EL ÁNGEL CAÍDO Martes, Mar 22 2016 

La otra cara de la moneda era bien distinta en su forma, aunque idéntica en cuanto al fondo. Las gentes humildes pensaban, hablaban, actuaban y vivían de otra manera, pero en el fondo, tanto en la tasca como en sus casas o en la calle, no se hablaba de otra cosa y el panorama era parecido. Los había a favor del inculpado y en contra. La única diferencia con la clase media o alta, era que estos estaban de un lado u otro según se llevasen bien, fuesen amigos, le tuviesen envidia o se la tuviesen jurada. En el caso de los neutros había de todo, pues les gustaba discutir acaloradamente del tema, sobre todo en las tabernas. La mayor diferencia con la clase alta radicaba en que estos no tenían información, puesto que la mayoría no sabía leer ni escribir ni tenían dinero para comprar el periódico, aunque se las ingeniaban acudiendo al librero o al boticario para enterarse como si de una novela por entregas se tratara. Si bien es cierto, los recién mencionados no estaban siempre por la labor de hacer de “estatuas parlantes” durante todo el día, pues eran tantas las visitas que recibían por tal motivo, que al mediodía ya se les había acabado la paciencia y decidían echar el cierre antes de tiempo y de muy mal humor aunque dejasen de ganar dinero.

A medida que pasaban los días, pasaba también la novedad y de lo que mucho se habla; pronto cansa. Por ello fueron acabándose las discusiones en los cafés sobre este tema, volviéndose a hablar de las conversaciones de siempre. Los temas que levantaban los debates más socorridos e interesantes eran los que hacían referencia a la política, la situación económica actual, los toros, espectáculos, obras literarias, avances científicos, urbanización de la capital y a los continuos cambios de gobierno.

-¡Válgame La Macarena!… ¡Qué pena de nación!… ¡Cómo está el patio!… –dejó caer sobre la mesa un poeta con acento andaluz de apellido Machado…

-Ni que lo diga don Antonio… Con la pérdida y la derrota sufrida en Cuba, nuestra España ha quedado terriblemente herida, lo único que hemos conseguido es llenarnos de maltrechos excombatientes desesperados, mendigos, vagos y chulos; por su puesto, todos ellos acompañados por sus inseparables novias: la miseria, el hambre, la sífilis, la tuberculosis, ¡y qué sé yo de cuantas cosas más!… Y el gobierno, ¿qué hace el gobierno?… Como de costumbre, mirar para otro lado –respondió otro tertuliano que según parece era un escritor gallego de apellido Valle-Inclán.

-Si no es por la labor de infatigables médicos como don Ramón y Cajal, aparte de otros tantos, todos seríamos cadáveres pastando en los tenebrosos prados de la muerte –apuntó otro romántico y poético escribiente.

-¡Y no se olvide de las meretrices de vida alegre amigo mío, ni de esas cuadrillas de vagos apandadores que las explotan!…

-Que razón tiene mi querido Benavente… Desgraciadamente esta es la semilla de laurel que hemos plantado en nuestro flamante imperio… ¡En fin, que le vamos a hacer, la corona está como está y la corona es como es!..

-Pues no se crean, que mención aparte merecen el tema de la higiene y el urbanismo. Tanta población en la capital desemboca en saturación; y aunque es muy rentable para algunos, no se puede consentir el estado social de abandono en el que los propietarios mantienen esas cochambrosas corralas que amenazan ruina. Ya bastante tienen los pobres que las habitan con vivir hacinados como conejos… ¡No me extraña que las enfermedades se propaguen con tanta facilidad!… ¡Es intolerable, una vergüenza!…. –exclamó con conocimiento de causa un célebre doctor.

-Volviendo al caso del Ángel Caído, me parece que el supuesto criminal tiene las horas y los días contados, pues en la publicación matutina de mañana sale una noticia que lo condena casi definitivamente –comentó un reputado periodista.

-Cuente, cuente… -interrumpió un famoso pintor al que conocían como Sorolla…

Mientras todas estas conversaciones transcurrían en unos y otros lugares con el devenir de los días; paralelamente, y por casualidades del destino, aparecieron en escena unos tan inesperados como sorprendentes personajes que vinieron a sumarse a las extrañezas y extravagancias del caso, pues se trataba de unos curiosos y atípicos sujetos poco convencionales.

Si ya el hecho de por si, atraía la atención de toda la sociedad madrileña, la irrupción de los mencionados todavía levantó aún más esa expectación, tanto por parte del pueblo como de la policía. Este interés se originó por varios motivos… El primero de ellos lo produjo el llamado efecto novedad, pues nadie los conocía ni sabía a ciencia cierta cosa alguna sobre ellos, lo que despertaba gran curiosidad… El segundo, cuyo descubrimiento afloraría en el seno de la policía, hacía referencia a los avanzados conocimientos científicos que ambos personajes demostraban poseer en diversas ramas de la ciencia… El tercero, era que se trataba de dos apuestos caballeros, a los cuales se les notaba la tenencia de posibles, lo que provocaba la simpatía del sexo opuesto y las malas miradas de sus congéneres… Y el cuarto, derivaba de los aparatos y técnicas que utilizaban en sus investigaciones, pues producían mofa por parte de algunos, sobre todo de los más ignorantes y aprensivos, y admiración por parte de otros.

La aparición de estos, sería la pieza disonante y fundamental para resolver este inexplicable suceso; que de por sí, estaba fuera de toda lógica y rigor para las mentes incrédulas de aquella centuria, surgiendo con ello una nueva y extraordinaria ciencia basada y apoyada por modernas técnicas y aparatos, la cual, en un futuro, llegaría a ser la más pura y creíble de todas las realidades; siendo, en años venideros, bautizada con el nombre de Parapsicología. El estudio de una ciencia todavía desconocida, fundamentada y apoyada por los conocimientos que de otras ciencias se derivan y nacida para intentar dar una explicación científica y fehaciente al llamado movimiento espiritista, servirá como andamio en el que pueda apoyarse la criminología para resolver satisfactoriamente ciertas situaciones anómalas. Estos nuevos conocimientos, estudios, aparatos y técnicas no conocidas por los escépticos contemporáneos de aquella época, serán puestos a disposición de los ojos del gran público a través del investigador de casos paranormales o psíquicos conocido con el nombre de Tristán Braker Altaya y Martín; acompañado siempre por su inseparable colaborador y fiel amigo: William Durpin Scott.

 

 

     31 de Mayo de 1900.

 

Tres días después de ocurrido el hecho en la Fuente del Ángel Caído, mientras una pareja de guardias recorría sus alrededores y sobre las seis de la tarde, dos personajes rondaban por el lugar colocando aquí y allá unos extraños artilugios. Aquella escena les llamó enormemente la atención, pues se trataba de un acontecimiento atípico y poco corriente, ya que si bien es cierto que muchos paseantes en corte o aficionados de vida holgada acudían al lugar con sus cámaras fotográficas para retratar imágenes de su agrado, éstos lo hacían con un arsenal de aparatos que por su número y aparente complejidad, parecían pertenecer al mismísimo ejército. Impregnados de una gran curiosidad, decidieron acercarse.

