hambre!… ¡Demasiada!… ¡Es la verdad!… ¡Estaba muy hambriento de muchos días!… ¡Créame!… ¡Uno no sabía que era su comida!…

El viejo felino se sonrió maliciosamente y tocando con su pata sus grandes bigotes, exclamó benévolamente:

-¡Bien!… ¡Si es como dices, sea!… ¡Por hoy, que valga, pues estoy de muy buen humor!… ¡Pero que conste que sólo es por hoy!… ¡Así que ya sabes, esta es mi casa y la comida que hay aquí es mía!…

-¡Gracias de todo corazón! –(le contestó “Víctor” de lo más sumiso y avergonzado)- ¡Lo tendré muy presente de ahora en adelante!… ¡Estese tranquilo que no volverá a ocurrir!… ¡Se lo prometo señor gato!…

En ese momento la puerta de la casa se abrió, apareciendo en ella un hombre rechoncho y con cara de venganza, el cual al ver al perro le gritó escandalosamente:

-¡Pero que haces aquí perro asqueroso!… ¡Majadero del demonio!… ¡Con que comiéndote la comida de mi gato!… ¡Serás mamón!… ¡Ahora verás!… ¡Te vas a enterar!…

Al momento, el hombre con toda su mala leche le arreó un tremendo patadón y “Víctor” salió como un tiro corriendo calle abajo.

Corrió, corrió, y corrió, como un rayo hasta salir del pueblo por el camino que había venido y regresó a la finca metiéndose por el agujero que había hecho hasta llegar a la casa, y abriendo la puerta con sus patas la volvió a cerrar, para acto seguido, echarse a los pies de su querido amo, y lamiéndole los zapatos pensó:

-No entiendo como esa bestia de hombre me ha pegado “Un terrible patadón” por comer unos pocos huesos. Mi amo nunca hubiera hecho tal cosa. ¿Serán todos los hombres iguales?

Después de mirar como todas las noches a su querida y plateada luna y a sus amigas inseparables, las estrellas, “Víctor” le dio un cariñoso “Lametón” a los zapatos de su amo, cerró sus ojos recordando el tiempo tan feliz que había pasado de cachorro, junto a sus hermanos, su madre y su amo, e intentó dormirse para olvidar lo que le había ocurrido.

Al día siguiente, muy de mañana, Víctor salió de nuevo de la finca por el agujero y se puso a caminar sin rumbo fijo, hasta que transcurrido un tiempo, de repente, oyó un fuerte y estridente pitido. ¿Que era aquello? -(se preguntó levantando sus orejas).

Cegado por su curiosidad, el animal comenzó a correr velozmente hacia el lugar de donde él creía que había salido aquel misterioso y extraño sonido…

Pasado un tiempo, tras correr y correr, llegó a la estación del ferrocarril, lugar que era nuevo para él, y allí, se sentó viendo como en ella se encontraba mucha gente. Unas sentadas, otras de pie, y algunas otras, caminando de aquí para allá, cargadas con maletas y pesados bultos.

Entre ellas, se hallaban hablando dos mujeres, teniendo una de ellas a una pequeña niña cogida por la mano. Ambas no dejaban de “charrar”, “charrar” y más “charrar”, hasta el punto, en el que la pequeña se soltó de la mano de la mujer, sin que esta se percatase por lo “encharrada” que estaba en la conversación. La niña comenzó a corretear por el andén, hasta que finalmente, caminando de aquí para allá, a la criatura le dio por bajarse a las vías, mientras que ambas mujeres, ajenas a lo que estaba sucediendo, seguían con su espesa “charrada”.

De pronto se oyó un gran pitido. Era el tren procedente de Alcañiz que estaba entrando en la estación. La niña se encontraba en las vías a unos treinta escasos metros del expreso. ¡A unos veinte!

A un hombre que se encontraban en el andén, percatándose de la escena que estaba presenciando, se le heló la sangre e intentó alertar a la gente del peligro que corría la niña, gritando:

-¡Miren a esa “zagalica”!… ¡Se encuentra en las vías!… ¡El tren está entrando!… ¡La arrollará!…

Al momento, toda la gente que había en la estación, al ver a la pequeña en las vías y el tren avanzando hacia ella, comenzó a gritar llena de pánico. La madre dejó su espesa “charrada” también gritó como una loca por la suerte que corría su hija, pero, ya era tarde, demasiado tarde. ¡El tren la arrollaría!

“Víctor”, al ver lo que estaba sucediendo, no lo dudó, y al momento, atropellando a toda la gente, se abrió paso lanzándose a las vías, agarrando por la ropa a la niña con sus dientes y sacándola antes de que el tren la arrollara, con tal mala fortuna para el animal, que en su heroica acción, se llevó un terrible golpe en la pata delantera izquierda que le rompió el hueso.

A pesar de todo, el perro y la niña quedaron tirados a escasos metros de las vías hasta que pasó el tren. La gente corrió hacía ellos, dando toda clase de gritos, los cuales provocaron que el animal asustado se levantara y comenzara a correr cojeando lo más rápido que sus fuerzas le permitieron hasta perderse de vista.