Mientras los agentes se acercaban, uno de aquellos sujetos anónimos permanecía sentado ante una pequeña mesa plegable sobre la que se asentaba un raro artilugio que se parecía a un organillo pero con una trompa adosada. O eso por lo menos les parecía a los de uniforme, aunque lo que realmente veían aquellos estupefactos ojos era un fonógrafo Edison Home. Este aparato fue muy popular en aquella época, sobre todo entre la clase media y alta, pues fue el primer invento de la historia que consiguió reproducir el sonido y su inventor fue Thomas Alva Edison. Dicho artilugio podía transportarse fácilmente en una especie de maletín de madera si se le quitaba la bocina. Medía unos cuarenta y cinco centímetros de largo, veintiuno de ancho y treinta y siete de alto. Estaba compuesto por un rodillo, bocina, aguja y manivela. La máquina grababa y reproducía sonidos, utilizando para ello un cilindro de cera que giraba al darle cuerda con la manivela; la bocina era la encargada de reproducir o capturar el sonido, aunque era frecuente el uso de un tubo auricular con el que se escuchaban mejor las grabaciones; la aguja era la encargada de leer o grabar los surcos en la cera; y el rodillo o mandril de latón servía para sostener o colocar los cilindros en su interior.

De los dos personajes, podía decirse que el más peculiar, extravagante o singular era Tristán Braker. Destacaba por su vestimenta negra: levita de corte recto y de tres botones, chaleco, pantalón, capa madrileña y sombrero Homburg; camisa blanca de cuello italiano con botones, rodeado por una amplia chalina negra; zapatos Oxford lisos; y reloj Longines con cadena de plata. En ocasiones también portaba bastón, normalmente negro y con una cabeza de águila como bola. Su rostro era triangular, lo que se conoce como cara de rey en Frenología; de cabello negro, poblado y algo más largo de lo habitual; ojos marrones pequeños y alargados protegidos por pequeñas lentes circulares; con barba acompañada de perilla corta, tipo Van Dike pero ausente de bigote. De estatura superior a la media, que rondaba el metro ochenta. Delgado y esbelto; su imagen, seria pero agradable, infundía respeto y denotaba una fuerte personalidad. Siempre estaba muy concentrado en lo que hacía, por lo que muchas veces no se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor; con gran confianza en si mismo; muy nervioso; con mente inquieta que empujaba su cuerpo con rápidos y enérgicos movimientos; directo y concreto, pero poco diplomático y con insaciables ansias de saber y aprender.

El segundo personaje asemejaba tener aspecto extranjero, más concretamente inglés, y por su vestimenta parecía pertenecer a la clase alta de la sociedad londinense. Era de estatura similar a la de su compañero, aunque algo más bajo; vestía impecablemente un traje con chaleco en diferentes tonos de marrón con tejido pata de gallo: levita inglesa corta de corte recto con tres botones, pantalón estrecho con raya al frente; camisa blanca con cuello Beaufort i Square acompañado siempre por su inseparable chalina granate de nudo fino y estrecho con aguja; reloj con cadena de oro metido en el bolsillo derecho de su chaleco; zapatos Oxford tipo semi-brogue en marrón oscuro; bombín a juego; bastón; y pipa Calabash. De cara más ancha que la de su acompañante, pero también afilada y triangular; cabellos y patillas castaño claro tirando a rubio, bien cuidadas y acariciadas por un fino y afilado bigote engominadamente corneado; ojos almendrados de color verde claro, labios delgados y piel bastante blanca.

Éste, ajeno a las manipulaciones de su amigo, se dedicaba a hacer fotografías con una cámara que se sostenía sobre un trípode. Mientras, un tercer personaje, que permanecía observando a escasos metros de éstos, se apoyaba sobre una lujosa berlina. Parecía un “paleto” de pueblo, de aspecto rural y recién llegado a la capital. Era de complexión fuerte y robusta, pero de aspecto un tanto tosco y vulgar, cosa que se reflejaba tanto en su físico como en sus maneras; algo bajito, pues levantaba menos de metro sesenta centímetros del suelo. Semejaba tener poca cultura, ser algo bruto y tener pocas luces y lo reflejaba claramente su manera de andar y expresarse. Apenas sabía leer ni escribir, pero se sentía seguro en Madrid estando al lado de sus dos patrones, a los que ya empezaba a tenerles bastante afecto. Horacio Abascal Expósito era, en resumidas cuentas, un hombre sencillo, de naturaleza inocente e ignorante desde la cuna. Sus manos, dedos, cara y espalda eran cuadrangulares. Siempre iba acompañado por su inseparable tripa cuadrada, la cual reposaba sobre un cuerpo vasto y fornido, típico de los hombres del norte. Su vestimenta estaba compuesta por una chaqueta de pana gris oscuro con coderas forradas, cruzada, con cuatro botones y abierta; pantalón ancho, también de pana y azul oscuro; con faja a la cintura debajo de la chaqueta que albergaba una buena y gran navaja de Albacete. También llevaba una gorra parpusa a juego con el pantalón sobre su cabeza. De poco pelo y corto, aunque no calvo; con ojos algo hundidos que denotaban ávida picardía inocente; labios anchos, en los que siempre que podía portaba un palillo; carrillos marcados y algo enrojecidos; barbilla ancha y nariz aguileña.

Sin poder contener su curiosidad, los agentes se acercaron hacia donde estos se encontraban, poniendo el foco en los que representaban mayor hidalguía. E interrumpiendo la afanosa labor de Tristán, uno de ellos le preguntó:

-Buenas señor… ¿Nos podría explicar que es lo que están haciendo aquí y qué significan todos estos artilugios?…

-Estamos trabajando señor agente… Sencillamente eso, trabajando… -le contestó este sin levantar la cabeza.

Tras escuchar la contestación que este les había dado, los dos funcionarios se miraron, intercambiando una sarcástica sonrisa. El más veterano optó por volver a replicar irónicamente:

-Perdone señor, creo que no le he entendido bien… Es que soy algo duro de oído… ¿Me ha dicho trabajando?…

-Exactamente eso es lo que le he dicho… ¡Trabajando!…

Al momento, los dos guardias volvieron a mirarse con gesto sorprendido, tras lo cual, el mismo interlocutor volvió a decir:

-Perdone mi ignorancia…, pero no entiendo en que consiste lo que usted llama trabajo…

-No lo entiende porque no lo conoce ni ha oído hablar de él… Para satisfacer su curiosidad, le diré que intento captar sonidos de otra dimensión, tratando de grabarlos en este aparato para inmortalizarlos y poder investigarlos –le contestó Tristán con toda naturalidad.

-¡Ya!… Y la persona que le acompaña con ese trípode, supongo que también intenta fotografiar esos sonidos –le contestó el otro agente señalando a William, que dejaba su tarea para fijar su atención en los recién llegados.

-Los sonidos no pueden fotografiarse señor agente, pero si surge la ocasión tal vez podamos fotografiar un espectro.

Después de oír aquello, los dos uniformados se miraron nuevamente y, sin poder contenerse, soltaron una carcajada, tras lo cual, volvieron a ponerse serios, y mientras uno de ellos se estiraba hacia abajo la chaqueta del uniforme como intentando recuperar la compostura, el otro, el más veterano, añadía algo mosqueado:

-No se estará burlando de nosotros…

-¡Dios me libre agente!… ¡No sé como ha podido pensar tal cosa!… –argumentó Tristán.

-¿Supongo que ninguno de ustedes se habrá pasado con los anisetes verdad?… -prosiguió este indagando.