En la estación todo era una explosión de alegría. La madre de la niña la abrazaba y la besaba como nunca lo había hecho, mientras que la gente no paraba de hablar del bendito perro que le había salvado la vida.

Transcurrido un corto tiempo, aparecieron en la estación, montados en unas bicicletas, una pareja de La Guardia Civil y la gente de lo más emocionada, les informaron de todo cuanto había acontecido.

-¡Bien! -(dijo uno de los guardias)- ¿De  quién es ese  perro?… ¿Supongo que tendrá un amo?… ¡No!…

Nadie le supo responder, lo único que les dijeron es que en su heroica acción había salvado a la niña y el tren a cambio le había propiciado un terrible golpe que le rompió una de sus patas delanteras. Tras esto, se marchó velozmente cojeando, por lo que, ¡se había quedado “Manquito”!

El animal, por su instinto natural, regresó cojeando y lleno de dolor como pudo a la finca y penetrando por su agujero de siempre, llegó a la casa, abrió la puerta como el sabía, la volvió a cerrar, y acto seguido lamió como todas las noches los zapatos de su amo,  para finalmente, tumbarse como era costumbre, a sus pies, a la vez que  se decía para si:

-¡Me he roto una pata!… ¡Me duele tanto!… ¡Es un dolor terrible, insoportable!… ¡Pero dentro de mi mal, estoy contento por haber salvado a esa niña!… Al fin y al cabo, tan sólo soy un  perro. Un ser olvidado por los hombres, y ella, un ser humano joven, bonito y querido, que tiene el calor de los suyos, el cual, también me gustaría tener a mi, y para mal mío ya nadie me lo volverá a dar.

A partir de ese día, en El Burgo de Ebro, comenzaron a suceder acontecimientos insólitos para bien de sus vecinos, por lo que éstos no dejaban de “charrar” unos con otros sobre el misterioso “Perro Manquito”, comentando, entre otras cosas, lo que le había ocurrido, por ejemplo a José, cuando una noche se levantó de su cama, sobresaltado a consecuencia del gran alboroto que provenía del corral, debido a que una zorra se había colado y estaba haciendo toda clase de estragos matando a sus gallinas, apareció, inesperadamente, “un perro que estaba mancado” de una pata delantera, y a dentelladas, valientemente la ahuyentó.

El bueno de Alfonso, que debido a sus años, tras un inesperado mareo, cayó de su borrico en la ribera del río, y quedando tendido en la tierra a las inclemencias de la fría noche que se avecinaba, podía haber muerto congelado si no hubiese sido porque el perro lo salvó, reanimándolo con sus calientes “Lametazos” en la cara. Por lo que éste, decía, desde aquel día, que estaba vivo gracias a ese animal.

Manuel también decía, Julián, Marcial, Dolores, María. Todos y todas no cesaban de hablar del “Manquito”, al que tanto tenían que agradecer por los actos que había hecho y estaba haciendo.

Como era lógico, todos estos sucesos y comentarios no tardaron en llegar al cuartel de La Guardia Civil, y el comandante de puesto se encontraba cada vez más confuso y nervioso por todo lo que llegaba a sus oídos.

-¡Joder con el perrito ese!… ¡Como siga así, le vamos a tener que levantar una estatua! –(y dirigiéndose a sus subordinados les preguntó)- : Y digo yo…. ¿De quién coño es ese perro?… ¡Tendrá que tener un amo, una casa, algún sitio donde estar!… ¡Vamos digo yo!…

Ninguno de los presentes le supo contestar. Todos guardaron silencio.

Transcurrieron los días…, los meses.., la gente de lo más agradecida por las hazañas que día tras día realizaba  aquel animal, por lo que lo bautizaron con el nombre de: “El perrito manquito de El Burgo de Ebro”. Todo el mundo decía lo mismo: ¡Siempre que surge un problema, o una tragedia, “El Manquito” aparece para remediarla!

Y pasó la cálida primavera,  y vino el caluroso verano, y más tarde el destemplado otoño del año treinta, apareciendo el crudo invierno del treinta y uno, entrando en el mes de Enero que no tenía nada que envidiar, en frío y heladas, al anterior.

Fue entonces, en uno de esos días, cuando “Víctor”, caminando a sus anchas por uno de los caminos junto a la ribera del Ebro, el cual estaba muy subido de aguas, se encontró con unos pescadores que con sus cañas estaban intentando capturar alguna pieza para su cena.

El animal, se sentó y los observó durante un tiempo. ¿Qué estarán haciendo esos hombres? -(se preguntó intrigado).

Transcurrido un rato, uno de ellos, el que más años parecía que tenía, accidentalmente resbaló en una de las piedras y cayó al río, al momento, los fuertes remolinos y las revueltas  aguas se hicieron presa de él.

Sus compañeros de pesca, al presenciar el accidente  ocurrido, acudieron desesperadamente en su ayuda para sacarlo del río, pero sus intentos resultaron inútiles. La suerte de aquel hombre estaba echada. Las fuertes corrientes de agua y sus endemoniados remolinos acabarían con su vida. ¡Está perdido! ¡El río se lo tragara! -(gritaban todos angustiados y con gran desesperación).

CONTINUARÁ…

 

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