-¡Qué cosas dice!… Puedo asegurarle que todos nosotros, en este instante, nos encontramos en perfecto estado de sobriedad…

-¿Y aquel hombre de aspecto regio y rural también forma parte de la cuadrilla de los sonidos?… –exclamó el otro guardia señalando a Horacio que se encontraba apoyado junto a la berlina a unos cuantos metros.

William no se podía concentrar en su cometido, pues veía a su compañero alejado de sus funciones por culpa de aquellos dos molestos seres uniformados que, según podía discurrir a no mucha distancia, no paraban de hacerle preguntas a su amigo. Decidió, por tanto, acercarse para saber que pasaba, pues no sabía si había algún problema. En caso de no haberlo iba decidido a decirles que los dejasen trabajar en paz. Una vez hubo llegado frente a estos, los saludó, aunque no de demasiado cortésmente.

-Algún “problem police” (problema policía)!… –les preguntó William-: “The time is gold”! (¡el tiempo es oro!)… What do you want? (¿qué quieren?)… -concluyó levantando levemente su bastón, en posición muy erguida y cabeza altiva, con típica flema inglesa.

-¿Qué dice este?… –le preguntó por lo bajo el más veterano a su compañero, quien no le contestó, pues no había entendido ni papa de lo que le había dicho aquel extranjero en un raro idioma. Acto seguido, mirando a aquel sujeto al tiempo que levantaba su dedo índice y sacando pecho, exclamó-: ¡Nosotros somos la autoridad y nos debe un respeto!…

-What”? (¿qué?)… Tristán “please” (por favor)… Tú decir nosotros “work” (trabajar) y tiempo importar… No “problems” (problemas)… “All right” (todo correcto)… ¿Mucho pedir?…

-Perdonen agentes, les ruego encarecidamente que no confundan ni malinterpreten a mi amigo. Él es inglés…, ¡y ya saben!…, en Inglaterra las cosas funcionan de otra manera… ¡Están más avanzados!… -intercedió Tristán en defensa de su amigo.

-¡Nosotros no malentendemos ni confundimos nada!… ¿Con que más avanzados eh?… ¡Pues andando!… ¡Andando a la comisaría!… -gritó el guardia bastante molesto.

-No se lo tome a mal, me refería a avanzados en relación a este tipo de investigaciones… Aparte de su seriedad, educación y puntualidad, ¡claro está!…  –dejó caer este sabiendo que les sentaría como una bomba.

-¡Si, si!… ¡Ya!… Ahora iremos a ver al comisario o a hacerle una visita a los calabozos, que aquí no seremos tan serios ni formales, pero si somos hospitalarios… Recojan todos esos artilugios que ahora si que van a perder tiempo y si que van a tener que dar explicaciones…

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EL ÁNGEL CAÍDO Lunes, Mar 21 2016 

-¡Lo que han visto mis ojos va contra toda la ética de una policía moderna!… ¡El estado en el que han dejado a ese hombre es inhumano!… ¡No se puede consentir que alguien sea torturado de esa manera!… –soltó entre ahogos y muy excitado.

-¡Pero qué formas son esas Valdés!… ¡Cómo se atreve a presentarse ante mi de esta manera!… –increpó bastante airado Salmerón poniéndose en pie.

-Perdone señor, me he dejado llevar por la ira y he actuado impulsivamente… Le aseguro no volverá a suceder –afirmó este de inmediato mientras intentaba serenarse y recuperar la compostura mediante el control de su respiración.

-Más vale que así sea, porque la próxima vez que suceda le abriré un expediente disciplinario o le impondré una sanción… ¡Pero usted que se ha creído!… –sentenció el comisario de muy mala leche; y volviéndose a sentar en su sillón, remató diciendo: Y ahora haga el favor de explicarme que mosca le ha picado…

-Verá señor, he bajado al calabozo y he sido testigo de la brutal paliza que ha recibido el detenido… ¡Lo han dejado medio muerto!… ¡Ese Requena es un animal!… ¡Eso no es aplicar la ley, es salvajismo!…

-Menos humos que tampoco es para tanto… Si lo cree necesario y conveniente puede llamar a un médico… Y para su información, le diré que el sargento Requena, hasta el momento, ha logrado muy buenos resultados con sus interrogatorios, aunque he de confesarle que no me declaro partidario de sus métodos… Lo que cuenta, es que resuelve rápido los casos y medallas para todos, porque eso es lo que quieren mis superiores y los políticos. Los jueces están contentos porque los propios acusados se declaran culpables en la mayoría de las ocasiones y eso agiliza los procesos y les hace la vida más fácil… Así, señor mío, es como están las cosas hoy en nuestro Madrid…

-Debo decirle, sin intención de ofenderle, que ese camino no es el correcto para crear la policía moderna que creo todos ansiamos, con vocación de servicio al ciudadano, y no una policía represiva como la que actualmente tenemos… Ese no es el camino… Deberíamos tomar ejemplo de otras policías europeas más avanzadas que la nuestra…

-¡Ya!… Se refiere a la policía Victoriana de Londres, ¿no?…. A Scotland Yard… Para eso hacen falta talento y dinero… Y no creo que sea necesario recordarle que actualmente en España estamos carentes de ambas cosas… Acabamos de perder nuestras últimas colonias y hemos despilfarrado nuestro patrimonio en luchar en una guerra que estaba perdida de antemano… Respecto al talento, desgraciadamente, decirle que la mayoría de los españoles están embrutecidos. No saben apenas leer ni escribir y aunque el gobierno haya puesto a disposición del pueblo la enseñanza pública, ya tienen bastante con preocuparse de que llevarse a la boca… Si quiere que algo cambie, tendrá que cambiarlo usted… Así que ya lo sabe, puede empezar resolviendo este caso con su inteligencia lo antes posible; sino, me veré obligado a dárselo al sargento para que lo resuelva a su manera de una vez por todas… ¡Y ahora déjeme en paz!… Tengo asuntos importantes que tratar y quiero irme pronto a casa, que hoy para cenar tengo callos y son el mayor santo de mi devoción…

 

 

29 de Mayo de 1900.

 

Al día siguiente, el popular diario matutino El Imparcial publicaba en su tercera página la ya mencionada noticia sin que nadie fuese consciente entonces del alcance y gran impacto que llegaría a tener este tan interesante como misterioso acontecimiento, pues conseguiría captar feroz y casi adictivamente la atención de todos los madrileños. El suceso se publicó literalmente como sigue:

 

     Hallazgo de un cadáver.

 

     En la glorieta del Ángel Caído fue encontrado ayer a primera hora de la tarde el cadáver de un hombre desnudo de medio cuerpo. Presentaba numerosos cortes en pecho y brazos. Sus ropas estaban completamente ensangrentadas y de ellas se desprendía un olor nauseabundo. Cerca del cadáver se encontró una navaja de hoja de grandes dimensiones, abierta y también ensangrentada. El juez de guardia hizo registrar el cadáver. En los bolsillos de la ropa se le encontró un papel con el que se le pudo identificar. Se trata de Ángel Cobo Urrutia, de cincuenta y nueve años de edad y natural de Comillas, provincia de Santander. También se halló en uno de sus bolsillos una bolsa de cuero cerrada y con seis duros de plata. El médico de la casa de socorro que acudió al lugar del suceso dijo en una primera inspección ocular que los cortes no habían sido la causa de la muerte, pues no eran profundos. No se cree por tanto que se trate de una muerte violenta, pero hasta que los médicos forenses no le practiquen la autopsia existe la duda y no se puede confirmar. En la zona arbolada que hay detrás de la fuente se encontraron muertos alrededor de dos docenas de gorriones. Todavía no se sabe si tienen algo que ver con lo sucedido. 

     Se ha detenido a Hilario de La Barca apodado “El Barquero”. El individuo salió corriendo despavorido del lugar y se topó de bruces con una pareja de guardias que lo detuvieron porque estaba muy alterado. Sus ropas estaban hechas jirones y salpicadas de sangre.       

 

     Durante los siguientes días, el caso acontecido en la fuente del Ángel Caído, corrió de boca en boca como un imparable reguero de pólvora. Era el tema de conversación preferido en todos los mentideros y cafés de la villa, en especial, los más relevantes, famosos y de alto copete, como lo eran el Café Suizo, Español, de Levante, Varela o El Comercial, entre otros. En ellos se reunían todas las tardes destacados escritores, poetas, arquitectos, ingenieros, médicos, científicos, artistas famosos, músicos, compositores, toreros, reputados periodistas e incluso, algún que otro político. Cada cual tenía una opinión diferente a cerca de lo acontecido en tan estremecedor suceso y arrimaba el ascua a su sardina. Los periódicos cada día sacaban a la luz algún nuevo detalle que permitía arrojar algo más de luz sobre tan extraño acontecimiento. Con cada nueva información se producían nuevos cambios de opinión, apoyándose en los argumentos recién publicados por la prensa; aunque muchos de ellos, achacaban lo relatado con uno u otro enfoque, al color político de las plumas con las que se escribía. Tales eran las pasiones que levantaba el caso, que el resultado de muchas de aquellas acaloradas discusiones, había sido el de la ruptura de más de una amistad de las que se consideraban sólidas. Básicamente, todos los individuos que conformaban la sociedad madrileña, se dividían en dos bandos. Los primeros estaban a favor de la víctima y lo consideraban inocente. Mantenían principalmente sus argumentos sobre la base de que nadie con dos dedos de frente inventaría semejante historia pensando salir airoso al portarla como bandera. Sostenían que su testimonio era perjudicial para si mismo y sólo podía haber declarado aquello si era rigurosamente cierto. Se aferraban también al hecho de que la muerte había sido producida por un súbito paro cardiaco, por lo que no parecía que hubiese sido provocada… Los otros, sus detractores, reafirmaban su culpabilidad alegando justamente todo lo contrario. Decían que su propia declaración lo autoinculpaba y que las pruebas contra él eran irrefutables, pues todas, sin excepción, lo apuntaban directamente sin ningún género de duda; la sangre, la ropa, su estado,… ¡Estos son hechos y se pueden demostrar, lo demás son todo conjeturas! –alegaban éstos… Y referente a lo de la historia, para oponerse al argumento de sus contrarios, la justificaban con el hecho de que el detenido no había tenido tiempo material suficiente para inventar otra mejor, pues había sido apresado casi inmediatamente tras haber consumado el brutal asesinato… Y así, entre gritos y riñas, pasaban la tarde nuestros queridos contemporáneos de la entonces media y alta sociedad madrileña…

Por su parte, las señoras, que por supuesto no acudían al café, se reunían cada tarde en casa de una de ellas y se entretenían chismorreando y parloteando sobre el caso, sacando deducciones que se atribuían como propias tras escuchar el relato de boca de sus maridos la noche anterior en la cama o esa misma mañana durante el desayuno. Al igual que sus cónyuges, unas eran partidarias de Hilario y otras detractoras. Estas últimas decían que aquel atroz crimen no podía quedar impune, que el asesinado, según parece, era una persona de bien y con posibles recién trasladado a Madrid; que aquel horrible acto debía ser castigado con la pena capital; y repetían la célebre frase: “El que la haga, que la pague”… La parte favorita de la reunión era aquella en la que la anfitriona, leía las novedades sobre el caso que había publicado algún diario matinal, pues esto les permitía charrar y elucubrar con nuevas opiniones de cosecha propia. Esto les hacía sentirse importantes y cultas, quedando como tal aquellas que con mayor locuacidad y palabrerío defendían sus argumentos ante las demás. Después de todo, lo que más les gustaba de aquellas reuniones vespertinas era, en resumidas cuentas, el hecho de cortar trajes.

Según pasaban los días, el pobre Barquero lo tenía peor, pues se iban conociendo nuevos datos que resultaban en su mayoría inculpatorios. Cada día tenía más detractores, pues bien sabida es la facilidad de la que está dotado el español para cambiar de opinión. La frase más repetida en tertulias y cafés pasó a ser la de: “Ves, si ya te lo decía yo”… Parecía como si todo el mundo, de pronto, se hubiese puesto en contra de aquel desgraciado, y eso que realmente ninguna prueba lo inculpaba directa ni definitivamente. Lo que ocurría, es que si sopesaban todas las pruebas en su conjunto, al no encontrarse ninguna explicación clara, lúcida, coherente o que pudiese parecer real; se iban las gentes inclinando a pensar que alguien debía haberlo matado, y ese alguien, ¿quién iba a ser sino Hilario de La Barca?… ¡A no ser que haya sido un espíritu!… -soltó un tertuliano; lo que provocó la carcajada del resto de los presentes.

EL ÁNGEL CAÍDO Lunes, Mar 21 2016 

CARTEL DEFINITIVO PRESENTACIÓN NOVELA BENIDORM

EL ÁNGEL CAÍDO Domingo, Mar 20 2016 

-Pues nada comisario, que estamos en sota, caballo y rey… ¡Vamos, que estamos en las mismas!… Por más candela que le he atizado al mono ¡Nada!… ¡Qué no canta!… El muy mamón sigue en sus trece, empeñado en decir que no ha matado a nadie y que no es ningún asesino… Lo único que he conseguido es salir con un terrible dolor de muñecas de darle con el vergajo… Bueno, usted ya sabe como son mis interrogatorios de profundos cuando me pongo en plan estupendo…

-Lo sé sargento, lo sé… No es necesario que me dé más detalles… -le contestó este asintiendo con la cabeza-: Le comunico que desde ese mismo momento estará bajo las órdenes del inspector Valdés. A partir de ahora, será su jefe y a quien tendrá que informar sobre todos los actos que lleve a cabo en lo que respecta a este caso.

Tras oír estas palabras, el sargento dejó de mascar su goma en seco y mirando con sorpresa a su interlocutor, exclamó confusamente:

-Creo que no le he oído bien… ¿Me está diciendo que este jovencito inexperto, que va por la vida con aires de “señorito” y recién llegado de Cataluña, que aún no sabe por donde vuela, va a ser en quien recaiga el mando de esta investigación?… –replicó el sargento mientras se quitaba las gafas y miraba de abajo arriba al inspector con gesto despectivo.

-Lamento decirle que así es… Le guste o no, es una orden y ya tendrá que cumplirla… ¿Alguna objeción?… –expuso tajantemente Salmerón.

Al momento, el sargento se despojó de su gorra y la retorció entre sus manos denotando malestar, y con resentimiento, protestó:

-Señor, ¿es que no ve que este pollo es un novato recién llegado que no ha demostrado ningún mérito?… ¿Cómo puede ser que le de el mando de este caso?… ¡Démelo a mí, que para eso soy perro viejo y me sé bandear bien con estos asuntos!… Además, llevo más tiempo en el cuerpo y este caso dará que hablar, parece que va a ser sonado… Eso me podría ayudar a conseguir el ascenso que llevo soñando desde hace años… ¡No me haga eso porque me hunde!…–se quejó este al tiempo que daba un manotazo en la mesa.

-¡Basta!… ¡Ya le he dicho que está decidido!… Que pasa, ¿es qué a estas alturas no sabe obedecer una orden?… –le contestó Salmerón rotundamente desde el otro lado de la mesa-: ¡Ah, otra cosa!… He ordenado a los guardias Velasco y Valbuena que acompañen al inspector y permanezcan bajo sus órdenes durante el transcurso de la investigación, así que si necesita ayuda, puede contar también con los agentes De la Vega y Barros… Y óigame bien… ¡No quiero discusiones, desavenencias ni que me molesten con tontadas!… ¡Espero que esté todo bien claro!… ¡Y ahora a trabajar!… Déjenme y cierren la puerta al salir que tengo asuntos más urgentes que atender….

Al momento, los cuatro policías salieron de la estancia, poniendo rumbo cada uno a sus respectivas mesas. El inspector y el sargento caminaban uno al lado del otro por el pasillo, hasta que Valdés, frente a la puerta de su despacho, se paró en seco y se dirigió a este diciendo:

-Espero que de ahora en adelante colaboremos todos como una piña… Deberíamos hablar sobre todas las discrepancias que tengamos respecto al caso… Por mi parte no habrá problema… A propósito.., ¿por dónde cree que deberíamos empezar nuestras averiguaciones?…

Requena, mirándolo fijamente con el rostro tenso, le contestó con los brazos en jarras: ¡Lo suyo es muy fuerte gachó!… Me jode el ascenso que llevo esperando desde hace años; y ahora, con su cara de niño bonito y figura estirada, viene y me pide ayuda para solucionar el caso… Una de dos: o se está cachondeando de mí o me ha tomado por un “lila”… Y perdone, pero tengo prisa…

Tras lo dicho, el sargento se dio media vuelta y comenzó a caminar con paso rápido por el pasillo, dejando plantado ante la puerta de su despacho al inspector. Este, tras negar con la cabeza varias veces mientras mantenía una sonrisa forzada, se dirigió al sótano, bajando por las chirriantes escaleras que conducían a los calabozos. Una vez allí, cogió el candil de latón que había en la pared y lo encendió. Aquel lugar era húmedo en extremo; la pared de fría piedra al natural aumentaba dicha sensación térmica y la ausencia de luz solar lo convertía en excesivamente sombrío. Valdés, cogió el llavero con las llaves que había encima de una mesita de madera y la introdujo en la cerradura de la celda para posteriormente abrirla. Tras escuchar el estridente sonido que la llave provocó al girar en la cerradura, abrió la puerta de la celda y entró. Una vez en su interior, vio a un hombre tumbado de medio lado en posición fetal sobre un catre de madera. Desde la puerta, podía oírse un fuerte pitido que parecía salir de lo más recóndito de sus pulmones; junto con una tos seca y muy intensa, por lo que decidió acercarse. Fue entonces cuando pudo observar como aquel pobre infeliz había estado vomitando sangre. Tenía los ojos amoratados, la nariz rota y casi no podía respirar. Conmovido por la escena, volvió a subir las escaleras apresuradamente dirigiéndose al despacho del comisario, donde abriendo violentamente la puerta, exclamó en tono excitado ante este perdiendo toda la compostura; mientras, el comisario, permanecía sentado en su sillón leyendo algunos documentos.

EL ÁNGEL CAÍDO Sábado, Mar 19 2016 

-¡No hay peros que valgan!… ¡Ahorre palabras!… ¡Está decidido!… ¡El que manda aquí soy yo!… ¡Y punto!… ¿Está claro?… –afirmó este rotundamente levantándose del sillón; tras lo cual, se dirigió a la puerta, la abrió, y asomando la cabeza por el pasillo, gritó-: ¡Velasco! ¡Balbuena! ¡Vengan inmediatamente a mi despacho!…

Al instante, los que habían sido llamados, acudieron apresuradamente al lugar en el que habían sido requeridos, abandonando sus ocupaciones para presentarse allí ipso facto.

-¡A sus órdenes señor!… –respondieron ambos predispuestos a aceptar cualquier orden.

-Les comunico que desde este mismo instante, tanto el sargento Requena como ustedes, se pondrán a las órdenes del inspector Valdés, colaborando con él para esclarecer el caso del Ángel Caído… No creo que sea necesario recordarles que espero de todos ustedes, prontos y óptimos resultados…

-¡Por supuesto señor!.. Cuente con nosotros y no lo dude… Tendrá los resultados que espera sobre su mesa en el menor tiempo posible –agregó Velasco, que era muy dado a dorar la píldora a sus superiores.

Tras escuchar estas palabras, el inspector se levantó de su asiento, y frotándose las manos en silencio a la vez que se le dibujaba una tenue sonrisa en el rostro, se dirigió a los presentes poniendo sus pulgares en ambos bolsillos del chaleco; tras lo cual, manifestó:

-Les agradezco que depositen tanta confianza en mi persona, pero debo recordarles, y no quiero ser aguafiestas, que no se debe vender la piel antes de haber cazado al oso… En pocas palabras…, primero cacemos al oso, y luego, ya tendremos tiempo para pensar que hacemos con la piel.

-Tiene toda la razón… ¡Así debe ser!… Le felicito por sus realistas palabras… Cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente… Lo primordial es tener algo concreto y cierto; lo demás, es hacerse cábalas e ilusiones… -puntualizó tajantemente el comisario de lo más serio-: ¡Hechos concretos y demostrables!… ¡Eso es lo que cuenta, quiero y exijo!…

En ese momento, entraba por la puerta el sargento Requena, reflejando en su rostro su mal humor, con sus gafas de sol de cuarzo ahumado puestas y con sus dos manos metidas en los bolsillos del pantalón a la vez que no dejaba de triturar enérgicamente la goma de mascar que tenía en la boca.

EL ÁNGEL CAÍDO Viernes, Mar 18 2016 

-Si le soy sincero, debo reconocer que me ha dejado usted impresionado; aunque tengo la cabeza echando humo –afirmó satisfecho el comisario mientras mantenía los brazos cruzados apoyados sobre la mesa y movía la cabeza ligeramente de arriba a bajo de forma continuada. Estaba este tan ensimismado mirando al inspector durante su exposición que, por raro que parezca, se había quitado el cigarro de la boca para prestarle mayor atención y lo había mantenido apagado entre los dedos de su mano derecha.

-No será para tanto señor, aunque agradezco el cumplido.

-Se lo digo francamente Valdés, no sabía que nos hubiesen mandado de Barcelona un inspector tan entendido, analítico y formado… Durante su breve estancia en Madrid…, dos meses si no me equivoco,….

-Así es… -le interrumpió este para confirmar su afirmación.

-…, no había tenido la oportunidad de valorar su elocuencia y valía… Lo cierto es que por considerarle un novato al no tener experiencia de calle, le había asignado pequeños casos con los que no ha tenido la oportunidad de lucirse… He de confesarle que la idea de que fuese usted ascendido a inspector allá en Cataluña por causa de los estudios y no por méritos prácticos, no me hacía ninguna gracia, pero tal y como está exponiendo los hechos, he cambiado radicalmente de opinión… Pero continúe… continúe… -remató Salmerón con aire de satisfacción mientras volvía a encender su puro con un fósforo.

-Creo que me halaga en demasía señor… Sus palabras me motivan en gran manera… Y continuando con el caso, terminaré diciéndole que los “birladores” y gente de la calle no se asustan por cualquier cosa. Están acostumbrados a ver a diario muertes, asesinatos, navajazos, timos, gente borracha, a mujeres pariendo como perros, a hombres robustos echando babas por la boca y mordiéndose la lengua como si estuviesen poseídos, y gente que se queda cadavérica debido a las enfermedades que nos han asolado desde mediados del pasado siglo… Por lo que yo me pregunto: ¿Qué fue lo que vio, oyó, olió, sintió o intuyó nuestro “amigo” el Barquero, que provocó que saliese de allí tan despavorido para que los agentes al toparse con él diesen buena cuenta del abrumador grado de excitación y nerviosismo del que era portador?… Según la versión expuesta por estos, cuando se toparon con él, este se hallaba como ido, fuera de sus casillas, como si estuviera abducido y muy excitado; tanto, que para calmarlo tuvieron que darle varias bofetadas hasta que volvió en sí… -terminó de exponer elocuentemente el inspector.

-¡Está decidido!… ¡Voy a asignarle este caso!… –aseguró Salmerón convencido.

-Pero.., ¡señor!… -balbuceó este sorprendido con voz entrecortada por la inesperada reacción de su jefe.

EL ÁNGEL CAÍDO Jueves, Mar 17 2016 

-No tan claro comisario… Hay que tener en cuenta que el agredido no presentaba ninguna herida mortal, sólo tenía cortes superficiales en los brazos y el pecho, pero estos no le produjeron la muerte. La causa de esta ha sido un paro cardíaco –expuso este mientras el comisario lo miraba interesado y pensativo, con una de sus cejas levantada y apoyando los codos sobre la mesa-: También llama la atención, la bolsa con dinero que se encontró en el cadáver, concretamente con seis duros de plata. Si como usted apunta, el motivo del asesinato fue el robo…, pues se trata de un “amigo de lo ajeno profesional”, dígame ¿por qué no le quitó la bolsa con el dinero?… -prosiguió mientras su superior cambiaba de postura; recostándose cómodamente en su sillón y ya visiblemente más calmado-: En tercer lugar, y no por ello menos importante, está la extraña muerte de los pájaros, que según cree el forense tras una primera toma de contacto con ellos, murieron asfixiados al inhalar de manera corta pero continuada un tipo de gas que contiene azufre, que es de donde supuestamente podía provenir el fétido olor a huevos podridos que ya mencionó el detenido en su declaración y del que también fueron testigos los guardias cuando lo detuvieron… Primero, porque las ropas de Hilario estaban impregnadas de ese olor cuando lo encontraron; y segundo, porque los guardias antes de toparse con el detenido, declararon que ya habían percibido dicho olor, pues el aire, como sabrá, dispersa el humo en la dirección en la que sopla al igual que los olores… Si los pájaros murieron envenenados a causa de inhalar ese gas de olor sofocante que, según el forense podría tratarse de bisulfuro de azufre, para que me entienda, azufre quemado, aunque hay que esperar que realice la autopsia y las pruebas pertinentes antes de poder afirmarlo con rotundidad. Si se confirma, de ser así, ¿por qué iba a tomarse Hilario tantas molestias matando pájaros si su intención, como usted apunta, era la del hurto?…

-¡Quizá pretendía despistarnos!… -exclamó de inmediato Salmerón pegando un repentino respingo en su sillón.

-No sea visionario ni intente buscar los tres pies al gato… ¿Cómo un hombre analfabeto e ignorante, sin conocimientos, sabría que sustancia utilizar para producir ese efecto en los pájaros?… Y como le decía…, ¿por qué tomarse tantas molestias para al final no robar nada y salir de allí, encima, con la ropa hecha jirones, ensangrentada y apestando?… –le respondió Valdés.

Salmerón, al momento, levantó ambas cejas, ladeó la cabeza, y apoyando el dedo pulgar sobre su sien derecha mientras pasaba el resto de sus de un lado a otro de la frente, contestó de lo más confundido y calmado:

-Lo cierto es que lo que dice tiene sentido… Continúe por favor…

-También hay que tener en cuenta el eclipse total de sol que se produjo en el momento del supuesto crimen, pues según dicen los expertos en esta materia, este tipo de fenómenos puede producir ciertos trastornos mentales, lo que podría dar respuesta a porque el fallecido se estuviese auto infligiendo los cortes en el pecho y los brazos… Junto a esto, está esa especie de trueno que relata, y que, según dice, iluminó la fuente de abajo arriba, y que bien puede tener relación con el humo y la muerte de los pájaros, o con el susto que se llevó el difunto, pues recordemos que tras producirse el súbito impacto tanto visual como sonoro, éste salió corriendo despavorido de allí sin ningún control como alma que lleva el diablo. También pudo ser este mismo susto el que provocó el fallo en el corazón de la víctima… Además, no debemos olvidar que los guardias que patrullaban la zona se toparon de bruces con él cuando se dirigían a la fuente tras haber notado un fuerte olor pestilente, visto un destello de luz repentino, y oído, al mismo tiempo, como un seco tronar –remató el inspector.

EL ÁNGEL CAÍDO Miércoles, Mar 16 2016 

-¡Podrán creérselo o no, pero les vuelvo a jurar mil veces por mi difunta madre que es la verdad!… –insistió este.

-Bien caballeros, pues eso es todo… Ya han oído la declaración del inculpado, así que aquí ya está todo dicho y hecho… ¡Velasco! ¡Balbuena! Bajen al detenido al calabozo y que permanezca allí hasta nueva orden, a ver si así se le refrescan las ideas y quiere contarnos algo más coherente, porque como le vayamos con esta historia al juez, me veo de patitas en la calle –y dirigiéndose a Hilario-: Hijo, te aconsejo que hagas un esfuerzo y pienses en una historia más creíble –y quitándose el puro de la boca, miró a los dos guardias y levantó el brazo añadiendo en un tono despectivo y más seco de lo habitual: ¡Llévenselo!…

Inmediatamente, al oír sus palabras, los agentes antes mencionados lo agarraron fuertemente, uno por cada brazo, lo levantaron de su silla y se dirigieron hacia la puerta. Habiendo avanzado escasos metros, el detenido empezó a gritar escandalosamente al tiempo que se derrumbaba dejando caer su cuerpo, el cual era sujetado por los policías. Y mientras estos los arrastraban para cumplir órdenes, el reo protestaba a viva voz: ¡Esto es una canallada!… ¡Soltadme mal nacidos!…. ¿Por qué me hacéis esto?… ¡Soy inocente!…

-Anda, deja de hacer teatro… Será mejor que te incorpores si no quieres que tu situación empeore todavía más… –le aconsejó el guardia Valbuena tratando de que se volviese a poner en pie.

El Barquero, entre lamentos y gemidos, parecía presentir cual era su destino, lo que provocó en él un repentino estado de excitación nerviosa. A medida que avanzaban por las escaleras hacia los calabozos, sus chillidos se hacían cada vez más audibles, profundos y sonoros. Esto, junto con que intentó morder a uno de los guardias cuando lo introducían en el calabozo, provocó la brutal paliza de la que fue víctima a continuación, la cual, como de costumbre, sería orquestada por el sargento Francisco Requena… Hay que decir, pues es de ley, que Velasco y Valbuena, aunque solían presenciar este tipo de escenas, nunca llegaron a participar en lo que este solía denominar sarcásticamente como: “trato de favor hacia sus detenidos preferidos”.

Lo verdad es que le zurró con todas sus ganas, pues intentaba que cantase y confesase la autoría del asesinato… Pero fue inútil, ya que el reo no cesaba en su empeño de proclamarse inocente de aquel crimen… Aunque cierto es, que la gran paliza que recibió lo tranquilizó bastante, pues lo dejó sin fuerzas para quejarse y reclamar a viva voz su inocencia durante varios días.

Y mientras esto sucedía en los calabozos, en el despacho del comisario tan solo permanecían este y el inspector Valdés, quien se había limitado únicamente a observar y prácticamente no había abierto la boca durante todo el interrogatorio.

Salmerón había dado la vuelta a su sillón y se dedicaba a mirar por el ventanal del que gozaba tras su mesa, al tiempo que permanecía absorto, impasible y meditativo mientras daba algunas chupadas cortas pero enérgicas a su puro. Entretanto, Valdés seguía apoyado sobre la pequeña mesita de la esquina y en la misma posición en la que había permanecido durante todo el interrogatorio. Finalmente, se levantó haciendo algo de ruido y cogiendo su sombrero decidió abandonar la estancia, lo que provocó que su superior saliera súbitamente de su abstracción, se girase, y viese como aquel se disponía a marcharse de allí.

-No se vaya Valdés, me gustaría hablar con usted y saber cual es su opinión en lo referente a este caso…

Al escuchar sus palabras, éste se paró en seco bajo el marco de la puerta, se dio la vuelta y, en silencio, se encaminó hacia la silla que momentos antes había ocupado el preso para tomar asiento.

-Que quiere que le diga… Sinceramente hay muchos detalles en este caso que no me cuadran… Circunstancia que realmente me enerva y preocupa… –respondió Valdés mirando a su superior mientras juntaba sus manos y se las acercaba en posición vertical a la boca.

-Querido inspector, para eso estamos aquí… Para intentar cuadrar y encajar las piezas del puzzle… Para eso nos pagan; aunque sea poco, tarde y mal….  Y dígame.., ¿qué es exactamente lo que no le cuadra?… Porque lo cierto, es que a mí, en este caso, nada me encaja… ¡Maldita sea!… –dando un puñetazo sobre la mesa- ¡Más que un puzzle, esto parece un rompecabezas! -rugió colérico el comisario frunciendo el ceño-: ¡“Redios”!… Disculpe inspector, pero como habrá observado, este caso me está crispado los nervios… Pero perdone, continúe…

-Como le decía, hay muchas cosas que no me cuadran… Desde mi perspectiva, si somos objetivos y analizamos los hechos con detenimiento, nos daremos cuenta de la infinidad de aspectos raros y extravagantes que arroja este caso…

-¡Vaya inspector, para darse cuenta de eso no hace falta estudiar en una Universidad! –interrumpió Salmerón algo excitado- ¡Por el Amor de Dios, vaya al grano!… ¿Qué me quiere dar a entender Valdés?… ¿No me dirá que es extraño que un “Birlador” de poca monta y dado a lo ajeno, posiblemente con tres copas de más de “rute”, navajee a un “pringao” a plena luz del día?… ¡Eso es tan normal en el Madrid de nuestros días como el paso del tranvía!… ¡No me cuente historias que no estoy para novelerías!… ¡Para mí todo está claro y no tiene secretos!… ¡Vamos, que no me creo nada de lo que nos acaba de contar ese sujeto!…

EL ÁNGEL CAÍDO Lunes, Mar 14 2016 

-Pues eso… Que corrí hacia él lo más deprisa que pude y justo cuando llegué a su lado fue cuando empezó el eclipse ese que tanto anunciaron los periódicos y que pareció un apagón de luz… Fue entonces, casi a oscuras, cuando intenté agarrarle por los brazos para que dejase de cortarse. Al forcejear, se le cayó la navaja al suelo y, de repente, así, como por arte de magia, surgió de la nada un resplandor que iluminó toda la fuente. Enseguida, y sin que me diese tiempo a pensar lo que había pasado, sonó un ruido muy fuerte que casi me deja sordo; se parecía al de un trueno ¡pero de los gordos! Luego apareció una grandísima y muy densa nube de humo que no dejaba ver nada y de la que salía un olor fétido muy fuerte; como el de los huevos podridos… Yo ya estaba medio “flipao”. No podía creer lo que estaban viendo mis ojos, hasta que pasado el susto inicial, se reanimaron mis sentidos y decidí soltarlo, pues mientras todo esto sucedía lo tenía agarrado por las muñecas. Entonces fue cuando se cayó redondo al suelo, como si fuera un saco de patatas, y yo decidí salir de allí pitando como un perro con el rabo entre las patas. Corría sin rumbo, sólo quería alejarme de allí lo antes posible; y no era para menos ¿no?… ¿Qué hubieran hecho ustedes en mi lugar?… ¿Cómo no iba a correr desesperado y fuera de mis casillas con lo que acababa de ver? ¿Y cómo no iba a tener la ropa y las manos llenas de sangre del fulano ese si intenté quitarle la navaja y estuve forcejeando con él para que no se dañara más?… ¡Y hubiese seguido corriendo hasta Alcalá sino me llego a topar con aquella pareja de “guindillas”!…

-¡Oye “desgraciao”, más respeto que estás hablando de la autoridad!… ¡Qué te arreo dos “morrás” en “la jeró” esa de mamón que tienes que te la dejo como un pandero!… –gruñó ofendido Requena a la vez que lo agarraba por la pechera y lo levantaba de su asiento para devolverlo a su sitio de un fuerte empujón. Mientras tanto, Hilario lo miraba asustado, con ojos de cordero degollado. Y dirigiéndose ahora a su superior, le sugirió: Si me lo deja un ratito jefe, ya verá como canta y deja de contarnos bolas…

-Sigue Hilario…, sigue… –le dijo el comisario haciendo caso omiso a las palabras del sargento.

-Pues como les decía… Que al fijarse los ¡“po-li-cí-as”!… -recalcó este satíricamente mirando a Requena- …en el aspecto que tenía: la ropa hecha jirones, las manos y la ropa ensangrentadas y el estado nervioso en el que me encontraba; decidieron detenerme… El resto ya lo saben… Esto es lo único que les puedo decir porque así fue como sucedió… ¡Les juro que yo no lo maté!… ¡No soy un asesino! ¡Nunca he matado a nadie!… –repitió enfáticamente tapándose el rostro con las manos mientras sollozaba y gemía desconsolado diciéndose a sí mismo: ¡Qué desgraciado soy!… ¡Maldita sea mi perra suerte maldita la hora en que decidí ayudar a aquel “pirao”!… ¡Eso me pasa por meterme donde nadie me llama!… ¡Qué razón tenía mi madre al decir que por la caridad entra la peste!…

-Lo que nos has contado no te va a ayudar en nada Barquero… Si te soy sincero, esa historia tuya no se la creen ni los niños de pecho, y menos se la creerán los señores de las mangas que te van a juzgar… -puntualizó el comisario volviendo a su sillón para tomar asiento.

-Estoy con usted señor, cualquiera de los cuentos de Calleja convencería más al personal, porque el que nos ha contado este mal nacido no se lo cree ni su madre… -remató el sargento ante la desoladora y desconsolada mirada del detenido.

EL ÁNGEL CAÍDO Sábado, Mar 12 2016 

El comisario se levantó de su sillón y comenzó a acercarse lentamente hacia donde se encontraba el inculpado. Una vez se situó frente a él, empezó a pasearse en círculo a su alrededor con las manos a la espalda y la cabeza baja, mirando al suelo pensativo; por su puesto, con su cigarro en la boca. Inmediatamente, los guardias Velasco y Valbuena se retiraron para dejarle paso. De pronto, se paró en seco frente a él, se apoyó sobre el borde de su mesa, se sacó el puro de la boca con la mano derecha, y mirándolo fijamente con la mano izquierda puesta sobre la barbilla, le dijo:

-Te veo mal toledano… La losa que tienes encima es cojonuda… Será mejor que nos cuentes la verdad, si no, lo vas a tener muy oscuro… Tú decides… Prueba otra vez a ver si nos convences… –en ese instante se produjo un silencio sepulcral, e Hilario, que hasta ese momento había permanecido sentado con la cabeza gacha, la levantó para mirarlo firmemente con una sonrisa forzada mientras resoplaba. Ambos mantuvieron sus miradas fijas el uno en el otro durante unos segundos, hasta que, finalmente, el policía continuó diciendo: Soy todo oídos hijo, te escucho… Si tienes algo interesante que decir será mejor que lo hagas ahora… Y aquí paz y después gloria…

-¡Si claro!… Gloria para vosotros por condenar a un pobre desgraciado como yo que no ha hecho nada… Y paz para mi menda sí, pero en el cementerio… ¡Y entonces caso cerrado!… Así es como hace justicia y pone orden la policía en España… –replicó este indignado.

-Con esa actitud no vas a llegar a buen puerto…. –añadió rápidamente Salmerón, tras lo cual, Hilario rompió a llorar con gran desesperación mientras exclamaba con los ojos enrojecidos y cubiertos de lágrimas:

-¡A ver si me dejan explicarme y lo entienden de una puta vez!… -gritó este desesperado. Pasados unos segundos, ya un poco más tranquilo, continuó exponiendo: …Habitualmente, a esas horas, suelo recorrer los paseos del parque, en especial donde se encuentran los merenderos de Narciso y del Pepón, que son los más concurridos… Allí suelo encontrar algún objeto que la gente ha perdido durante la mañana… Algunos merecen la pena; otros no… De los que valen algo, saco lo que me dan, que no se crea que es nada del otro mundo; con eso, lleno el puchero y puedo llevarme algo a la boca, aunque no todos los días tengo esa suerte… A veces pasa más de una semana sin que encuentre nada que merezca si quiera un mendrugo de pan… ¡Ya me contarán!… ¡Menudo panorama para un padre de familia!…

-¡Ya!… Es enternecedor, pero aquí todos sabemos que tu principal actividad consiste en birlar pellejas o el bolso de alguna despistada damisela… –interrumpió el inspector Valdés que hasta el momento había permanecido callado y al margen mientras confeccionaba una pajarita de papel-: ¿O no es así Barquero?…

El inspector de segunda clase Carlos Valdés Maldonado era originario de Novillas, un pueblo de la provincia de Zaragoza muy cercano a la frontera con Navarra. De estatura superior a la media de los hombres de su época; metro setenta y ocho aproximadamente. Nacido treinta y tres años atrás. De constitución delgada; rostro enjuto y afilado; pelo corto, negro, engominado y peinado con raya a un lado; con patilla corta hasta la altura del bigote y separada de este, el cual se caracterizaba por ser más espeso en el centro y afilado en sus extremos; de grandes y juntos ojos negros. Su hoja oficial de servicio era impecable, debido a sus estudios, conocimientos y corta pero intensa trayectoria en Cataluña, más concretamente en Barcelona, asesorando en la desarticulación de grupos subversivos constituidos como cooperativas de obreros que preparaban revueltas y atentados contra los patronos… Desde hacía un par de meses, destinado y trasladado a Madrid.

Salmerón no dejó contestar al detenido, pues tras oír la pregunta retórica lanzada por el inspector, rápidamente soltó:

-Vamos toledano, no seas bolo… No juegues conmigo a las cartas que no tienes triunfos y yo tengo todos los ases de la baraja… No te enrolles y cuéntanos de una vez lo que nos interesa…

-Como le decía, a esas horas caminaba por la glorieta del Ángel Caído, a pocos metros de la estatua, que por cierto, le confieso, que de siempre me ha dado muy mal fario, porque a mi esas cosas del diablo, las lagartijas y todos esos rollos no me van ni un pimiento…

-¡Al grano barquero, al grano!… ¡Qué así no vamos a hacer granero!… ¡Qué te enrollas más que José Echegaray hasta que termina de contar una cosa!… –añadió Salmerón entre suspiros y con un tono que denotaba que se le estaba acabando la paciencia.

-¿Echegaray?… ¿Echegaray?… No sé quien es ese pollo… Nunca lo he visto por el barrio… ¡Quizá sea uno de los nuevos!… –exclamó este de lo más convencido dentro de su ignorancia.

-¡Qué mala bestia eres!… Hay que ser ignorante para no saber que Echegaray es un famoso y conocido pintor de esos que pintan cuadros de los buenos…

-Será mejor que mantenga la boca cerrada sargento… No es necesario que nos demuestre su basta cultura –le respondió su superior. Y dando un fuerte golpe en la mesa haciendo ver que se le estaba agotando la paciencia del todo y que empezaba a tener los nervios a flor de piel, añadió: ¡Y basta ya de leches, que así no vamos a terminar nunca!… -y tras reprimir a su subordinado, volvió a dirigirse al esposado con tono sarcástico: Anda hijo, sigue con tu cuento y no te pares con minucias sin importancia que no vienen al caso.

-Por donde iba, porque me están volviendo loco… –se dijo Hilario hablando para si en tono bajo.

-Por cuando pasabas cerca de la estatua… –le recordó paciente e insistentemente Salmerón mientras atenazaba sus dedos nerviosamente.

-¡Ah si!… Pues eso… Pasaba cerca de la estatua cuando vi al “majara” ese… Estaba medio desnudo, tal como lo encontraron… Parecía que estaba poseído… Tenía una navaja abierta en la mano, con la que no paraba de hacerse cortes en los brazos y el pecho, mientras que desde lo más profundo de su alma lanzaba unos terribles y desgarradores alaridos que pondrían los pelos de punta a cualquiera… La escena daba verdadero pánico… Me quedé clavado en el sitio unos instantes hasta que pude reaccionar, momento en el que sin pensarlo demasiado, corrí hacia él con la intención de ayudarle…

-¡Hay que reconocer que este pollo de imaginación va “sobrao”!… -exclamó Requena dirigiéndose al comisario para continuar con su habitual retahíla; esta vez, dirigiéndose al detenido con actitud chulesca: Deberías haberte dedicado a escribir cuentos en los folletines… ¡Seguro que te forrabas!… ¡No sé como puedes pensar que nos vamos a creer esta trola pachanguera!…

-Vamos Hilario, continúa… –añadió suspirando nuevamente Salmerón.

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